17-N: Brillante concierto de Santa Cecilia de la Banda municipal de Música de Badajoz

Por El Avisador - 19 de Noviembre, 2013, 18:20, Categoría: General

El pasado domingo, a las 12 de la mañana, la Banda municipal de Música de Badajoz, al cuidado de Vicente Soler Solano, celebró en el López de Ayala a su celestial patrona, Santa Cecilia, como mandan los cánones: con un primoroso y escogido programa --no exento de dificultades, por la complejidad de algunos temas--, con la percusión de estrella principal, pero sin que se llenase el teatro. Mucho frío en la calle y muchos claros en el patio de butacas y el entresuelo. Destacando, que todo hay que decirlo, la presencia de jovencísimas familias con los abuelos y los pequeñuelos por delante, como los de Alicante, que se portaron. Y en la zona vip, la concejala de Cultura, doña Paloma Morcillo, fiel seguidora de la Banda del señor Vicente y sus muchachos. Presentó e hizo los comentarios de rigor, con aseo, prontitud y erudición, lo justo, Emilio González Barroso, hecho un pincel el caballero, quien, al final, se llevaría una sorpresa y de las gordas. Pero no adelantemos acontecimientos. La Banda, dada la ocasión, iba de tiros largos: traje azul marino, con el escudo del Ayuntamiento en la bocamanga y corbata gris perla. Y en la parte delantera izquierda del escenario, desde la posición del público, alineados divinamente, algunos instrumentos de percusión de gran formato: una marimba de aquí te espero, un vibráfono, un xilófono y una lira, y todos nuevinos. Y en la derecha, la batería, la de siempre.

En la primera parte la Banda interpretó
el pasodoble "Eugenia López", de Bernardo A. Ferrero, seguido del "Concierto de Percusión para Banda Sinfónica", de Menno Bosgra, en tres tiempos --Impromptu, Chorale y Scherzo-- y "Rapsodia de Ritmos", de Juan-G. Gómez Deval. En el pasodoble de apertura, la Banda del tío Vicente estuvo airosa y pinturera, con esos aires festeros que destilaba, ganándose el regimiento vicentiano la primera ovación de la tarde. Por su parte, el flautista Javier Barco, que hizo virguerías, tuvo que saludar a pie enjuto a la selecta audiencia. La cosa se puso seria cuando llegó el "Concierto de Percusión para Banda Sinfónica", donde se llevarían la palma --y las palmas-- el equipo "P" --percusión-- de la tropilla: José Muñoz, el amo indiscutible de la batería, el polifacético Lorenzo López, al fondo, Sarai Aguilera, la reina de los atambores, también al fondo, y Juan Alberto Sánchez, el guaperas de la marimba, vibráfonos y demás "fonos", todo un virtuoso, por delante. Si en el primer tiempo, la Sarai nos encogió el alma con sus ritmos atronadores, en el segundo fue el Juan Antonio, con esa su carita de no haber roto un plato, quien hizo una demostración de manejo de las mazas que dejó al personal como embobado. A todo esto, la Banda, viento en popa a toda vela, con un director que se estaba gustando horrores, hizo un acompañamiento suavísimo, muy ceciliano, para contento del distinguido público, que no se movió de sus asientos. Pero es en el tercer momento cuando llegó el desmadre, con José Muñoz, el rey del mambo, desmelenado, echando chispas, y la gente con la boca abierta, arrobadita, sin decir ni "mu". Y el tramo final, frenético, a toda pastilla, con el Lorenzo, la Sarai, el Juan Alberto y el José tocando el instrumentaje de su parcela, como para guardar memoria largo tiempo. Como que la ovación final fue de escándalo, con ¡bravos! a punta pala, teniendo que saludar el póker percusionista, con la mejor de sus sonrisas. Finalmente, llegó la "Rapsodia de Ritmos", de Juan-Gonzalo Gómez Deval, un ensamblaje de ritmos salidos de sus muchas obras, con música pegadiza de otras épocas, como boleros, cha-cha-chás, mambos, blues, jazz, swing y qué sé yo. Con caras contentinas en el auditorio, en especial la Tercera, Cuarta y Quinta edades, que se lo pasaron de miedo con esta sinfonía "retro". El final resultó apoteósico, con la Banda puesta en pie y el señor Vicente teniendo que saludar un par de veces.

SEGUNDA PARTE
La segunda parte
comenzó con  una selección de la ópera "La Venta de los Gatos", de José Serrano, para seguir con la cinéfila "My Fair Lady", de Frederick Loewe, terminando con "Bacanal", de la Ópera "Sansón y Dalila", de C. Saint-Saens. En "La Venta de los Gatos", salida, según el sabihondo del micro, de una de las leyendas románticas del célebre Gustavo Adolfo Bécquer, se alternaron los momentos dulces con los dramáticos, con una exquisita interpretación del cónclave vicentiano y una dirección ágil del abad del convento, por lo que la ovación final duró sus buenos minutillos, saludando de pie al distinguido público Francisco Mínguez, solista de saxofones altos, que estuvo divino de la muerte. Y en "My Fair Lady", de la película homónima de 1964, la gente se relajó a discreción, sobre todo cuando escuchó la sintonía central de la peli, que estuvo a cargo de Alejandro Gordillo, el mandarín del óboe, que dejó pasmado al respetable con su música dulcísima, cuasi celestial. Pero es que avanzada la banda sonora, entró en acción Javier Barco, el flautista de cámara de la Banda, y aquello fue de lo más finolis que parió madre, teniendo que saludar al final los dos caballeros --Alejandro y Javier, Jabvier y Alejandro--, con el dire detrás, encantado de haberse conocido. Los aplausos echaron humo, una vez más. Finalmente, la "Bacanal", de la Ópera "Sansón y Dalila", nos retrotrajo al mítico episodio bíblico en que la guapa Dalila, la espía de los filisteos, se cameló al corpulento Sansón, uno de los profetas del Antiguo Tetamento, que, hecho prisionero y privado también de su cabellera y de sus ojos, fue atado a las columnas del templo, destruyéndolo al final con su fuerza hercúlea, muriendo todos sepultados, Sansón, Dalila y los perversos filisteos. A destacar, los aires orientales salidos del óboe alejandrino, maravillosa actuación la del señorito Alejandro, y los continuos cambios de ritmo de la "Bacanal" esa, con el capitoste vicentiano en estado de gracia, con un final trepidante y vertiginoso --la destrucción total del templo--, con la Banda a reacción, como un torbellino, y el público, rendidito, de pie, aplaudiendo a rabiar, con aplausos y ¡bravos! a discreción. Con los músicos de la Banda puestos en pie y con una nueva salida a los medios del tal Alejandro, con esa su cara modosita de uno que pasaba por allí, el hijo de su madre.

EPÍLOGO
En éstas estábamos, con que llegamos al final y la gente, puesta en pie, recogiendo el hato, cuando va el dire y dice que quieto, parao, que hay una propina. Y va y suelta: "Por su importante tarea como presentador y comentarista de los conciertos de la Banda, de cuyas presentaciones siempre aprendemos algo, ahora, el pasadoble "Emilio González Barroso". Y el sujeto emilianense, como en Babia, sin saber si reír, llorar o salir corriendo. Item más: "Y que lo dirija él" --Soler Solano dixit, al tiempo que le cedía la batuta. "¡Ah!, ya decía yo por qué no me soltaba prenda para la propina de final de concierto" --Barroso dixit. "
Así que del micro, a la batuta" --Barroso redixit. Y allí que la Banda, con su nuevino director, interpretó con salero y arte el pinturero pasodoble, que fue del agrado del distinguido público, ovacionando al final a todos: a la Banda, al Vicente, al Emilio y a la madre que los parió.

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