Presentada en Roma la edición anotada de la Historia Eclesiástica..., de Solano de Figueroa (I)

Por El Avisador - 16 de Noviembre, 2013, 0:25, Categoría: General

SOBRE EL PORQUÉ DE ESTA EDICIÓN ANOTADA DE LA "HISTORIA ECLESIÁSTICA..." DE SOLANO DE FIGUEROA, PRECEDIDO DE  UNAS PRECISAS REFERENCIAS A EXTREMADURA, TIERRA DONDE SE UBICAN LA CIUDAD Y OBISPADO  DE LOS  ACONTECIMIENTOS QUE SE NARRAN

Venimos de Extremadura, de una región acaso menos conocida, pero cuyos paisajes y monumentos le permiten no desmerecer de otras muchas, tan bellas, en España. Venimos de Extremadura, de una tierra a la que el cacereño Muñoz de San Pedro, conde de Canilleros --enfáticamente, sí, pero teniendo en cuenta las proezas de aquellos hombres que se adelantaron en el descubrimiento, colonización y evangelización de América--, bautizó como "la tierra donde nacen los dioses". Venimos de una tierra de extremos y contrastes; de allá donde el fluir tan rumorosamente endémico de sus siete riachuelos lustran los escarpados silencios de las pedregosas "tierras sin pan", crítica y "parcialmente" visionadas por el ojo rasgado de Buñuel; pero, también, de allá donde la primavera tiende la imagen única de la nieve floral de los almendros en el valle del Jerte, mientras no lejos explosionan las primorosas aguas en cascadas de las profundas gargantas de la Vera, tan próxima, a su vez,  a ese lugar en el que todo un Emperador acomodó sobrio jardín-palacio para esperar la inexorable muerte.

Venimos de una tierra cruzada por el más hondo Tajo y por el anchuroso, pero lento latir del Guadiana, entre los cuales ríos las alzadas cumbres de las Villuercas, como si ya soñaran o intuyeran las del Tepeyac, acogieron en sus tendidas faldas a la morena imagen de Nuestra Señora, la de Guadalupe, cuyo nombre da nombre a  "montes, ríos, isla, flor y altar"... de la ecúmene que ocupaba, por fin, la total redondez del mundo conocido. Venimos de junto al Guadiana, de aquellas feracísimas tierras tan ansiadas, primero, por los eméritos romanos; esto es, de un lugar "cercano al Occidente..., poderoso en el orbe, pueblo rico, empero al que la sangre derramada en martirio cruento [de la primera Eulalia] y el virginal sepulcro más [lo] exaltan", al decir de Prudencio; de aquellas tierras en las que los belicosos hijos de Alá, berebería ecuestre un tanto sanguinaria, quedó amansada y convertida luego en corte de líricos poetas y filósofos en la nueva ciudad, Batalayws llamada. Tierras fueron también no menos deseadas por los caballeros de aquellas aguerridas Órdenes militares (Temple, Santiago, Alcántara), que en ellas encontraban la mejor paga al esfuerzo reconquistador más decisivo, tras las Navas de Tolosa, dirigiéndose al sur los de Santiago hasta topar con los Pedroches cordobeses, ganándose las tierras cerealistas del Este; tierras de la Campiña llerenense, donde no falta una primera sede episcopal en territorio bien romanizado, cual la de Regina, y donde, junto a la vid o junto al más añoso olivo, abundosos trigales llenan de nobleza el lema de algún pueblo, que es el mío: "frumentaria ubertate nobilis".

Los caballeros militares de Alcántara, por el contrario, que no desconocían el también antiquísimo oficio de la trashumancia, prefirieron el sustancioso y extenso y fino pasto de La Serena para el interminable rosario de rebaños de ovejas que deambulan entre reconocidos monumentos, acá y allá dispersos, siguiendo rutas que antes conocieron los tartesos, de quienes aún pervive, junto a la calderoniana villa de Zalamea, el más preciado santuario orientalizante de la Iberia, como en la misma villa dejaron los de Roma el segundo, en altura, mayor díptilo funerario romano, en relación a los que se prodigaron en el próximo Oriente. Allá puso también su corte literaria el último maestre alcantarino, Juan de Zúñiga, donde quieren los lugareños (aunque me inclino por la cacereña Brozas) que Nebrija escribiera la primera gramática española. En cualquier caso, venimos de Extremadura, la tierra que en el siglo XVI fue, de algún modo, el ombligo literario de Europa por obra y gracia de dos de sus más grandes humanistas: Arias Montano y el Brocense.

Francisco Tejada Vizuete
tejadavizuete@telefonica.net


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