Espectros y pesadillas de sí mismo

Por El Avisador - 10 de Noviembre, 2013, 0:13, Categoría: General

Rafael Piedehierro: De cada uno de los poros de la piel de esta estatua viva que es la vida, este artista de la tierra ha absorbido lo que hace infeliz a la especie humana: el mal y la destrucción. Es entonces, en su deseo de abrir la razón al conocimiento de las cosas, cuando humedece las impurezas "del polvo del suelo" con el neuma del psicoanálisis yunguiano y, cual alfarero de Etruria, modela con acendrada esencia lo que vive en la nada de la imaginación: el largo y encorvado hueso que nace de un sentimiento de pena y congoja y, de costado, oprime el corazón y los pulmones del interior del hombre. Así, pues, a partir de lo que conoce y le reprime, comparte con todos y cada uno de nosotros las flaquezas de la humanidad: el inconsciente colectivo del bien y del mal, ¿acaso los prejuicios del daño ya hecho, y que él denuncia, sea la herencia que esclaviza y condena la espiritualidad de la antisocial conciencia de nuestra raza? De cualquier modo, como cada uno tiene su manera de matar pulgas, lleno de dolor y desespero, su habilidad como artista discurre y obra frente a los demás, destruyendo los estereotipos que como "personas" solo aparentamos.

Es en este paraíso de locos, lo amorfo de nuestra personalidad, donde halla la fuerza activa con la que domina la naturaleza del objeto: el conocimiento revelado en el despertar de nuestra conciencia. Del tuétano de esta realidad espacial de lo primigenio, perceptible a los sentidos, nacen los alucinógenos fantasmas de su Gran Obra: fascinación y misterio. Así pues, entre el apocatástasis y la divinidad pasa el sino del inconsciente del bello arte, sometido al influjo de otras naturalezas distintas que componen la mortal vida de nuestro helénico destino; en tanto en cuanto a nuestro alrededor todo se resquebraja, nuestro artista se sacude el polvo de lo que tanto le adolece, argumenta en cuanto a lo que amenaza a nuestro linaje, tributa honores a las polaridades del ingenio, da sepultura a la mortal alma del intelecto y, ésta, se promete a la naturaleza, su inmortal morada. Lejos ya de los amigos de siempre, contempla lo ininteligible y, cual comedor de loto, pierde el deseo de formar parte de esa naturaleza muerta que es la existencia humana.

He aquí, amigos míos, la revelación divina de este artista: salvarse a sí mismo y, a partir de la reconciliación de lo que nos diferencia a los unos de los otros, salvar a los demás. ¿Será la fantasía de la ideal belleza de su obra lo que a nuestros ojos cobra vida: el espectro y la pesadilla del mito de Pigmalión? ¿Es, pues, el binomio de ese deseo del mundo real, la vida y la muerte, el eco de su Gran Obra: despertar todo lo que estaba dormido en nuestra conciencia? Y es así, artistas de la tierra, en el despertar de vuestra conciencia, donde las constantes vitales de este pájaro de raíces podridas, uno más de vosotros, satisface las necesidades del espíritu, nos revela los diferentes mundos de su particular "casa en llamas"; con el cadáver de ésta, desmembrado, reacciona contra el impresionismo, hornea con expresión sincera su particular mundo de la estética, el cual se nos va revelando en diferentes avatares; modela en el alambique de sus manos cáscara, membrana, clara y yema; y, como la doncella que sostiene la flor de loto de la verdad creativa, sobre la mágica alfombra del "viajero de Sind", se lanza al barranco de expresionismo; y, supremamente, traslada los trastornos de la personalidad a la manifestación final de una autenticidad suprema, dando luz desde el útero de la imaginación al verdadero creador de su obra: Tú, mi bienhadado espectador, la transmutación del alma a la materia (¡Om mani padme h'um!).

José Antonio Sánchez Carrasco (Mediterráneo)
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