Julio César, poco conmovedor

Por El Avisador - 29 de Julio, 2013, 1:17, Categoría: General

El Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida llega al ecuador con una de sus coproducciones estrella, Julio César, de Shakespeare, que ya se había representado en Murcia (en mayo), Barcelona y Olmedo (en junio). Julio César (1599), es una de las tragedias magistrales del autor inglés, basada en textos de Plutarco, que mejor explora las pasiones humanas que se mueven alrededor del poder, incluso del poder absoluto, sometido siempre a la presión inmisericorde de las ambiciones de oponentes, resentidos y enemigos. El argumento, que enfrenta esas dos maneras distintas de entender el poder público --como Monarquía o como República--, recrea la histórica conspiración en contra del dictador romano y su homicidio en los idus de marzo (del año 44 a. C.), por una nobleza dividida y enfrentada por la consecución de cargos públicos. 

Julio César
, que ha pasado por la escena del teatro romano en cinco ocasiones desde la etapa de José Tamayo, se ha representado esta vez bajo la versión, dirección y escenografía de Paco Azorín (que "estrena" aquí por primera vez). La versión, sobre una traducción de Ángel Luis Pujante, acorta la densa obra original para una función de hora y media. Reduce los muchos personajes a sólo ocho y masculinos (suprime las interesantes escenas con Calpurnia, mujer de César, y con Porcia, mujer de Bruto). Está centrada en los entresijos de esa conspiración, intentando dar énfasis a la riqueza del lenguaje que refleja la vitalidad y fuerza de la pasión de los protagonistas. Sin embargo, no logra que esa frondosa sustancia literaria se traduzca con suerte en una propuesta intelectual sugerente. Su ambigüedad del fatídico suceso y ciertas simbologías --análogas a la famosa producción de Orson Welles en el Mercury Theatre-- que intentan justificar, sin más, la contemporaneidad de la obra, no acaban de cuajar en el planteamiento escénico.

El montaje para Mérida sólo funciona comedidamente. Apenas conmueve porque no parece haber un impulso creativo de narrar una buena historia. Tiene bastantes fallos que sólo se pueden entender desde la lógica del negocio teatral. Ese pegote escenográfico de la pantalla como instrumento audiovisual tapando la valva regia, el imponente obelisco junto a una hilera de sillas negras y el vestuario castrense no aportan nada al escenario romano. Sólo pueden valer para otros espacios a la italiana donde la obra tiene planificada su gira. Pero se trasluce también que las debilidades nacen del desconocimiento de los recursos acústicos del espacio romano. La obra está declamada bajo la ligereza de una mala megafonía, en donde el resplandor poético del texto y esa potencia evocadora que amplifica la emoción trágica pierden su eufonía. Los parlamentos se escuchan como una especie de grabación radiofónica que no permite matizar con tersura y tampoco distinguir con claridad a los personajes cuando están estáticos.

En la interpretación hay endeblez y heterogeneidad en el trabajo de los actores. Azorín no los dirige con la necesaria elevación del estilo de arte trágico. Sus roles se ven bastante forzados, con clisés, y desaprovechadas sus cualidades artísticas. Sobre todo, les falta organicidad en gestos y movimientos. Movimientos que no están bien milimetrados ni justificados y tampoco bien integrados en el apabullante escenario. También fallan en su técnica vocal, que no es depurada en los monólogos. Incluso en algunos los tonos resultan chillones. No destaca ninguno. Ni siquiera el que hace el personaje de Julio César, que matiza mejor los textos pero le falta plasticidad corporal (sobre todo, cuando deambula como personaje fantasma perdido por el escenario). De la función que vi, sólo brillaron unos improvisados instantes de Sergio Peris-Mencheta (Marco Antonio), cuando le falla el micrófono y pide que lo apaguen. El actor se creció entonces a viva voz y la magia surgió en el momento más álgido de su monólogo final dirigido al público, demostrando la perfecta caracterización de su personaje con intención y emoción. Sin duda, consiguió el aplauso más sincero del público.

José Manuel Villafaina Muñoz
Crítico teatral
jmvillafaina@gmail.com

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