¡Atrapados en el palomar!

Por El Avisador - 6 de Mayo, 2013, 8:53, Categoría: General

El pasado sábado, día grande la Fiesta de los Palomos en Badajoz, ya en su 3ª edición, fuimos numerosos los pacenses y forasteros que, a eso de las ocho de la tarde, vivimos una situación angustiosa, casi de infarto. En nuestro intento de acceder a la Plaza Alta, de donde venían los ecos de la música bailona que estaban poniendo varios dj's, acabamos atrapados en el "palomar", bloqueado por cientos, qué cientos, miles de personas --especialmente jóvenes y jóvenas, de distintas procedencias y sensibilidades, heteros y homosexuales a discreción-- cayendo en una "botellón-trampa", del que nos costó Dios y ayuda salir. Nunca, en estas últimas ediciones, habíamos presenciado un atasco humano así. Nada que ver con las grandes aglomeraciones que se forman cuando llegan la Feria de San Juan, el Carnaval o la fiesta de Al-Mossassa. Pero no adelantemos acontecimientos.

Eran unos minutos antes de las ocho de la tarde, cuando una riada humana enfilaba camino de la Plaza Alta por la calle de Moreno Zancudo (Zapaterías) y, en menor proporción, por la de El Brocense (Carnicerías). Abajo, al inicio de la subida, los guardias de seguridad y los chicos de Protección Civil, con ayuda de unas vallas, filtraban la entrada de botellas y vasos de cristal, ojeando y palpando, en su caso, las cientos de bolsas que les presentaban. Y al final de la calle, justo a la entrada de la Plaza, un monumental tapón saludaba a los recién llegados. Gentes en doble y triple fila que pretendían salir, otras tantas que querían entrar... Pero lo peor estaba por llegar. Y al pisar la Plaza Alta, la patronal y su escribano nos quedamos de una pieza al ver la gigantesca concentración de paisanos y forasteros, encantados de haberse conocido, bebiendo y conversando alegremente, escuchando sus ritmos favoritos, entre besos, abrazos y achuchones mil. Predominaban las plumas y las guirnaldas, las camisetas de colorines y los sombreros blancos, y en las fachadas de los edificios, los corazones y las banderas arcoiris. Viendo que físicamente era imposible acercarse al estrado, donde varios dj's estaban dando caña, decidimos arriesgarnos y cruzar la plaza en dirección a las escalinatas de la Concejalía de Ferias y Fiestas y de las Casas Consistoriales, un lugar elevado desde donde presenciar el espectáculo.

EL GRAN ATASCO
Fue casi heroico avanzar unos metros, en tanto que teníamos que sortear decenas de grupos de amigos y colegas de ambos sexos, de pie, vasos de plástico en mano, con sus bolsas de botellón por los suelos. A punto de morir en el intento, la multitud nos fue empujando hacia un sitio no previsto, el Arco del Peso del Colodrazgo, el que comunica con la cercana Plaza de San José, ocupada casi exclusivamente por los vehículos de servicio de los Bomberos, las Policías Nacional y Local, la Cruz Roja y Protección Civil. Después de veinte minutos de "travesía" angustiosa, sin poder retroceder, perdidos en el gran atasco del "palomar", conseguimos salir sanos y salvos, no sin antes acordarnos de la madre que parió a los organizadores, que no habían tenido la previsión de colocar un pasillo de emergencia para evacuar a los que deseaban salir. O a los que hubieran sufrido daños por "trituración" o cualquier otra causa, a no ser que se pretendieran sacarlos en volandas. Tras recuperar el resuello junto a la comisaría de Policía, decidimos subir, junto a otros ciudadanos, al adarve de la muralla, junto a la Torre de Espantaperros, que, a esas horas de la tarde-noche, tendría unas vistas de impresión. Pero nuestro gozo en un pozo, pues un destacamento de guardia de Protección Civil se dedicó a cortar el paso, con vallas mediante. Todo lo contrario que en la muralla que da a la Plaza de San José, donde la gente se instaló en sus almenas tan ricamente, sin prohibiciones que valiesen. Y la gente a quien consulté, sin tener repajolera idea de por qué un sitio, no, y el otro, sí. Visto lo visto, había que aprovechar la jornada, como que nos fuimos a la pradera de la Alcazaba, llenita de grupos de jóvenes y familias al completo, con sus pequeñines en carritos de bebé, sesteando por aquí, allá y acullá, charlando, bebiendo y pasándoselo de miedo. Los niños, por su parte, aprovecharon las instalaciones de juegos del lugar y de allí no saldrían ni con agua caliente.

De regreso, ante la imposibilidad material de entrar en la Plaza Alta, decidimos bajar por la calle Mesones y meternos en la cercana plaza de Santa María, con mucha gente haciendo botellón en sus escalinatas. En tanto una fila interminable visitaba el improvisado "meódromo" de la zona sin urbanizar, lo mismo dio que fueran damas, caballeros o niños. La corte de meones callejeros fue visible toda la tarde-noche en la zona, y vimos a tíos hechos y derechos hacer sus necesidades en la mismísima Puerta del Capitel,
de acceso a la Alcazaba, en las esquinas de sus recodos, y en las calles de San Juan y de Bravo Murillo. Y sin inmutarse. Y sin que ningún guardia les llamase la atención o les diera una papela de "recuerdo", que tiene mandanga. A todo esto, las tiendas de alimentación de la zona --carnicerías, bocatterías, bollerías, pizzerías, dulces y chucherías...-- hacían su agosto, septiembre y octubre --tres en uno--, despachando cientos, qué cientos, miles de bocadillos, dulces, pizzas, hamburguesas, perritos calientes y demás comida rápida entre el hambriento personal. Por su parte, los bares, cervecerías, tabernas y demás locales hosteleros del lugar estaban a reventar, y los que tenían veladores no daban abasto. A destacar también la decoración original de numerosos establecimientos del Casco antiguo, que coadyuvaron al esplendor de la fiesta, como la atractiva fachada decorada con globos de colores de la sala-teatro Atenea, en la plaza de España, los esbeltos palomos-maniquíes de Tejidos Claudia, donde antes estuvieron, mira por dónde, los conocidos Almacenes La Paloma, en el cruce de las calles San Juan y Virgen de la Soledad, y el "dispensario" de palomos "cojos" y "tullidos", con sus correspondientes "sanitarios", del café-bar El Aljibe, en el último tramo de San Juan, donde la gente se paraba y sonreía, haciéndose fotos y más fotos delante.

Y por no faltar, vimos hasta una despedida de soltera, con la novia vestida de blanco, en plan de andar por casa, por la crisis, despendolada la moza, a quien seguía una fiel tropilla de amigas, disfrazadas de otra guisa. A eso de las diez de la noche, encontramos casi milagrosamente un velador libre en la plaza de España, llenita de gente a esas horas, convertida la acera en una pasarela de la fiesta, con las comadres de este pueblo dándole a la pestaña y al piquito que daba gloria.

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