23-A: Don Quijote, en El Avisador

Por El Avisador - 23 de Abril, 2013, 10:36, Categoría: General

Hoy, 23-A, Día Internacional del Libro, se recuerda a los geniales escritores William Shakespeare, el Inca Garcilaso de la Vega y Miguel de Cervantes Saavedra, en el aniversario de sus muertes, ocurridas el mismo día. Y, cómo no, a la mayor novela en español de todos los tiempos, la más traducida y leída después de la Biblia, Don Quijote de la Mancha. Y en tan alta ocasión, qué mejor que traer los párrafos iniciales de la obra cervantina, sacados de una edición escolar del año 1944. Seguro que muchos lectores del Avisador de Badajoz, en especial los ya talluditos y peinando canas, se acordarán de esta edición adaptada a los niños españoles de los años 40, 50 y 60, de obligada lectura en nuestras escuelas de antaño. Como que serán más de uno y más de dos los que se sepan de memoria algunas parrafadas:

El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Burgos, Hijos de Santiago Rodríguez (HSR), Imprenta-Casa Editorial- Librería, edición escolar seleccionada por Felipe Romero Juan, profesor de Escuela Normal. Ilustraciones de Fortunato Julián. Séptima edición, 1944. Encuadernación en cartoné (13,5 x 18,5). XLIII capítulos. 338 páginas a una tinta. Portada a color. "Advertencia para los Maestros" y "Biografía de Cervantes", en las páginas iniciales. Ejercicios finales de "Vocabulario", "Fraseología" y "Prácticas gramaticales" en cada capítulo. Precio: 5,50 Ptas.
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EL INGENIOSO HIDALGO
DON QUIJOTE DE LA MANCHA

CAPÍTULO PRIMERO

Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo Don Quijote de la Mancha

En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto de ella concluían sayo de velarde, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de los mismo, y los días de entre semana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín que tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años: era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de "Quijada" o "Quesada" (que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben) aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba "Quijano".

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aún la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en qué leer, y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos. En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de todas aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

(...)

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