Los hijos del bienestar

Por El Avisador - 13 de Enero, 2012, 0:22, Categoría: General

Muy mal lo tienen los hijos del bienestar. Aquellos padres que se lo dieron todo --y que siguen dándoselo, pues han vuelto a casa como pródigos evangélicos de los gordos epulones-- ya no alcanzan a encapricharlos más. Se acabaron los ladrillos, como se acabó la sopa boba de los conventos y se han acabado hasta los propios conventos: caserones sin frailes benedictinos, agustinos, franciscanos, lasalianos o jesuíticos, que tanto dieron que enseñar a trabajar. Y eso que aún Cáritas resiste, aunque la acosen los enemigos de la libertad religiosa. Volver a la cruz hacendosa.

Retornaron los tiempos de las vacas flacas egipcias y habrán de emigrar esos niños adolescentes a países más ricos para sustentarse, regalando, casi regalando, su excelente preparación científica e informática. Así está la vida, languideciendo. Hasta que alguien --¿quién, por favor?-- la espabile con un sopapo de valores económicos, sociales y morales. ¡Basta ya de seguir a la deriva, sin saber qué hacer ni por dónde soltar lastre! "Y la nave va", decía el Dante, pero ahora no va, que se encalló en las arenas nada movedizas de los mercados globales. ¿Hasta cuándo? Todos asentados en los bancos, pero ni los bancos resisten la pose del culo ni compensan las deudas de las hipotecas habitacionales.

Se nos murió en silencio casi centenario el novelista de nuestra juventud soñadora, José Luis Martín Vigil, -de ello nos hemos enterado al cabo de un año- y la vida no sale a nuestro encuentro, sino que la muerte está en el camino, la droga sigue siendo tan joven como letal y estamos hundidos en la sexta galería de la mina ansiolítica. Entonces, al menos, pujábamos por ser algo y alguien.

Estoy entre los que le tuvieron al excura ovetense como un guía literario para salir de las torturadoras crisis juveniles. Mi profesor de matemáticas --inolvidable Hermano Manuel-- me daba a leer sus textos en medio del indescifrable laberinto de las raíces cuadradas y las fórmulas del círculo y la circunferencia, el seno y el coseno. Nunca entendí el mágico número pi, pero ascendí gracias a él del abismo de la ensoñación en que me hallaba, a la luz de las palabras arborescentes. Por eso, hoy, escribo lo que escribo. Lectores, jóvenes o maduros: tiempos nuevos volverán y nos harán mejores, más granados en la adversidad. (¡Ojalá!).

Apuleyo Soto Pajares
apuleyosotopajares@hotmail.com

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