El pasado domingo,
sobre las nueve de la noche, con mucha luz todavía en el horizonte, veo
cómo en la plaza de Santo Domingo, cuando se une con la calle Guardia
Civil, hay un fulano durmiendo en el suelo, sobre un colchón. Un colchón
procedente del cercano contenedor de ripios, que alguien había tirado
allí, junto con otros enseres domésticos, contra toda norma y sentido común. Y el tío, joven por sus trazas, estaba durmiendo a pierna
suelta. Con la gente pasando a su lado, sin coscarse ni nada.
Y, ahora, con la llegada del verano, veremos más durmientes en Badajoz, aprovechando la colchonería abandonada por las plazas antiguas, edificios en ruinas y basureros incontrolados en el extrarradio de la ciudad, en especial, a la hora de la siesta y al llegar las tórridas noches. Y es que quien no tiene para hotel cinco estrellas ni pensión dos candiles, debe buscarse la vida a la hora de darle descanso a sus cuerpos serranos. Perra vida, sí, pero esto es lo que hay, hermanos.