Sábado, día de bodas en Badajoz

Por El Avisador - 3 de Octubre, 2010, 21:18, Categoría: General

Todos los sábados, a mediodía, Badajoz, si la temperatura ayuda, como ayer, es una fiesta nupcial. Con diversos lugares donde se celebran bodas por todo lo alto en el Casco antiguo: el Palacio Municipal, las iglesias de San Juan Bautista y de la Concepción, las de San Andrés y San Agustín, la catedral de San Juan y la ermita de la Soledad. Lugares estos dos últimos donde hay que pedir cita con dos años de antelación, como mínimo. Con parejitas de guapo subido que van a darse el "sí, quiero", ellos, de maniquí de los caros, y ellas, de blanco blanquísimo, con una corte regular de acompañantes, entre padrinos, amigos, colegas y familiares, todos ellos ataviados con sus mejores galas, cámaras en ristre.

Y el sábado pasado, la plazuela de la Soledad estaba de bote en bote. No era para menos, se casaban José Mari y Conchi, Conchi y José Mari, dos buenos mozos de Badajoz, él, con su traje de gala de militar de Tierra, luciendo en su bocamanga la cinta dorada de cabo primero, y ella, luciendo un modelito que ni la pasarela Cibeles. Y en la plaza, esperando la salida de la feliz pareja, una compañía de honores de la Brigada de Infantería Mecanizada Extremadura XI, con asiento en Bótoa. Donde abundaban los cabos y sargentos, además de oficiales con estrellas de cinco puntas: alféreces, tenientes y un capitán. Que le hicieron un puente de honor con sus sables, todo un espectáculo, en tanto la parejita recibía una lluvia de arroz, pétalos y papelillos de colores. Y, claro, los ya clásicos "¡Vivan los novios!".

A todo esto, el vecindario que pasaba por el lugar se había arracimado a su alrededor para darle a la pestaña, en tanto la pareja era besada y abrazada como un millón de veces, en señal de enhorabuena. Incluso los que, por costumbre, van a visitar a la Patrona y se quedan rezando unas oraciones desde la calle, terminaron raudo con sus preces para sumarse al corro de espectadores, que el momento, magnífico, lo merecía. Terminado el ritual, llegó el momento de las fotografías, con el novio rodeado de sus compañeros, frente a la fachada del templo, y de la parejita, con todo aquél que quiso arrimarse, los padrinos, primero, a ver, no. Terminada la ceremonia, los felices esposos se largaron con viento fresco a hacerse el reportaje fotográfico, en tanto el resto acudía a uno de los buenos restaurantes de la ciudad, a disfrutar de una comida opípara, repleta de música, regalos y "sobres", bailoteo y barra libre, cava y copas a discreción, sin olvidarme las dulzainas, las lascas de jamón pata negra y, cómo no, los clásicos churros de madrugada.

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