La impresión de Pierre Paris

Por El Avisador - 26 de Marzo, 2010, 9:25, Categoría: General

Pierre Paris fue un excelente arqueólogo e hispanista y un hombre un tanto singular en sus comportamientos y sobre todo en sus relaciones con los colegas españoles. Hombre avanzado de su tiempo, siempre estuvo presente en las novedades que se iban produciendo en aquellos primeros años del pasado siglo cuando comenzó, tras años de apatía y de fracasos, una frenética actividad en la arqueología peninsular.

Mérida no fue una excepción y sus relevantes hallazgos propiciaron su llegada a nuestra ciudad y la de algunos de sus alumnos. La verdad es que sus comentarios ante las maravillas que iban apareciendo ante los ojos de todos, gracias a los esfuerzos de aquellos hombres beneméritos que fueron José Ramón Mélida y Maximiliano Macías, siempre solían ser laudatorios. No era para menos y algunos de sus discípulos también se extendieron en jugosas páginas dedicadas a describir o comentar aspectos de los acueductos, del teatro o de las magníficas series escultóricas emeritenses. Pero a través de las páginas que dedicó Paris a describir la arqueología emeritense, se observan ciertas críticas, quizá interesadas, al estado de los monumentos. Su acidez en los comentarios llega a la cima en un interesante artículo titulado "Paseos Arqueológicos: Mérida" que publicó en la revista de su Universidad de Bordéaux, Bulletin Hispanique.

Describe el abandono, que no era tanto y tan acusado como en la centuria anterior, de ciertos monumentos; también critica algunas interpretaciones del conjunto monumental y se explaya ante el mal estado del Circo, aún no excavado por los arqueólogos antes referidos. Del "Templo de Diana" resalta su interés y exclama. "!Ojalá, una noche, llegue un buen espíritu y libere a este magnífico templo del sudario de sus muros degradantes (los muros del Palacio de los Corbos)".

Pero, de repente, en su visita a la basílica de Santa Eulalia, su actitud cambia, sobre todo cuando un monaguillo le acerca a un soberbio Cristo, a nuestro Nazareno, y le descubre, levantándole la túnica, un cuerpo prodigioso, "tallado --dirá-- con la perfección de los mármoles clásicos" y con un rostro atormentado por el dolor, afligido, pero con una actitud de perdón que le sobrecogió hondamente.

Este Cristo, nuestro Nazareno, le reconcilió, y así lo expresó, con nuestra ciudad que, según él, no sabía cuidar de sus tesoros arqueológicos.

Su sensibilidad no pudo con la majestad que le transmitió una de nuestras más carismáticas imágenes, obra excepcional de la escuela castellana, de Luis Salvador Carmona, como recientemente se ha demostrado, feliz autor de tan magistral talla. Una vez más, este año nos emocionaremos con ella por las calles de Mérida y recordaremos toda una tradición de devociones cuaresmales emeritenses.


José María Álvarez Martínez
Cronista y cofrade

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