Este mediodía, pasando por Pardaleras, junto a la plaza de la iglesia de San Juan de Ribera (la de Antonio Cortés Lavado), tres mujeres llamaron mi atención. Una mujer joven, en el centro, llevaba de su mano derecha a su pequeña hija, que subía y bajaba por la jardinera del lugar, ajena al mundanal ruido, en la aurora de su vida. Y de su mano izquierda, bien sujeta, a su madre. Señora de edad provecta, con aspecto de desorientada. O de mermada en sus facultades. Otra niña, para entendernos, pero ya en el ocaso de su vida.
Y la mujer fuerte de la familia, de aspecto sereno, realizando su papel de forma admirable, pacientemente, sin una queja, siempre con la sonrisa en los labios. Humanísima estampa la de las tres mujeres de Pardaleras, abuela, hija y nieta, cogidas de la mano, siempre juntas. Y espléndido ejemplo de amor maternal y filial en los tiempos que corren, cuando muchas familias están fracturadas, cada cual por su sitio y a sus cosas.