Esplendor y solemnidad en la fiesta pacense del Corpus Christi

Por El Avisador - 15 de Junio, 2009, 17:15, Categoría: General

Ayer, domingo, se celebró en Badajoz la tradicional procesión del Corpus, con clima bochornoso y cielos plomizos, amenazando lluvia, con los termómetros callejeros yendo de 35 a 30 grados, según discurría la jornada. El centro histórico de Badajoz estaba sembrado de juncia del Guadiana y Gévora cercanos y cientos de personas se concentraban dentro y fuera de la catedral. Las primeras, para seguir atentamente la función religiosa, que ofició en esta ocasión el vicario general y deán del cabildo metropolitano, Sebastián González González, ante la afonía que padecía el arzobispo, Santiago García Aracil, que tuvo que conformarse con seguir el ritual litúrgico desde su sede episcopal. A resaltar, la multitudinaria asistencia de fieles y devotos de la Eucaristía, que presentaba la estampa de sus grandes momentos, bellamente iluminado su interior y con el retablo mayor luciendo en toda plenitud, tras las últimas restauraciones.

Pasadas las ocho de la tarde se inició el cortejo, con la plaza de España repleta de gente, pero con algunas novedades. En primer lugar, no estaban los niños de Primera comunión, que esperaban en la calle de San Juan de Ribera, junto a la bocacalle con Hernán Cortés, por donde iba a discurrir la procesión. Pero sí que aguardaba una guardia de honores, compuesta por cinco miembros de la Policía Municipal, luciendo su magnífico uniforme de gala, de color azul, botonadura, cordones y cinturón dorados, sable en la mano izquierda y casco dorado, con penachos blancos. Guardia de honor que, con su presencia en esta procesión, la primera vez, según mis datos, contribuyó a dar un toque espectacular a la jornada del Corpus pacense.

La salida fue por la puerta principal, la de San Juan, que llaman del Perdón, y tras la cruz de guía y los dos ciriales, servidos por seminaristas vestidos de alba, se disponía una corte de damas y caballeros, vestidos sobriamente de oscuro y camisa blanca, con corbata los segundos, también oscura. Eran los miembros de las distintas juntas de gobierno de las hermandades y cofradías de penitencia y gloria de la ciudad. A los que seguían, con sus banderas al frente, los componentes de las asociaciones de adoradores nocturnos, tanto masculinos como femeninos, de la provincia.

Por el centro iban dos filas de seminaristas, tanto mayores como menores, ataviados con alba. Y el cabildo metropolitano y el clero de ciudad, tanto regular como secular, luciendo blancas casullas. Y por los extremos, dos larguísimas filas de devotos del Santísimo Sacramento, destacando las señoras de edad madura y los matrimonios mayores, cogidos cariñosamente del brazo o de la mano. Cristianos viejos, sin duda. Sin contar los diferentes grupos de religiosas pertenecientes a las distintas congregaciones que laboran en Badajoz, fácilmente identificables por el color de sus hábitos. El aroma a incienso es cada vez mayor y preludia la llegada del Santísimo. Y, efectivamente, unos seminaristas turiferarios, portadores de incienso y naveta, aparecen delante de la magnífica custodia en plata sobredorada de Juan del Burgo, que, sobre un paso ricamente dorado, parece refulgir en la tarde pacense. La expectación crece y todas las miradas se dirigen a la puerta principal de la catedral, en tanto los hercúleos miembros de la asociación de costaleros y capataces de San José bajan al Señor sacramentado con mimo y delicadeza, salvando la escalinata con limpieza, en tanto la banda de música municipal, a las órdenes del maestro Vicente Soler Solano, ataca el himno nacional. El momento es sublime y el gentío parece contener a duras penas sus emociones.

EL CORTEJO
Dos filas de sacerdotes del cabildo catedralicio, luciendo antiguas casullas blancas, bordadas en oro, se disponen a su lado, en tanto la guardia municipal de honor, impertérrita, sin mover un músculo, al más puro estilo británico, contempla la escena. Para ponerse de inmediato al lado del paso, haciendo los honores a Jesús Sacramentado en su recorrido por el viejo Badajoz.


El paso, que luce cuatro ramos de rosas rojas en sus ánforas doradas de esquina, va a ruedas, en tanto que es despaciosamente conducido, en turnos previamente establecidos, por miembros de las cofradías de la ciudad, gentes de Cáritas y jóvenes confirmados. Y tras él, el arzobispo de Mérida-Badajoz, Santiago García Aracil, a quien acompaña el deán, su vicario y portavoz, este año, Sebastián González, y el vicario de la ciudad, Antonio Muñoz Aldana. Los tres, revestidos con lujosas dalmáticas, de sabor antiguo. Tras ellos, dos seminaristas portan entre sus manos sendos símbolos del poder arzobispal, la mitra y el solideo, mientras otro lleva, doblado, un paño humeral, manto de cubrición de la Sagrada Forma, que el oficiante se coloca sobre la espalda, propio en las procesiones con el Santísimo y en en los rituales de adoración eucarística. Tras los que discurre el palio, que es portado, también en turnos, por miembros de la Adoración Nocturna, tanto masculina como femenina, cursillistas de Cristiandad, gentes de las cofradías y hermandades de la ciudad, además de acólitos seglares al servicio de la catedral.

Un servicio de orden, compuesto por treinta personas, luciendo brazaletes rojos, coadyuva a que la procesión transcurra como una seda, sin problemas. Muchos llevan intercomunicadores y el de más autoridad, una campanilla de órdenes, por delante de la mismísima custodia. Pero hay una persona que lleva tiempo coordinando todo, tanto en en el templo como en la calle, aparentemente poco visible, moviéndose de aquí para allá, atento a todos los detalles, que todo vaya bien. Se trata de Felipe Albarrán Vargas-Zúñiga, responsable del protocolo del Arzobispado, que está haciendo un excelente trabajo. Bien secundado en el templo por un impagable equipo de seglares, con el polifacético Jesús Jiménez, a la cabeza. Todo, muy lejos de las improvisaciones y la falta de seriedad de antaño, las cosas como son, que el solo entusiasmo no basta.

La cabeza de la procesión, después de superar un atasco considerable, al reincorporarse los niños de Primera comunión, que venían calle San Juan de Ribera arriba, torció por la estrechísima de Hernán Cortés, para llegar a la plaza de López de Ayala, donde, en la fachada del convento de las Descalzas, se había levantado un altar, haciendo parada el Sacramento. Después, la comitiva siguió por las calles de Francisco Pizarro y Menacho, para girar a la izquierda por Vasco Núñez, llegando al paseo de San Francisco, donde, en la escalinata de la delegación de Hacienda, había otro altar, de corte muy popular. El lugar, espacioso, congregó a cientos de personas en sus alrededores, guardando respetuoso silencio. Lugar ideal para fotografiar el cortejo, del que formaba parte también, al final del mismo, el alcalde de la ciudad, Miguel Celdrán Matute, a quien acompañaban los concejales Francisco Javier Gutiérrez Jaramillo, María del Rosario Gómez de la Peña y Cristina Suárez-Bárcena. Poco tiempo estuvo Gutiérrez Jaramillo en la presidencia pues, nada más salir, se unió a otros cofrades, como miembro conspicuo de la hermandad de la Soledad, para llevar el palio, primero, y el paso del Santísimo, después.

LOS NIÑOS DE PRIMERA COMUNIÓN
La tropilla de niños y niñas de Primera comunión era considerable, resaltando el blanco, blanquísimo de los trajes de nuestras zagalas. Y el azul marino de las chaquetas de nuestros zagales. Y en cabeza, vestido de gala como almirante de muchas estrellas, allí que iba el pequeño Luis. Pero, para pasmo de todos, mi Luis que iba en... ¡una silla de ruedas! Con la pierna derecha escayolada, guiando el carrito su jovencísima madre, lazarilla del Corpus por unas horas. Y hablando de lazarillos, el rebaño infantil era pastoreado amorosamente por una decena larga de miembros del servicio de orden, que fueron unos padres para nuestros muchachinos primerizos. Uniéndose a las madres, que también los escoltaban, con sus bolsas y botellines de agua en ristre, prestas a darles un sorbo, un caramelo, una caricia, una sonrisa, un beso, un toque al pelo, otro al traje, cuando no a hacerles mil fotos, por lo menos.


Pasado San Francisco, tras despedirnos respetuosamente del Santísimo, decidimos coger el hato, con la cámara y el bloc en ristre, para regresar a nuestros lares. La comitiva seguía con total placidez, en medio del fervor de nuestras gentes, atentas al hilo informativo-musical que venía de la catedral, en tanto sonaban diversos cánticos eucarísticos, como el Alabado sea el Santísimo, Pange lingua y Cantemos al Amor de los Amores. Cánticos que se iban alternando con piezas de música religiosa, adecuadas a la solemnidad del momento, de la Banda de Música municipal, con el profesor Vicente Soler, su director, a la cabeza.

EPÍLOGO
Lo más importante lo habíamos visto ya. Pero en su regreso, la comitiva con Jesús Sacramentado había de pasar antes por al altar de la plaza de Minayo, junto a la iglesia de San Juan Bautista, para, tras subir por la empinada calle de San Juan de Ribera, arribar otra vez a la catedral. En cuya puerta de San Juan, que llaman del Perdón, concluir el ritual de la solemne jornada eucarística con la bendición del Santísimo al pueblo de Badajoz.

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