Mi abuelo el que escribe

Por El Avisador - 29 de Abril, 2009, 1:12, Categoría: General

Pedro:

Esta narración pertenece al libro inédito La vida sin ti no tiene sentido. Algunas de ellas las leí en mi ciudad, Badajoz, en el Ateneo, en 2007, como primicia a mis paisanos. Normalmente, cuando voy a mi ciudad, suelo comunicar a mis paisanos pacenses mis creaciones. (¡Eh, cuidado, que sigo aquí, que os vigilo, que sigo con vosotros, que os quiero!). Las dos últimas han sido de los libros Discusión con la poesía en el Café de la Ópera (Huerga y Fierro, Madrid, edición bilingüe de Daniel Nomen i Recio) y Réquiem del lagarto-lagarto toca fusta (Calima Ediciones, Mallorca-Madrid, edición bilingüe subvencionada por el Ministerio de Cultura, a cargo de Eduard Escofet). Y las hice en la R.S.E.E. de Amigos del País de Badajoz. Nuestro idioma, que heredó el poder de su padre, el latín, ha sido a veces intentado coagular, vallar, controlar, sintetizar, petrificar, encarcelar, prohibir, pero ha sido tan imposible como hacerlo con nuestras lenguas y nuestros cerebros, en beneficio, como tantas veces, del progreso propio y de la Humanidad (junto con otros cerebros y otras lenguas). Basta con leer el legado cultural y su impregnación ideológica de Valle, Luis Martín-Santos, Alfonso Sastre, y más de ahora, Jerónimo López-Mozo, con los que me identifico en muchas coincidencias y disidencias, en su más profundo sentido dialéctico, en beneficio de nuestra cultura. Siempre en beneficio de nuestro pueblo.

Recibe un segundo saludo afectuoso de JUAN MANUEL y te animo (y agradezco) a que sigas con tu actividad informática, que a veces visito, aunque metido ahora en un par de obras de envergadura, no tiene uno tiempo ni de rascarse, si además quieres aprovechar/llevar vida de gran ciudad, con sus ventajas e inconvenientes.

Juan Manuel Escudero
revolaturajuanmanuel@gmail.com
http//revolatura.blogspot.com

***

MI ABUELO EL QUE ESCRIBE (*)

       como ritual plasmado por pintor cortesano (desastre de Austrias, desastre de Borbones) yo llegaba y aunque hiciera meses que no nos veíamos, la conversación tenía el ambiente de una comunicación interrumpida hacía un rato por el sueño o cualquier accidente temporal sin la menor importancia.
--Mañana será un buen día para ir a tirarle a los patos--, adelantando las manos al fuego. Cogiendo una brasa y encendiendo la pipa.
Y después, sin transición, a contarme con detalle otra mañana en la que salió hace no sé cuantos años y enfurecido porque desde el otro lado del río le abatían los patos que le iban entrando a él en su puesto, se lanzó al río con la carabina en la boca, dando un gran rodeo para sorprender a aquél maldito cabrón y siniestro enemigo de su gloria cinegética. La joven viuda del vizconde Darmiel, tierras vecinas. Lo venía observando desde hacía días con sus potentes prismáticos, catalejos y telescopios (caprichos del difunto) como única distracción en su retiro voluntario tras la tragedia. Afortunadamente, no se lanzó sobre sus enemigos, sin más. Todo quedó en un intercambio de frases brillantes, mitad furiosas, mitad divertidas. Y qué muslos tan excepcionales, pechos destructivos, gran virtuosismo amatorio y una boca no sólo hábil para deshacerte en medio de orgasmos de duración peligrosa, sino ingeniosa, cáustica, reveladora de que la clase social a la que pertenecía era a aquellas alturas de su vida sólo un medio. Sus ayudas a troskystas, anarquistas y sindicalistas eran la consecuencia inmediata de su capacidad de análisis del mundo que la rodeaba.
--¿Y qué escribes ahora, abuelo?
--Nada de particular. Una novela donde doy noticias ciertas de la existencia de una gran violencia, egoísmo y rapacidad de unos hombres contra otros, a pesar o a caballo de nuestra capacidad tecnológica actual. Y comienzo de la forma más sencilla, como tantas catástrofes y crímenes: le cuento a mi nieto preferido una accidentada cacería de patos y mis amores con la encantadora viuda del vizconde Darmiel, que fue mi vecino, desarrollando sin contemplaciones (que se jodan) toda una peripecia vergonzosa y triste en la que los personajes
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(*) 21 líneas (en el original) son suficientes, como de pronto en un cuadro. Como de pronto en una secuencia cinematográfica, nuestro invento del siglo XX.

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