Un ser despreciable

Por El Avisador - 23 de Abril, 2009, 0:28, Categoría: General

Me tenía por un ser despreciable, pues a pesar que cada día en el mundo morían 70.000 niños de hambre, yo era feliz, y sin preocupación alguna, iba a mi bar, me tomaba mis raciones habituales, mis copas y mis puros. Luego, iba contento a casa, tambaleándome, farfullando canciones incomprensibles. Mi gratificante mujer me esperaba con la mesa puesta, un plato humeante y una sonrisa fría.

La siesta me hacía soñar con paraísos del canal Luxury de la tv, allí aparecía yo en un jacuzzi con Jesús Gil, hablábamos, fumábamos grandes habanos y reíamos, pero no recuerdo más, había chicas también en todo aquello, y enormes palmeras de nylon que se movían al ritmo de alguien parecido a Mikel Jackson, éste se contorsionaba haciendo  gestos y mohines en su cara de cartón. Mi estado habitual era de aceptación optimista, ante la trágica suerte de cualquier especie viva.
  
Pensaba que en este mismo instante, un terremoto en algún sitio haría que miles de personas durmieran definitivamente debajo de lo que fueron sus carísimas casas. No los debieran de mover de ahí, por fin, pagaron su hipoteca, casa, tumba y monumento, para olimpiadas del sufrimiento, terremoto liberador. O un tsunami barrería cualquier apacible playa, donde la gente adormilada debajo de sus gafas sería engullida por las terribles mareas en un tris tras.

Todas estas remotas tragedias me pillaban vacunado. A mí no me afectaba las crisis, no había trabajado nunca en serio, si lo hice fue por dar una imagen de normalidad con alguna ocupación vana o negocio, siguiendo las instrucciones del administrador de mi acaudalado suegro. Éste me odiaba por mi falta de motivación por el dinero y por no interesarme en sus pingües y variados negocios.
 

Mi boda con su hija fue la mejor operación financiera que nunca pude hacer. Pero no busqué aquella unión premeditadamente, me la encontré, fue ella la que me impuso en su familia, ya entonces mantenía mi indiferencia por el dinero o por su alta posición económica

--No se casan por dinero, debe ser por amor--, dijo con astucia y anticipación mi suegra.
--¡Menos mal!--, exclamó, aliviado, mi futuro padre político.
--Pero parece un ser simple y sin ambición-,- sentenció el jefe de familia.
--Tú también lo parecías a su edad.

Con el tiempo, me dejaron por imposible. Una copiosa asignación que administraba mi mujer mantenía cubiertas nuestras necesidades y mi ociosa vida.

Por las tardes, paseaba por los parques, sin rumbo fijo, fumaba y fumaba, miraba y miraba sin ver nada en concreto. Tiraba trozos de pan a los patos, ésa era mi mejor y única obra de caridad del día. Los patos parecían conocerme, aunque me pasa con ellos como con los chinos, todos me parecen iguales.
--Hola, patito, ¿cómo estás?

Las huellas que dejaban mis recias botas en la arena indicaban que me iba del lugar. Sigo pensando en aquel pato, me miraba como si confiara en mí, tenía interés en las tonterías que le decía. Algo que no es habitual en mis relaciones con los míos, estos me ignoran y me tratan como a un cuerpo ajeno y molesto, hablan bajo si me acerco y ríen cuando me alejo. Les noto inquietos al interesarme por algo de ellos.

El otro día me oí en la siesta graznar:
--!Cuá, cuá, cuá!--, como un pato que espera su miga de pan.
 
Juan Manuel Fernández Callejo

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