Tahití en el horizonte

Por El Avisador - 7 de Enero, 2009, 8:11, Categoría: General

Me gusta observar a la gente yendo de acá para allá. Me gusta verlos en la cuesta de enero, gastando el dinero que no tienen y corriendo como si el diablo les llevara.  Me gusta hacerlo sentado, con un café por delante, parando mi tiempo para disfrutar con el tiempo de los demás pasando implacable. Ves caras conocidas, almas errantes, parejas en ciernes, matrimonios venidos a menos, abuelos en silencio, niños sin miedo, jóvenes enamorándose, solitarios sin remedio. Cada uno de ellos son historias mezclándose con el humo de mi café y lo perverso de mis pensamientos. Corres el peligro de ver a quien no quieres ver. Cuando te expones, cuando sales de la cueva, aunque sólo sean unas horas, puedes llevarte la ingrata sorpresa de tropezarte con tus recuerdos. Las heridas, las viejas heridas, no deben abrirse porque pueden sangrar más que la primera vez. La maldición se activa cuando se pronuncia. Ahí está ella. Son las siete de la tarde. Estoy sentado en la cafetería de El corte inglés, frente a la línea de cajas. Por aquí pasan a diario, yo qué sé, cien, mil, un millón de personas y, más tarde o temprano, cualquiera, ella, puede aparecer. Lo ha hecho. Ha aparecido. Pides al cielo que no te vea pero me ha visto. Está como siempre: reluciente, exultante, adorable. Por ella no pasan los años. En una milésima de segundo su mirada se posa en la mía. Tuerce el gesto. Parpadeo. Se escabulle. Disimulo. Me pierdo. Allá va. Intuyo que sigue su camino. Ojalá pudiera imaginar sus pensamientos. Hace cinco años que no la veo. La quería. Aún la quiero. ¡Cómo la quiero! Cinco años huyendo de mi propio destino. Cinco años escondiendo mis sentimientos y procurando que me escondieran a mí también. Cinco años luchando por no coincidir con ella o los suyos en alguna parte. Allá va. Su andar de siempre. Cinco años y sigue siendo el mismo deseo. Ni una mirada. Ni una palabra. Ni un gesto.

La quería. Aún la quiero. Primero, se fue ella. Después, me fui yo. Regresó y, entonces, fue cuando yo me fui. Y ella ya no me acompañó. Cinco años no son nada. O tal vez sí, tal vez sean una eternidad. Ya no recuerdo sus promesas, ni sus caricias, ni sus besos. Ya no la recuerdo. Hay demasiado dolor en el aire, demasiada pena. Ya pasé por esto antes. Mi alma no puede aguantar momentos así. Tenía que haberme marchado, escapar, huir, refugiarme en el infinito, en cualquier rincón de este maldito mundo que me asfixia. Siempre quise ir a Tahití. Era mi sueño. Perderme allí para los restos. Pero está demasiado lejos. El horizonte nunca es hoy, siempre es mañana. Y a mi ya no me queda ninguna mañana ni ningún horizonte. Ya no me quedan mañanas, ni días, ni futuro. Allá va, con su andar de siempre. Lucía se sienta a mi lado y me besa en la mejilla. Alejandro le coge la mano y la besa en los labios. Esos labios que fueron míos. Esas manos que debieron acompañarme hasta el final. Vuelve la cabeza y tengo su mirada en mi mirada. Daría mi universo por sus pensamientos. Lo daría todo pero ya no tengo nada.


Juan Manuel Cardoso
jcardoso@aytobadajoz.es   

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