Se llama Ramón. Y es un personaje muy conocido en Badajoz, y eso que
siempre va solo. Y llama la atención siempre. Cuando va sobrio, porque
va sobrio, y cuando va cargado con diez copas de más, porque
comienza a soltar unas filípicas de aquí te espero, a pleno pulmón, a un público imaginario,
mezclando lo real con lo inventado, cuando no sale por peteneras, emulando al gran Rafael Farina. Y es que
las personas solitarias en una sociedad biempensante y políticamente
correcta, como la nuestra, los solitarios, además de sospechosos,
siempre concitan la atención. Y se les pone de todo, menos de bonito:
locos, borrachos, vagabundos, moros, gitanos, extranjeros, etc.
Bueno,
pues Ramón es uno de ellos. Y el otro día, paseando por la soleada
plaza de España, nos acercamos a saludarle, a saber nuevas de él. Que
andaba nervioso, de aquí para allá, sin parar un momento, junto a la
Puerta del Cordero de la Catedral, y con varios bultos entre manos: una
bolsa de bandolera de un congreso de Jóvenes Abogados y la clásica de una tienda de comestibles, conteniendo un tetrabrick de vino
barato y una botella de refresco.
--A usted lo conozco mucho, es periodista, ¿verdad? --me dice siempre que nos vemos.
UN PERDEDOR
Ramón es la viva estampa de un perdedor, de un juguete roto, con una
familia destrozada, hecha mixtos --desestructurada, dicen los
sabihondos de estas cosas--, separado y con esposa y hijos mayores,
cada uno por su lado, haciendo su vida. Y con un pasado como para
escribir un libro. Cómo que un libro, y diez también. Un hombre de
aspecto fornido, pulcro en el vestir, aunque a la moda de los 80, en
plena madurez de la vida --50 tacos, uno menos en Canarias--, que fue
cabrero y pastor en sus años mozos, taxista en los Madriles, conductor
de retroexcavadoras y camiones de gran tonelaje, además de policía
nacional en el 85, entre otros oficios, pero no tiene a nadie al que contar
sus penas.
Y cuando está sobrio y lo encontramos al paso, que mi Ramón se muestra afable y servicial. Y se abre hasta el fondo. Y
por su boca fluyen las palabras a borbotones, aturullándose a veces. Y
cuando le preguntamos por su familia, a mi hombre que se le nublan los
ojos. Pero ni una palabra más alta que otra hacia los suyos, todas son
expresiones de cariño y de recuerdo. A los que llama y ve muy de tarde
en tarde, por cierto. Y cuando le hablamos del mucho vino que se echa
al coleto, te lo explica bien claro:
--Es que me ayuda a olvidar, je, je, je...
Y cuando le decimos que tiene buena planta, a su edad, mi Ramón que sonríe como un bendito:
--Muchas gracias, mejorando lo presente.
DESPEDIDA
Y en la hora de la despedida, decimos a Ramón que vuelva a recuperar el
cariño y el amor de los suyos, que no es bueno que el hombre esté solo, y que deje de beber tanto vino, que perjudica su salud. Y mi hombre que se sonríe para sus adentros, pero no suelta prenda, el muy puñetero.
--¡Feliz Año! --nos dice en el adiós.
Y allí se quedó Ramón otra vez solo --Ramón Pintiado Amarillo, para servir a usted y a Dios, te dice--, un hombre en la plena madurez de la vida, con un montón de problemas a sus espaldas, con una familia cuarteada, que ahoga sus penas en vino y que necesita, como el comer, que alguien le escuche y le oriente.
Ramón, colega, habla con tu gente y echad pelillos a la mar. Que todo tiene arreglo en esta vida, menos la muerte, que dice mi tía Federica, la del pueblo.