Cuando Harry encontró a Sally cambió el final de la película

Por El Avisador - 31 de Diciembre, 2008, 0:49, Categoría: General

Marta es una optimista por naturaleza. Cree que todas las personas son buenas y que el mundo tiene arreglo. Su objetivo, aunque resulte presuntuoso, es la búsqueda de la felicidad en todas sus facetas y por todos los medios. Y una vez que la encuentre, repartirla. Intuye un problema y allí se planta a intentar arreglarlo. O sea, que es un encanto. Pero está divorciada, aunque no se explique por qué. Sus amigos sí lo saben: su ex marido es un auténtico gilipollas. Y mala persona. No la merecía y lo mejor que pudo hacer es largarse y dejarla en paz. Divorciada, con dos hijos y sin ninguna ayuda económica ni de ningún tipo del gilipollas. Además, moderna, independiente, bastante liberal, solidaria, activista de todas las causas y buena gente. A sus cuarenta y cinco años cree en la bondad, aún tiene ilusiones y no le faltan ganas para divertirse aunque, es verdad, a veces ya le van faltando las fuerzas. Se siente bien, se siente joven, se siente feliz. Decidió organizar en su casa una fiesta de nochevieja. Unos cuantos amigos, cuarentones sin hijos, treintañeros que dejaron de ser jóvenes, solteros empedernidos, parejas de hecho, de derecho o insatisfechos, en fin, sus amigos, raros y curiosos, pero sus amigos, esos amigos que tanto pueden dar de sí con un par de copas encima y en fin de año. Marta decidió que esa fiesta íntima y esa noche especial iban a ser la fiesta y la noche apropiada para presentarles a Emilio. Lo conoció hace seis meses, un tipo increíble, no había visto ni conocido jamás a nadie igual. Se enamoró de él a primera vista, como una adolescente, pero sin perder la cabeza. Fue tan especial el encuentro que sólo algo especial podía salir de ese encuentro.

En El Corte Inglés, preguntando ambos por la misma película ¡y qué película! Cuando Harry encontró a Sally, de 1989, pero un clásico, divertida, incisiva, delirante. Marta y Emilio, sabe Dios por qué circunstancias de la vida, coincidieron preguntando por la misma película porque los dos tenían la misma opinión de ella. Emilio, con cuarenta años, soltero, trabajador y culto, era el tipo de hombre del que cualquier mujer inteligente se podía enamorar con facilidad. Profesor de instituto, sensible, atractivo, inconformista y con una imaginación sin límites. Tras su divorcio, Marta llevaba diez años superando el trauma y criando a sus hijos, creyendo sin fisuras que los hombres no le habían aportado nada bueno a su vida, que no podía volver a querer a ninguno pero que tampoco podía cerrar todas las puertas a la esperanza. Y la esperanza ahora, después de tanto tiempo sola, se llamaba Emilio. Le hizo recuperar la ilusión, la confianza y, por qué no reconocerlo, la vida, esa vida que pensó que se le había escapado de las manos casi sin darse cuenta. Seis meses llevaba con él y habían sido seis meses de sueños, de planes, de palabras, de promesas, de emociones, de intimidades, seis meses de un amor nuevo, distinto y limpio. Lo quería. Y estaba dispuesta a todo. Incluso a casarse con él. Incluso a esforzarse porque sus hijos le quisieran como ya estaban empezando a quererlo. Le estremecía ese final de la película, cuando Harry le dice a Sally que "he venido aquí esta noche porque cuando te das cuenta de que quieres pasar el resto de tu vida con alguien, deseas que el resto de tu vida empiece lo antes posible". Y se lo dice en nochevieja.

La cita era en casa de Marta, a la una, después de tomar las uvas, después de intercambiar buenos deseos con la familia. Salir pitando en una noche de tráfico infernal A las dos, Emilio aún no había llegado. Los teléfonos no funcionaban debido, probablemente, a la saturación habitual de la fecha. Ya llegará, se decía Marta con su optimismo de siempre. A las dos y media sonó su teléfono móvil. Era Emilio. ¿Marta?... Que... no voy a ir, lo siento, pero no voy a ir, no creo que deba ir, no puedo ir, lo siento. Venga ya, no seas tonto, si no pasa nada, sólo son amigos. Marta ya había intuido problemas y continuó la conversación de pie y en su dormitorio, a salvo de miradas curiosas o silencios molestos. Que no, que no voy y..., mañana..., tampoco voy a ir, no voy a volver a tu casa, lo siento, de verdad, Marta, lo siento, créeme, pero no puedo ir ni esta noche ni ninguna más. Tenemos que dejarlo. Pero qué me estás diciendo, Emilio, qué me dices, no puedo creer lo que estoy oyendo. Mira, me da igual lo que estás hablando, no quiero escucharte ahora, no vengas esta noche, ven mañana y lo hablamos, ¿vale? No, no voy a ir, no tengo nada más que hablar, no podemos vernos, estoy muy agobiado, tengo que escapar de todo esto, no quiero hacerte daño, pero se trata de mi vida o la tuya, se trata de mi felicidad, de mi futuro, no sé qué decirte, no quiero hablar, no quiero hacerte daño, en tres días nos habremos olvidado de todo, no me llames, no me busques, no llores por mi, te quiero, Marta, adiós.

Marta regresó al salón de su casa, ese lugar donde se estaba celebrando una fiesta. Y volvió más entera que nunca, con su eterna sonrisa. Nadie sabía que Emilio iba a ir a la fiesta y nadie tenía por qué saber que ahora los planes habían cambiado. Marta los atendió a todos hasta que se fue el último, a las seis y media de la mañana. Después, se acostó y durmió como dormía todas las noches desde hacía diez años.


Juan Manuel Cardoso
jcardoso@aytobadajoz.es

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