Memoria de Ángel Campos

Por El Avisador - 23 de Diciembre, 2008, 0:12, Categoría: General

Nevaba con dulzura por los alrededores de Jola. Una nieve inesperada en aquellas latitudes, que venía a fundirse con las cenizas del poeta recién desaparecido. Antes de morir, dispuso que sus restos quemados se distribuyesen por los territorios donde más amó: Lisboa y estos bellísimos rincones de la Raya lusoespañola cuyos pinares van recuperándose rápidamente del fuego asolador. Aquí vino al mundo y pondría casa un hombre de quien el presidente de Portugal, Cavaco Silva, reconoce el mérito de haber aproximado más aún dos países, tantos siglos con las «costas voltadas».

Estas latitudes encierran tesoros singulares. Una larga cincuentena de dólmenes -más que años pudo vivir nuestro amigo-, alternando con misteriosos menhires, nos dicen el florecimiento de la cultura megalítica, que por sus caracteres igualitarios algún estudioso llamó la primera aproximación al «socialismo». Ángel fue militante de Izquierda Unida, nada dogmático, abierto a colaborar con cuantas personas e instituciones le demandasen ayuda. En estas poblaciones limítrofes se asentaron un día grupos marginales, que lograron convivir armoniosamente con los naturales y aún hoy resulta conmovedor visitar las sinagogas medievales de Valencia de Alcántara o Castelo da Vide. Sobre tolerancia e interculturalidad podía dar lecciones a cualquiera el hombre que tan prematuramente se nos ha ido.

Mis relaciones con Ángel Campos dimanan de lejos. Lo tuve como vicepresidente de la Asociación de Escritores Extremeños cuando yo dirigía esta sociedad. A instancias suyas creamos en Badajoz el Aula Enrique Díez-Canedo, que después tendría otras homólogas en Cáceres, Mérida, Plasencia, Zafra, Don Benito-Villanueva, por donde han pasado prácticamente todos los poetas españoles relevantes. Y en el Departamento de Publicaciones de la Diputación pacense, creado y dirigido por mí, Ángel Campos, Álvaro Valverde y Diego Doncel fundarían la revista bilingüe Espacio/Espaço Escrito, cuyas páginas acogieron a los poetas y artistas más notables de ambos países. Por Ángel conocí a Fernando de Assís Pacheco, también ya en ultratumba, que tan ilusionado estuvo siempre con dicha publicación. Él nos facilitaría, merced a sus numerosos contactos, presentarla en Lisboa una noche inolvidable.

También la mostramos una noche ante el sorprendido público que atendiese a nuestra invitación en la madrileña Residencia de Estudiantes. Cuántos debates con el concejal-diputado de turno nos costó convencerle de que siguieran subvencionándola, pese al «carácter elitista» -así me lo echaron en cara más de una vez- de aquellas páginas extraordinarias. Como pasé veladas deliciosas en Alburquerque, la villa natal de Luis Landero, donde nuestro amigo enseñó durante varios cursos; allí instituyó un premio con el nombre del gran novelista, en cuyo jurado quiso que yo formara parte.

Al autor de «Juegos de la edad tardía» se le quebraba la voz cuando le anuncié por teléfono que el amigo común había dejado de existir.

Cuando en 2004 se me consultó sobre la obra más importante de las publicados ese año por los autores extremeños, no dudé en señalar «La semilla en la nieve», extraordinaria elegía en la que Ángel lloraba a su madre. Con toda justicia obtuvo el Premio Extremadura a la Creación por ese libro, editado en Pre-Textos, donde igualmente vieron la luz otros títulos suyos: «La ciudad blanca», «Siquiera este refugio» y «La voz en espiral». Junto con otros excelentes poemarios («Caligrafías», «El cielo casi», «Jola», «Por aprender del aire»), que andaban dispersos, han visto la luz en un volumen antológico, «La vida de otro modo» (Madrid, Calambur), aparecido casi póstumo con estudio preliminar de Miguel Ángel Lama.

Profesor de literatura en los Institutos de Guareña, Alburquerque, Rodríguez-Moñino y Zurbarán de Badajoz, Ángel había enseñado estos seis cursos últimos en el Giner de los Ríos de Lisboa. A la
desembocadura del Tajo lo llevaría su irrefrenable pasión portuguesa. La misma que le hizo convertirse en el más acreditador traductor de la lengua de Camoens a la de Cervantes. Sus versiones de Pessoa reciben el aplauso general. Como las que nos procuró de casi todos los grandes poetas lusos contemporáneos: Sá-Carneiro, Saramago, Mário Cesariny, Eugénio de Andrade, Al Berto, Ramos Rosa, Carlos de Oliveira, Herberto Helder, Jorge de Sena, Fernando Assís Pacheco, Nuno Júdice, Raul Brandâo, Ruy Belo y muchos otros. Con reconocido acierto: el año 2006 obtenía el Premio de traducción Giovanni Pontiero, que convoca el Centro de la Lengua Portuguesa/Instituto Camões de la Universidad Autónoma de Barcelona y su Facultad de Traducción e Interpretación, por su edición de Nocturno Mediodía. Antología poética (1944-2001) de Sophía Mello Breyner. Y hace bien poco acababa de recibir el prestigioso Eduardo Lourenço, instituido por el Centro de Estudios Ibéricos, «destinado a distinguir personalidades o instituciones de lengua portuguesa o española que hayan demostrado una intervención relevante e innovadora en la cooperación transfronteriza y en la promoción de la cultura de las comunidades ibéricas». Lamentablemente, ya no pudo recogerlo en persona.

Duró poco la nevada en los pinares de Jola que el incendio perdonó. Los batolitos prosiguen su secular diálogo con sus moles repartidas entre los dos países, ahora fraternos. Las aguas del Avid preguntan por el hombre que las cantó y nosotros nos volvemos a la ciudad desconsolados, tal vez un punto menos escépticos, acaso convencidos de que el ruiseñor mantiene su cantar.

Manuel Pecellín Lancharro
manuelpecellin@gmail.com

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