El club de los cuerpos calientes

Por El Avisador - 13 de Diciembre, 2008, 10:16, Categoría: General

Después la veía en todas partes.

Incluso cuando pensaba que nunca podría olvidarla (¡no quería olvidarla!), tenía la esperanza de sobrevivir, de ser feliz incluso, si encontraba a otra mujer. Era de esas personas que adaptan las situaciones a sus ideas, que buscan desesperadamente componer su cuadro de la plenitud con determinados elementos y a falta de uno de ellos se abaten y se sienten miserables. Así era él sin pareja, la individualidad hecha reflejo de la infelicidad más absoluta. De modo que, cuando todo acabó, pensó que nunca encontraría a otra, y mucho menos como ella.

Para colmo de sus males, las fiestas navideñas se aproximaban con su altiva crueldad, con su exuberante jactancia de paz, celebraciones, familia y amor. Así cuando, al cabo de un breve intervalo que a él se le antojó una eternidad, se le presentó la oportunidad, no dudó en agarrarla por los pelos, que se dice vulgarmente, y exprimirla hasta sus últimas consecuencias. La miró, se miraron, y de pronto vio en aquella amiga algo más, algo que nunca hubiera visto antes de no estar tan desesperado, probablemente la perspectiva de no estar solo más, discretamente envuelta en un breve rollito de carne de mujer.

Él era inconsciente de su desesperación, eso sí, era una persona fundamentalmente buena y lo sabía, y por ello jamás se cuestionaba. Consecuentemente, podía llegar a estar fatalmente equivocado tanto en sus motivaciones como en sus pretensiones y convertirse en ocasiones en un ser sumamente egoísta sin tan siquiera darse cuenta.

La ató, se ataron ambos, en una relación de conveniencia inadvertidamente: ella jamás había tenido criterio para escoger a sus parejas. Lo cierto es que sus amigos habían sido testigos de su ingenua tibieza ante los reiterados desplantes y la absoluta falta de educación, y no digamos de cultura, de novios anteriores. Ahora estaba con un hombre bueno… ¿Pero bastaba eso? ¿Sentía algo realmente o era impulsada por su necesidad de tener al lado a un hombre una vez más?

Tampoco temía equivocarse: los necios no dudan, no se plantean cuestiones, y ella jamás había caído en la cuenta de su desacertada capacidad de elección, nunca se había planteado sus motivaciones. No se preguntaba por qué había elegido a aquél pazguato soez aquella vez, o a aquel pelagatos agresivo y radical que se dedicaba a patear cuanta posadera de ideas opuestas a las suyas se cruzara en su camino. Se había limitado a sonreír bobamente ante sus ocurrencias siempre inadecuadas y disparatadas.


Él… él siempre había buscado completar su escena de felicidad plastificada, siempre persiguiendo la vida compartida. Había conseguido hacerse especialista, a pesar de su poca experiencia, en rellenar huecos dejados con nuevos cuerpos calientes. Él era un hombre pragmático y sencillo que no se complicaba la vida en divagaciones románticas. Creía saber amar, eso sí, pero es que jamás se había preguntado qué es amar, ni en qué se diferencia un amor de otro. Y aún así, esta vez algo intuía, incluso él se dio cuenta de que no miraba a su nueva pareja como había mirado a la anterior, embobado y lleno de ilusión… Cierto es que su novia no era la mujer más atractiva del mundo, pero eso nunca le había importado ¿o es que se había estado engañando hasta ahora? Al fin y al cabo ¿por qué había elegido al principio a la anterior? ¿No era porque era la más hermosa allá donde estuviese?

Siempre eres la más guapa cuando entramos en algún sitio, le decía él a veces. Y en el fondo aún no sabía si concedía importancia a esos aspectos, quizás porque deseaba ser bueno a toda costa y creía que darle algún valor a la apariencia era algo negativo. El caso es que a la nueva chica no la comparaba con una diosa ni conseguía despertar su pasión en la misma medida que su amor perdido, pero se dijo que bastaría, se convenció de que cada relación es un mundo y que se puede vivir con menos mientras se esté acompañado.


Se condenaron, pues, ignorantes de ello, negando la evidencia, abocada ella a ser secretamente comparada con un amor en todo superior, acallando él el murmullo de una honda insatisfacción. Rellenando huecos, convertidos en alarifes sensatísimos de la vacuidad… Compusieron juntos la canción del intercambio de bienes, del mercadeo de intereses: trae acá ese cuerpo cálido que rellene mi hueco que yo llenaré tu vacío.

Era navidad y se regocijaron en su mutua compañía, festejaron y se emborracharon, hicieron el amor, a veces pensando en otros cuerpos y otras almas. Fue fantástico no estar solos. Se sentían aliviados y agradecidos por no tener que pasar esas fechas en soledad, y para ellos no existía más soledad que la de no tener pareja, de modo que jugaron a amarse. Sin huracanes, sin fuegos de artificio, sin polvos casi ininterrumpidos de dos días, sin procurarse herida alguna… Sin pasión ni sed ni desespero. Estaban juntos.

Básicamente lo pasaron bien. Aún no había llegado el momento de los reproches, de la vida real y práctica, de aprender a tolerar molestos olores corporales, ronquidos exasperantes o imperdonables descuidos de la relación. Se amaron algo, se adaptaron sobre todo, se desearon feliz navidad años tras año renovando su pacto con un beso tan discreto como árido, compraron una casa y un coche (no pensaron en casarse porque no veían necesidad y porque uno sólo dice SÍ a todo cuando está loca y apasionadamente enamorado), y finalmente fueron felices como sólo dos necios pueden serlo: los socios número uno y dos del infame pero práctico club de los cuerpos calientes.

Y aún la veía en todas partes.

Laura Pagador Domínguez
laura.pd@gmail.com

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