Una visita a la embajada de Extremadura en Punta Umbría (I)

Por El Avisador - 26 de Agosto, 2008, 23:50, Categoría: General

Durante el verano, una de las visitas obligadas de todo extremeñito que se precie, si se encuentra descansando en algunas de las magníficas playas del SO atlántico es, junto al parque de Doñana, el santuario del Rocío y los lugares colombinos y juanramonianos, la "embajada" de Extremadura en Punta Umbría. Donde asienta sus reales su todoterrenal embajador, el cura Juan Antonio Jiménez Lobato, el cura Lobato, el cura de las Hermandades, el del Rocío y de Bótoa, el párroco sin fronteras, el pionero del turismo social para colectivos extremeños y foráneos con menguadas posibilidades económicas. El fundador y alma mater de la Residencia Ntra. Sra. de Guadalupe. Que así reza la placa de cerámica que adorna el frontispicio del edificio de tres plantas, levantado en el 10 de la calle Traiña. Conformando con otro edificio anexo en la vecina calle del Carmen, de dos plantas, una peculiar residencia veraniega para gente humilde y con escasos recursos que, desde que se levantara allá por 1970, año de su fundación, se ha convertido en un albergue donde se expende vida saludable y felicidad a manos llenas. Y por cuatro perras, oiga.

Y cuando en la primera semana de agosto llegó la troupe Monterini con todo el equipo, el embajador que nos esperaba bajo unos centenarios eucaliptos. Con puntualidad británica y en el sitio más concurrido de Punta Umbría, por cierto. En el mismo centro urbano de esta villa marinera y turística de la Costa de la Luz, con 15.000 habitantes de población, que, al llegar el verano, se multiplican por diez. Lugar emblemático donde se asientan la histórica Punta de los Ingleses, la ermita de Lourdes y la formidable Torre Almenara. A un paso de la comercial calle Ancha, el puerto, la lonja y su magnífico paseo marítimo. Y, cómo no, a un tiro de piedra de las calles Extremadura y Traiña, sede de esta peculiar embajada.

Y tras dejar el coche en un aparcamiento próximo, sitio que nos había buscado el mismísimo embajador, llegaron los saludos y abrazos al estilo lobatiano, que a punto estuvieron de dejarnos sin resuello. Ahí es nada, en vivo y en directo, el mejor abrazador de las Españas. Y en contra de lo que podía suponerse, mi embajador favorito que se presentó solo. No como otros, que por donde van suelen ir acompañados de una corte regular de alabarderos, ayudas de cámara y jefes de protocolo. Porque mi embajador, ajeno a tanta parafernalia palaciega, iba tal cual, de informal, de veraneante de base, nada de frac negro, camisa y pajarita blancas, como los amantes del protocolo hubieran esperado. Con un polo beige de lo más socorrido, pantalón corto a cuadros y sandalias todo terreno, de esas de siete leguas. Y su movilata en el bolsillo, claro. Con su tez morena de mil veranos puntaumbrieños, su sonrisa encantadora, marca de la casa, y sus amplias gafas, la viva estampa del todoterrenal cura de Valdemorales, transplantado más tarde a Badajoz, con 73 tacos, uno menos en Canarias.

LA RESIDENCIA
Y allí que se dispuso mi cura a enseñarnos de arriba abajo y de abajo arriba la Residencia de marras, compuesta por dos sencillos edificios, la sede central, de tres plantas y terraza cubierta, y un edificio anejo, conocido como "el patio de la alegría", con un total de 48 habitaciones. Además de la sala de estar-cafetería, la cocina, el almacén frigorífico, el comedor, la capillita, la terraza-lavadero, el despacho-dormitorio del propio cura, etc., etc. Todo un canto a la sencillez y a la sobriedad, nada de lujos, edificado en sucesivas etapas, a base de esfuerzos y sacrificios sin cuento. Incluida la decoración al estilo rústico. Muy popular, por cierto, incluyendo cortinajes, cuadros, grandes fotografías –Almendralejo, Jerez de los Caballeros, Trujillo, Llerena…--, platos de cerámica, jarrones de flores, etc., etc. Sin que faltaran dos imágenes queridísimas por estos pagos: la Virgen de Guadalupe, Patrona de Extremadura, presidiendo el gran comedor, y la del Rocío, la Blanca Paloma, decorando una de las escaleras de acceso a las plantas superiores.
Residencia que da cobijo en verano, por quincenas, desde primeros de julio hasta mediados de septiembre, a un centenar de personas, incluyendo el personal de cocina y servicio.

Porque entre las clases menos favorecidas y populares, las que les cuesta llegar a fin de mes, quién no conoce en Extremadura la Residencia del cura Lobato, la Residencia de las Hermandades. Y en Badajoz, es que ni os lo cuento. Y en media España también, que la policía no es tonta y me he informado. Con gentes de humilde condición, niños de pueblos del interior que no han visto nunca el mar, sólo en las pelis, jóvenes inadaptados de los centros tutelares de menores, jóvenes discapacitados, matrimonios de edad madura, algunos de ellos arrastrando dolencias del cuerpo y del alma, abueletes solitarios, esos que no tienen quienes les lleven de veraneo, dejados en casa como trastos viejos, etc., etc. Por lo que no debemos extrañarnos que, desde primeros de julio a mediados de septiembre, los llenos en la residencia sean totales. Y las plazas se cubran nada más anunciarse. Y ahora, más, por la crisis.

LIBERTAD
Y es mediodía y no vemos prácticamente a nadie, sólo el personal femenino de servicio, de aquí para allá, preparando la comida. Pero, ¿dónde andarán los residentes? ¡Ah, sí!, estarán a las distintas actividades programadas por la Residencia, observo en voz alta. Y mi Lobato que me da el primer viaje:

--Pedro, aquí cada uno hace lo que quiere y se va a los sitios que le da la gana. Libertad total. La gente es mayor y responsable. Sólo hay un par de momentos en que hay que cumplir un horario: el desayuno, a las diez, y la comida, a las dos y media.
Y son las dos y empieza a venir la gente. La mayoría, de la playa, camino de las duchas y las habitaciones. Hay que prepararse para la comida. Y mi cura que amablemente nos invita a compartir el almuerzo del día. Y al llegar al comedor, veo que está lleno hasta la bandera, mucha gente conocida de Badajoz, con un aspecto envidiable y sanote: gente de edad, familias con sus hijos y nietos, jóvenes del colegio de Educación Especial Nuestra Señora de la Luz, de Badajoz, con sus monitores... Y saludando aquí y allá, con el cura de guía, tenemos tiempo de tratar con bastantes residentes. Y nos presenta a un sacerdote de edad provecta, que en sus tiempos mozos estudió en el Seminario pacense y ejerció en algunos pueblos del sur de la provincia. Don Juan Toscano, de 87 años, nada menos, y de la quinta, entre otros, de don José Sánchez Arjona y don Apolonio Noriega, curas pacenses a los que podemos ver todos los días luciendo sus sotanas por esas calles y plazas de Badajoz. Y don Juan que está como un chaval, con una memoria privilegiada, teniendo a mano un novelón de mil páginas, por lo menos.
Y es en esos momentos cuando algunos de los residentes empezaron a contar cosas a corazón abierto, sin cortarse un pelo, y eso que el cura venía a nuestro lado.
--¡Qué sería de nosotros sin don Juan Antonio! --decía el cura emérito.
--¡Nuestro ángel de la guarda! --decía una señora de edad.
--¡Cómo nos cuida! --otra.
--¡Cómo nos quiere! --y otra más.
Y mi cura Lobato, aguantando mecha, sin inmutarse, con el corazón encogido y los labios apretados.
--Mire usted --me dice una paisana--, cuando vine aquí me dolía todo el cuerpo, la reúma, la bisagra y los pies, pues ahora estoy como nueva, hasta bailo jotas y todo.
--Pues anda que mi marido, el pobre --suelta otra dama--, venía fatal, con una cara de pena..., y ahora está más contento que unas castañuelas.
--Y yo, que he engordado medio kilito, ¿sabe usted? --remata otra.
--Pues yo estoy encantado --me dice un viejo conocido de Badajoz--, y con mi mujer venimos todos los veranos a la Residencia desde hace dieciocho años, y sin fallar.
--Si es que aquí nos tratan como si fuéramos de familia --suelta otro caballero.
--Si vierais las fiestas que hacemos..., que saca el acordeón y se pone a tocar y la gente, cantando y bailando jotas extremeñas y aragonesas, otros por fandangos y sevillanas... --dice otro a su lado, arrobadito.
--Pues en las misas de los domingos, que son para el que quiera, toca el órgano también y el comedor se llena de gente de la calle, no cabe un alfiler --remata otro veraneante.
Y mi cura, a punto de tirar la toalla y rendirse. Pero no. Y veo que sus ojos le hacen chiribitas. Pero no pestañea, qué duro es el puñetero.

GRATÍSIMO AMBIENTE
Estoy realmente sorprendido por el gratísimo ambiente que reina en la casa. Todos se conocen, todos se saludan y se ayudan en las pequeñas cosas. La salud y la felicidad exultantes es la tónica imperante. Pero ¿qué les dará nuestro hombre? ¿Cuál es su secreto? Y a la hora de comer, menú casero y abundante. La todoterrenal Mari, acompañada por su equipo de eficientes cocineras y servidoras, ha dispuesto este menú:


Primer plato
Salmorejo con guarnición de tacos de jamón ibérico y huevos cocidos
Segundo
Filete rebozado de cerdo ibérico, repápalos y patatas fritas
Postre
Ciruelas

Y a repetir el que quisiera. Y el abajo firmante que lo hizo con el salmorejo, que estaba de puta madre. Y el cura que se trae una botella de vino. Que no era un rioja ni un riberadelduero, que era un vinodelatierradeextremadura, un tinto Faro de Extremadura, de Feria. De dónde, si no.
Y comentando con un paisano de la mesa cercana, que le hablo de la bondad y de la generosidad del menú. Y me tiro un pegote, como somos recién llegados, a lo mejor han hecho un extraordinario por nosotros, y tal y tal.
--¡Qué va!, aquí todos los días ponen extraordinario --me contesta.
--¡No me digas! --y se me queda la risa floja.
--Pues ayer mismo tuvimos cocido. De esos extremeños que quitan el hambre sólo con verlos, con presas y todo. Como que nos pusimos como el Quico.
--Plato único, ¿no?
--¡Qué va!, eso de primero, que luego pusieron otro plato, el postre y demás.
--¡Uff! --acierto a resoplar.
--Pues la semana pasada comimos paella con acordeón --salta  otro paisano.
--¿Paella... con... acordeón...? --tengo que coger un abanico y darme aire.
--Sí, hombre, que hubo fiesta por todo lo alto, con procesión gastronómica antes de comer y actuaciones musicales en la sobremesa, con don Juan Antonio animando el cotarro con su acordeón, la gente cantando y bailando...
--Ahora no me dirá que hubo segundo plato... --meto baza.
--Pues sí que lo hubo, como todos los días.
¡Ah!, y la próxima vez que vengan, que sea cuando pongan paella con acordeón, no se les olvide.
¿Será posible?

EL CURA DE BADAJOZ
Después de la copiosa comida, cada mochuelo a su olivo, cada residente a sus habitaciones. Es la hora de la siesta y el reposo. Y el cura-embajador que nos ofrece su modesto aposento para dar unas cabezadas, descansar e, incluso, echar una siestecilla si fuera menester.
Pero la función no terminó aquí, que seguiría más tarde, ya por la calle Ancha y alrededores.
Siempre con nuestro fiel embajador de guía y acompañante. Todo un ejemplo de preocupación por los demás, viéndole moverse entre el pueblo puntaumbrieño, que profesa un extraordinario cariño al "cura de Badajoz", como es conocido por estos pagos. Y el abajo firmante, a punto de entregar la cuchara a este abanderado del "Dios proveerá", del "pedid y recibiréis", del "he venido a servir y no a ser servido", a este forjador de felicidad a manos llenas, a este hombre de una generosidad sin límites, deseandito darle cancha para conocer algunas de las recetas que le han hecho ser tan querido y popular entre nuestra gente. La gente corriente y con pocos posibles, se entiende. Pero eso será en una próxima entrega, si Dios quiere.

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