25 de Agosto, 2008
¿Cómo andáis de jabones?
El mes de agosto y, con él, el veraneo tocan a su fin. Se acabó lo que
se daba, tú. Y serán muchos los que al mirarse en el espejito mágico de
casa se vean las pieles curtidas por el sol, aunque algo
descascarilladas. Ya se sabe, las cosas de la mar salada. Y los que han
zascandileado en tierra adentro, por senderos y montañas, seguro que al
descalzarse habrán encontrado sus zancajos llenos del polvo de los
caminos. Que hay polvos que se incrustan y no hay manera de
quitárselos. Como una costra, tú.
Pero para eso están los jabones. Pero no unos jabones cualesquiera,
sino jabones especiales. Como los que he encontrado en la farmacia de
la esquina el otro día. En un cestillo, bajo el mostrador. Que limpian,
hidratan, suavizan y lo que haga falta. Vamos, que hasta te puedes
derretir de gustirrinín, tú.
Mirad, si no, esta muestra de pastillas de 100 gramos:
Jabón de leche de burra
Jabón de jojoba
Jabón de miel de abeja
Jabón de aguacate
Jabón de papaya
Jabón de tres manzanillas
Jabón de áloe
Esto sí que son jabones de verdad y no los otros, aunque me falte el
jabón de limones del Caribe, mi favorito. Y todo a 3,60 machacantes la
pieza. Y de descuentos por vecindad, amiguismo y pronto pago, rien de rien. A tocateja y con el parné por delante, que dice el licenciado Julián Castaño jr., mi farmacéutico de cabecera.
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Obra de almacén en el Museo de Bellas Artes, en septiembre
Dentro de uno de los proyectos del Museo de Bellas Artes pacense de exhibir las obras custodiadas bajo siete llaves en sus almacenes, a partir de septiembre van a exponerse tres obras de gran formato. Se trata exactamente de fragmentos de obras del aragonés Francisco Pradilla Ortiz (1848-1921), genial maestro de la segunda generación de pintores de historia en el siglo XIX español, pertenecientes a los techos del Palacio de Linares, de Madrid (actual Casa de América), copiados en su tiempo por los pintores extremeños Felipe Checa Delicado, de Badajoz (1844-1906) y Leonardo Rubio Donaire, de Almendralejo (1867-1944).
En concreto, van a ser tres obras de grandes dimensiones, fragmentos de las pinturas originales del maestro Pradilla, destinados a decorar los techos de palacios, casinos u otros grandes edificios. Finalmente, decir que las tres obras estarán expuestas en la Sala de exposiciones temporales del Museo durante todo el mes de septiembre, con entrada por el 3 de la calle Duque de San Germán. Así y todo, la papela no te dice el día de la inauguración ni la hora. Que lo adivinemos, dirán en el palacio del ilustre e ilustrado Román, marqués de Torre de Miguel Sesmero y otras hierbas.
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La esquina del diamante
En
las calurosas noches del agosto pacense, los naturales y adoptados de
este pueblo tratamos de aliviarnos del soponcio de las altas
temperaturas saliendo a la rúa. Con la fresquita. Y si en los barrios
del extrarradio los vecinos se sacan las sillas a la puerta, con el
botijo o la botella de agua fría siempre a tiro, en el resto de la
ciudad el personal acapara los veladores callejeros, tomándose
despaciosamente unas birras o unos refrescos. Así, en amor y compaña,
hasta altas horas de la madrugada. O hasta que toque recogerse, que los
locales hosteleros tienen sus horas de cierre. Pero
hay otros lugares en Badajoz donde tomar el fresco nocturno es un
pequeño lujo para nuestros cuerpos serranos. Y uno de estos lugares es
"la esquina del diamante". Que suena a título de película de las caras.
¿Que dónde está, dices? ¡No me digas que no lo conoces! ¿Y eres de
Badajoz? ¡Pero si está en el mismísimo corazón de la ciudad, en pleno
campo de San Juan! Esquina o rincón que, desde nuestra más tierna infancia, nuestras madres y abuelas nos recomendaban para tomar el fresquito: --El sitio más fresco de todo Badajoz --decían, muy ufanas ellas. ¿Que
no dais con él? Pero si es muy fácil. Se trata de la esquina que une
dos de las amplias fachadas de la Catedral, la de la puerta del
Cordero, que mira al norte, y la del Perdón, o San Juan, que da al
suroeste. Y aquí, de noche, tomar el fresco en compañía del maromo o de
la parienta, es como estar en la gloria. Y
si te sientas en uno de los bancos de granito, ni os cuento. Con total
tranquilidad, puedes recrearte admirando los edificios y lugares de la
plaza, unos antiguos y con siglos de historia detrás, y otros modernos,
como de anteayer. Edificios que a los pacenses siempre nos dicen algo.
De izquierda a derecha, el edificio del Banco de Santander y RNE, el
bar-restaurante La Ría, La Botica Natural, la parada de taxis, Caja
Sol, el edificio del Arzobispado, la farmacia del doctor Camacho, el
edificio Vitalicio, la papelería La Minerva Extremeña, la tienda de
muebles Rocher-Robois, la heladería Los Valencianos, la tienda de
novias de Julián, el edificio de Álvarez-Buiza, donde el colegio de
Arquitectos Técnicos y Aparejadores y el bar El Mundial, el ex-Fórum
filatélico, la farmacia Central, el estanco y, detrás, el Palacio
Municipal, en todo su esplendor. Lo mismo que viendo el plácido
discurrir de los paisanos que, a esas horas, se mueven por la plaza y
sus bocacalles. También en ese sentido: Ramón Albarrán, Zurbarán,
Obispo San Juan de Ribera, Muñoz Torrero, Meléndez Valdés, Vicente
Barrantes, San Juan y Donoso Cortés-López Prudencio. Y
allí te pueden dar las horas, que los relojes de la Catedral y del
Ayuntamiento se encargan de recordártelo, con la sola molestia de algún
pedigüeño pelmazo, que te pide de todo y que cuando lo mandas al
cercano comedor de indigentes, el de Ntra. Sra. de la Acogida, en la
calle Martín Cansado, te dice que "está cerrado y no dan cenas
calientes". Y un huevo pato, tú.
LA ALDABA
Y una vez que discurre el tiempo, sin que notes que pasa, fíjate en una
vieja aldaba de hierro, junto a la esquina diamantina, en la pared de
la fachada del Cordero. ¡Una aldaba! Pues sí, damas y caballeros, una
aldaba de las antiguas para llamar a los portones de los grandes
palacios y caserones nobiliarios. Y en nuestro caso, de las catedrales.
Y entonces os haréis mil y una preguntas sobre quién llamaba, a quiénes
y para qué. Y he tenido que preguntar a mi asesor catedralicio, Paco
Tejada, que me dio el parte. Efectivamente, una aldaba de cuando in illo tempore
las fuerzas vivas de la ciudad llamaban al campanero de la Catedral,
que vivía en la mismísima torre, bien arriba. Para que espabilara si
estaba en el séptimo sueño y repicara de una puñetera vez las campanas en los muchos casos
que había que notificar a la ciudad y a los Cabildos civil y
catedralicio: celebraciones religiosas y civiles, entradas reales y
episcopales, conflictos bélicos, procesiones del Corpus, fiestas y
regocijos y otros asuntos de interés para el común. Lugar, en fin,
que era el favorito de nuestros antiguos canónigos para sus largos y
reposados paseos. Donde, además del airecillo agradable, se dejaban
sentir los efluvios del cercano Guadiana, cuando en el Badajoz
amurallado, recoleto y provinciano de siglos pasados, sin tantas
edificaciones, muchas de sus calles daban directamente al río.
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