Manuel Godoy, un badajocense ilustrado (y III)

Por El Avisador - 21 de Mayo, 2008, 13:38, Categoría: General

Traer los restos de Godoy a España fue una petición que, aunque ahora se cumpla, no reviste novedad, ya que fue realizada en 1967, en el transcurso del homenaje que culminó el 12 de Mayo de ese año con el descubrimiento de una lápida en la casa natal de Godoy, precedido de un magistral discurso del Dr. Izquierdo Hernández, Presidente de la Asociación Nacional de Médicos Escritores en ese momento.

En el homenaje intervinieron  las personalidades más destacadas de Extremadura que, algunos durante toda su vida --otros continúan en la brecha--, dedicaron gran parte de sus esfuerzos al “tema de Godoy” en innumerables trabajos que pueden consultarse en cualquier biblioteca. Citamos a Miguel Muñoz de San Pedro (Conde Canilleros), Arcadio Guerra, Mariano Fernández Daza (Marqués de la Encomienda), Julio Cienfuegos Linares, Teodoro Encinas de la Rosa, Benigno López de Sosoaga y Borinaga (Padre López), Juan Enríquez Anselmo, Alfonso Bullón de Mendoza (Marqués de Selva Alegre), Tomás Rabanal Brito, Francisco Rodríguez Arias y Gonzalo Fausto García-Morillas.

Gran apoyo prestó la Revista del Centro de Estudios Extremeños, dependiente de la Diputación Provincial de Badajoz, dedicándole el número especial de Mayo-Diciembre de 1967, gracias a los esfuerzos de su director, Enrique Segura Otaño.

Justo es destacar a los que trataron de rescatar a Godoy del olvido y que ellos tampoco caigan en el mismo.

De entre todos los trabajos, la publicación del libro en edición de bolsillo "Manuel Godoy, Príncipe de la Paz", que hemos venido siguiendo en estos apuntes, queda recomendado para aquellos interesados en centrar, al día de hoy, la figura de Godoy en sus justos términos, principalmente para aclarar un exilio no analizado del todo y que bien podría comenzar por el bosquejo que hace Mor de Fuentes en su “Bosquejillo Histórico”, relatando lo acontecido en París, en 1834, en la esperanza de que alguien realice más profundo análisis:

"El día de la Ascensión se me antojó ir a la Embajada, y como allí se comía muy tarde y era una de las poquísimas fiestas que han quedado en Francia, el paseo debía estar concurridísimo. Fuime, pues, para hacer tiempo, a las Tullerías, embosquéme hacia el centro, y en una de las calles interiores me encontré con un francés llamado Esménard, que había vivido mucho tiempo en Madrid y hablaba castellano como los naturales. Iba en su compañía un sujeto de alguna edad, grueso, pero ágil y de una traza regular. Llevaba levita azul y una cintita de condecoración en el ojal. Juzgué que era algún general francés de los muchos que hay allí retirados, y al incorporarme, por no incurrir en la malísima crianza tan común de usar una lengua que no conocen todos los presentes, los saludé y me puse a hablar en francés. Advertí luego que el desconocido se desviaba algún tanto, y como, por otra parte, su compañía no me interesaba en gran manera, me separé muy pronto. Al despedirme, díjome Esménard en castellano: "Tenemos que hablar". "Cuando usted quiera", le contesté, y quedamos emplazados para la mañana siguiente en mi casa.
Apenas nos vimos, me preguntó Esménard: "¿No conoció usted a aquél que venía conmigo ayer tarde?". "No, por cierto --le contesté--; sería algún general francés". "¡Qué general ni calabaza! ¡Si era Godoy! Verá usted lo que pasó. Como nos oyó hablar en castellano, me dijo: --"Ese parece español"--; y habiéndole respondido quién era usted, contestó: --"¡Pues no conozco otra cosa! Ya siento no haberle hablado"--; "Me pareció que le disgustaba mi presencia". "Es que --dijo entonces Esménard--, en viendo una persona extraña, se sobresalta todo, y más si se le figura que puede ser español". "¿Qué, le dura todavía el temor de lo de Aranjuez?". "Así parece", dijo, y hablamos de otros asuntos.

Pasados tres o cuatro días, acabado de comer, y en un pasadizo de los famosos de París, que venía a caer debajo de mi cuarto, me encuentro con el susodicho, se para, me sonríe y me dice: "Ya dije la otra tarde a Esménard que le conocía a usted mucho". "No sé cómo puede ser eso --respondí, encogiéndome de hombros--, porque yo no iba por allá". "Aunque la persona no venía --me dijo con halagüeña sonrisa--, me llegaban los escritos", y siguió en estos términos, requebrándome como a una Dulcinea, por donde inferí que no era tan irracional como suponíamos cuantos le habíamos tratado".

Parece que está escribiendo unas Memorias, que el Esménard traduce en francés, sobre el tiempo de su Ministerio, o, más bien, reinado, que podrán contener curiosidades sumamente interesantes. Con este motivo, y sin pretender visitarle, se me antojó dirigirle unos versos, sin asomo de adulación o de insulto; tratándole, al contrario, de náufrago y exhortándole a continuar su obra con la veracidad que requiere la imparcialidad histórica".

José Rabanal Santander
Escritor
peperabanal@yahoo.es

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