A
eso de mediados de mayo, cuando dejamos atrás San Isidro, al que
queremos hacer partícipe de nuestras costumbres de charanga y
caldereta, festejándolo con una romería salida de madre, que no es el
Camino que se hace una semana antes, sino una acampada de tres-cuatro
días tirados bajo la lona de una caseta, bebiendo y comiendo a cuerpo
de rey sin acordarnos para nada del Santo Labrador, al que le bastaría
con el festejo de pasearlo por los campos benditos, ahítos de cebada y
de trigo si el año es bueno como el presente, para gozo de él y de los
romeros que hacen con él el Camino, unidos con él, envueltos con él en
los aires, olorosos a cosecha abundante y a sol de primavera…
A
eso de mediados de mayo, digo, llegaban los segadores portugueses a la
aldea, con su rostro quemado por la brisa calentorra de la hoja de
cereal, cigarro en los labios, con su sombrero de ala ancha de palma,
su pañuelo al cuello, su hoz bien afilada y su borrico, al que montaba
de sentadilla. Traían, además, un gran paraguas negro que igual les
servía para la lluvia que para el sol.
El
astro-rey, a aquellas fechas, se encargaba de acabar de dorar las hojas
de cereal en un santiamén, y envidioso de Ortega Muñoz y émulo de Toto
Estirado, nos iba dejando las parcelas como cuadros de pintor,
amarillas de varios tonos, y una vez esquilmadas, continuaba pintando
rastrojeras de igual o parecidos colores.
Ya
hace una eternidad que el segador portugués y el aldeano dejaron de
pisar los panes de trigo y los campos de cebada. Es historia pasada,
una historia dura y viril que un día el abuelo nos cuenta a la sombra
de una acacia de la plaza de la aldea. Un poner hoy.
José Larrey Martínez
larrey4@yahoo.es