Ahora
las monjas se van. Así que nos preguntamos qué va a ser de los
excepcionales ornamentos sagrados, de las ricas telas y preciosísimos
bordados, de los cuadros e imágenes, algunas excepcionales, de los
manuscritos y papeles de los archivos, de los muebles, tan antiguos,
todo eso es, en verdad, patrimonio de la ciudad, parte de Jerez, porque
el pueblo lo ha ido donando, regalando, apoyando con sus limosnas,
desde aquel piadoso caballero que fue Don Garci Martínez de Logroño y
Porres de Agoncillo, y de Doña Teresa Vázquez, su mujer. Ya se han ido
y muchas cosas se han repartido, sin que yo tenga noticias de entrega
al Museo Sacro, ni de que una comisión ciudadana les haya asesorado en
el reparto de esos enseres.
¿Qué
pintan ahora esos bienes almacenados en lugar ajeno, donde no hay el
afecto vecinal ni relación alguna, allá en el Convento de Santa Ana, en
Badajoz?
Todo
ello debería haber pasado, como digo, a formar parte de nuestro Museo
Sacro, enriqueciéndolo así, y dando a conocer esa parte tan largamente
oculta, en la oscuridad enclaustrada de siglos y siglos, en ese último,
y querido por tantos motivos, Convento de Nuestra Señora de Gracia.
Me
duele mi pueblo, porque, una vez más, como si fuera todo esto cosa
ajena, nos hemos quedado tan campantes. Ni la Junta de Cofradías, ni el
Arzobispado de Mérida-Badajoz, ni el propio Ayuntamiento de la Ciudad
han intervenido ante la decisión de las monjitas en lo que podríamos
calificar como el último expolio de la ciudad.
Ya
hice un llamamiento en el último número del periódico JEREZ-INFORMACIÓN
( junio 2007), y decía --véase mi artículo-- que si no actuábamos con
diligencia, llegaríamos tarde; así ha sido.
LA CAPILLA
Decía
en el artículo citado: "Finalmente pido que en ningún caso se desguace,
ni se altere ni se esquilme la capilla. Que se gestione la posibilidad
de que alguna cofradía jerezana la tutele, la cuide, la asista y la
use. Hay en Jerez cofradías suficientes para que pudieran hacerse cargo
de ella, tal vez la mejor dispuesta por haber llegado la última y no
necesite grandes espacios sea la Cofradía de la Vera Cruz". Pero nada
se ha sabido de cuál va a ser el destino de ese inmueble, de tanta
importancia en la historia de Jerez.
Ya
está bien de echar albarda sobre albarda a las Vírgenes, kilos de
mantos, candelabros, brillo sobre brillo, flores por espuertas,
bordados, varales..., mientras los inmuebles eclesiásticos a duras penas
sobreviven, con humedades, hierbas en las cornisas y gárgolas atoradas,
higueras silvestres en sus esquinazos, torres amenazadas por nidos y
filtraciones. Creo que hemos de cambiar en parte el signo de los fines
de las cofradías. Pero ésta es otra cuestión, de lo que tal vez en otro
momento nos ocupemos.
Cuando
han dejado de oírse los cánticos tras las rejas, cuando la campana está
muda, cuando los olores no perfuman la vieja calle de La Granja con las
delicias del obrador del convento, cuando hemos dejado de visitar el
torno y la capilla, cuando la casa está muda y sólo las palomas hacen
guardia en los esquinazos graníticos, cuando la luna desde lo alto ha
notado en falta el deambular entre los patios y entre las macetas de
las monjitas, algunas domiciliadas ahí durante toda su vida, cuando ya
no huele a cera ni a incienso entre los muros legendarios, parece como
si nada hubiera sucedido. Unas páginas del ser religioso de la ciudad
han emigrado y este Jerez de complacencias y modorras muchas veces,
está tan tranquilo porque cree que eso no importa. Pues sí, importa por
ser cosa nuestra, alma del ser de la ciudad.
No
hay vocaciones y las monjas eran mayores, está bien, pero hay que decir
adiós y hablar con los vecinos antes de salir de estampida. Un convento
es autónomo, en este caso sí, pero moralmente se deberían haber hecho
las cosas de otro modo. Estemos al tanto y veamos qué va a pasar con
ese edificio, con su futuro. Jerez ha sido expoliado en su patrimonio
en gran medida, ojalá el futuro no dañe al monumento, y si ya no ha de
tener función religiosa, al menos que no se disfrace su estampa, que no
pierda sus señas de identidad, que se trate de respetar el mensaje de
su estilo, su idiosincrasia, su perfil, aunque haya de hacerse
funcional y rentable, al menos que quede lo genuino de sus
características arquitectónicas e históricas, esas para las que nació.
Feliciano Correa Gamero
Doctor en Historia
Cronista Oficial de Jerez de los Caballeros
felicianocorrea@terra.es