Bótoa en el corazón

Por El Avisador - 6 de Mayo, 2008, 16:43, Categoría: General

Cumpliendo la tradición un año más, el pasado domingo nos fuimos la patronal y el abajo firmante de romería. Ntra. Sra. de Bótoa, santo y seña, paño de lágrimas de este pueblo desde los tiempos de la Modernidad, de cuando la seca y las plagas de langosta asolaban su término municipal, trayéndola a Badajoz en memorables rogativas. La Co-patrona de Badajoz, tocada con una singular pamela, esperaba en su ermita, a los pagos de El Tesorero, a orillas del Zapatón y del Gévora florido, el riachuelo de adelfas que cantara Carolina Coronado.
El tiempo era magnífico, 28-30 grados a mediodía, aunque una ligera brisa permitía soportar divinamente la jornada. Y fueron decenas de coches los que intentaron alcanzar el puente de la Autonomía para, girando a la derecha, coger el camino de San Vicente, Alburquerque y Villar del Rey.

Pero a la salida tenemos que recular cuando llegamos a la fuente de los Tres Poetas. La policía local nos cierra el paso por una prueba deportiva que se desarrollaba por esos lugares y nos vemos obligados a dar un gran rodeo, buscando una salida por el Puente de la Universidad, para seguir después por las avenidas de Adolfo Díaz Ambrona y de Ntra. Sra. de Bótoa, antiguo camino viejo de San Vicente. Pero al llegar a Marchivirito y al restaurante del lugar, el desdoblamiento de la carretera de Cáceres va a obligar a los conductores a una prueba heroica: tratar de encontrar el camino, sin perderse ni meterse en berenjenales. Y aquel pifostio de obras, señales y demás se convirtió en una trampa, repleta de cambios de dirección, rotondas poco o mal señalizadas, pistas viejas y salidas en todas las direcciones. Criminal, colegas. De juzgado de guardia. Por lo que no es de extrañar que unos, como el abajo firmante, nos saliéramos por la tangente en dirección a la gasolinera del lugar, otros se fueran por Montijo, otros, por Cáceres y el resto, dando  vueltas como una noria, para terminar en la UVA o en el Gurugú. Eso si no hubo algunos que, creyendo que iban a Bótoa, se fueron para Toledo. Menos mal que, después de no sé cuántas vueltas, conseguimos recuperar el resuello y el rumbo. Y es que las señales de Bótoa apenas se veían, así de chiquininas, en tanto las demás eran las normalitas.


Y ya en la carretera EX-110, el campo ofrecía unas vistas magníficas, unos cielos, un verdor, unos prados, unos sembrados, unas riberas, unos pájaros... Campo campero como el nuestro, pocos. Y cientos de coches en caravana, bien controlada, por cierto, por los picoletos de a pie. Y al llegar, a la derecha, la campiña de El Tesorero que estaba cuajadita de romeros y domingueros, con sus furgonetas, motos, coches y bicicletas. Y cientos de tiendas y sombrillas para pasar la jornada. Con una humareda que te hacía llegar los ricos aromas de las sardinas, las pancetas, los pinchitos, las chuletas y el choricito a la brasa. Y a la izquierda, en la zona libre de la cañada de Sancha Brava, una larguísima hilera de puestos y atracciones nos indicaba que estábamos ante el ferial-mercadillo.
Y, ya prestos, cámara en ristre, que vemos menos aglomeraciones que antaño. Se podía pasear con holgura. Menos gente que otros años. El puente de mayo, decían unos. Las comodidades del chalé familiar, decían otros. La crisis general, sin un puto euro en los bolsillos, decían los más, industriales incluidos. La gente, en especial los de la tercera y cuarta Edades, paseaban divinamente agarrada del brazo, con sus atuendos camperos, gorras y sombreros. Y, cómo no, sus cintas y sus medallas al cuello. Y las mozas del lugar, todas de buen ver, con ropa veraniega y unos escotes que quitaban el hipo. Y hablando de sombreros, los había por cientos, como que aquello parecía La Casa de la Pradera, oiga, de tantos romeros tocados con sombreros blancos de paja. Regalo de Mosa-Peugeot, una conocida empresa pacense de automoción, que montó un stand en la zona del ferial. Aparte de obsequiar al personal con una degustación de arroz a mediodía.

Y, tras la misa mayor, cantada en extremeño por el grupo La Jara, llegaría el momento cumbre: la salida de la Virgen en procesión por los alrededores. Este año ataviada con un soberbio manto rojo y cubierta de joyas a cual más valiosas. Y su
trono florido, una obra de arte vegetal. Efímera, si se quiere, pero obra de arte, al fin y al cabo. Con cientos de personas de toda clase, condición y procedencia esperándola para acompañarla. Incluidos los portugueses, que no faltan nunca. Y, rompiendo el cortejo, la caballería de Bótoa. Medio centenar de caballistas y amazonas, abanderados por el cura Juan Antonio J. Lobato, que portaba el pendón celeste de la Virgen. Al que seguían las cuatro carrozas presentadas al concurso, tipo jardineras.
Después vendrían los estandartes. El de la familia Sánchez, portada por el biznieto del patriarca, don Lisardo Sánchez, el que fuera famoso ganadero de toros y bienhechor de la Virgen y su  Ermita, y el de Amigos de Badajoz, llevado por uno de sus miembros.
Y, a continuación, las simpatiquísimas lavanderas, al mando de la superiora del corro, María Estrella G. Gordillo, que lo bordaron, arrancando grandes aplausos y vivas con sus viejas (y nuevas) canciones. Y más atrás, las camareras, con sus varas en la mano y cintas al cuello. Y tras ellas, el paso de la Virgen, llevado con soltura por doce costaleros de promesas, al mando de su capataz, Diego Pérez.
Y en sus paradas, una bota que corría de mano en mano, hasta que llegó a las mías, que andaba por medio. Como casi siempre. Y buen vino, vive Dios, de Feria, mismamente. Como que tuvimos que repetir, qué remedio. Y vengan cientos de fotos y vivas a la Virgen.
Detrás, un nutrido grupo de fieles y devotos, junto al manto, en señal de promesa. Y el capellán, revestido de gala, Ramón González Mancha, que ha sustituido al eterno Diego Barrena Gómez, ya jubilado. Y más atrás, la presidencia, con el alcalde de Badajoz,
Miguel Celdrán, a la cabeza, que iba acompañado por otras autoridades civiles y militares, entre ellas el hermano mayor de Bótoa, Fernando Sánchez Cuadrado, el representante del Arzobispado, el canónigo archivero Teodoro A. López López, los concejales Antonio Ávila y Rosario Gómez de la Peña, el presidente de la Agrupación arciprestal de Hermandades y Cofradías de Badajoz, José Mª Blanco Rastrollo ("Posi", el de la Soledad), así como miembros de la hermandad de Bótoa y otras representaciones. Y, tras ellos, poniendo la nota folklórica de la jornada, el grupo de Coros y Danzas Extremadura, de Badajoz, con sus secciones infantil y de adultos, el grupo La Jara, del Gurugú, y el coro de Pensionistas Centro-Campomayor, que hicieron las delicias del público con sus actuaciones. Y echamos de menos al grupo Renacer, con Andrés Hurtado al tamboril, uno de los fijos de la romería en todos estos años.

Y, siguiendo con las ausencias, faltaba el acordeonista de siempre en el grupo Extremadura, que era el todoterrenal Emilio G. Barroso. Y ahora venía otro, con barba y bigote el tío, y se llamaba José Antonio Gil Nieto. Que tocaba divinamente, por cierto.
Al final de la procesión, la Virgen, arropada por los suyos, entró en el atrio de su ermita y allí tuvieron lugar las populares subastas del rosario y del ramo. Dirigidas por Emilio G. Barroso desde la terraza, haciendo un recuerdo del antiguo subastador, Julián Mojedano, ya retirado. Y después de unas pujas emocionantes, se los llevarían la concejala Rosario Gómez (700 machacantes), el rosario, y el costalero Juan Pinna Bote (2000), el ramo.
Antes de entrar en su santa casa, los pequeñuelos del grupo Extremadura, ataviados con indumentarias salidas de los cuadros del frexnense Eugenio Hermoso, y los mayores bailaron un par de piezas, con el público entregado, coreando sus letras. Y, ya como remate final, las lavanderas cantaron una de sus nuevas piezas, "¡Qué corto se hace el camino!", entre el delirio del personal, entre los que se agolpan nuestros emigrantes, que despediría a la Co-patrona con vivas repetidos y gritos de ¡Guapa!, ¡Guapa!, ¡Guapa!, en tanto por los altavoces sonaban las notas del Himno nacional.
En estos emocionantes momentos veo a mi lado, junto al paso de la Virgen, a una señora mayor, vibrando con las canciones y acompañándolas con su trémula voz. Me intereso por ella y me entero de que se llama Carmen. Una pacense de edad provecta que vive en Valdepeñas y viene todos los años, siempre que puede, a la romería. Junto a los suyos. Junto a la Virgen de Bótoa. Y con lágrimas en los ojos, con voz entrecortada, me lo explica:
--Es que amo mucho a mi tierra... No puedo pasar sin venir a ver a la Virgen... Me recuerda toda mi niñez y mi juventud... La llevo en el corazón...

A la hora del almuerzo la gente se repartiría por el recinto de las casetas para comer y beber, empezando por la de la Hermandad de Bótoa, la que regenta el popular Pepe Salas, el de Los Valencianos. Con platos y raciones para todos los gustos y los bolsillos: arroz, carne con tomate, tortilla, pinchitos, caldereta, etc. Y los de la Hermandad que tuvieron el detalle de invitar al abajo firmante, pregonero este año, a una copichuela en el salón-refectorio de la ermita. Y todos ellos --Fernando S. Cuadrado, Matías Mediero, Antonio A. Joven y Ramón G. Mancha, entre otros-- estuvieron atentísimos conmigo y mi familia, detalle digno de agradecer y que quiero hacer constar.
A la hora del café y el helado, visita al ferial-mercadillo, congestionado de gente menuda y madurita. Con muchos puestos de portugueses. Y "sapatos", a 5 machacantes.
Y, antes de la recogida, última visita a la Virgen en su capilla para recoger el ramillete florido y despedirnos de Ella hasta el año que viene.
Al atardecer cogimos el toli e iniciamos el camino de regreso a nuestros lares. Que resultó pacífico por el buen trabajo de los picoletos, desviándonos por los accesos de la autovía que llevan a Campomayor y al polígono industrial El Nevero.

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