¡Así, así, así gana el Madrid!
Faltaban diez minutos para las once de la noche del domingo, con todo
el país sobrecogido delante de la tele, y el Madrid acababa de remontar
un gol en contra, con dos goles seguidos de Robben y Higuaín en los
últimos cinco minutos de su partido contra el Osasuna en Pamplona
(1-2). Al borde del infarto media España, el Real Madrid se proclamaba campeón de
Liga 2007-2008, tres jornadas antes de que terminara el Campeonato. Y
justo al tiempo del pitido final, un alarido estremecedor se oyó en las
calles cercanas a mi casa, con miles de gargantas juveniles celebrando
el triunfo de sus colores. Y fueron cien, doscientos, trescientos...
Qué trescientos, quinientos mozalbetes que, cual plaga de marabunta,
salían en tropel de la plaza de Santa María de la Cabeza y de los bares y cafeterías cercanos --La Aldaba,
Pachito, El Rincón de Avecilla...-- a toda pastilla. Enarbolando
banderas y bufandas al viento. Y, como mandan los cánones, se dirigían
atropelladamente hacia la cercana fuente de los campeones, la fuente de
la Constitución. Había que celebrarlo. Mojarse. Bautizarse, en suma. Y
cruzaban las avenidas y las calles sin atender a semáforo alguno. Esa noche
no había señales rojas que los parasen. Sólo las blancas, blanquísimas.
Incluso iban en motos, por parejas, circulando por las aceras y el
interior de las plazas. Y sin casco, como nos tienen acostumbrados. Y
por las calles comenzaban a circular coches cantando el alirón, con sus
banderas fuera de la ventanilla. Sonando sus claxons para llamar la
atención a todo el mundo. Que supieran quién había sido el mejor. Y
por segundo año consecutivo, serían más de mil personas las que se
dieron cita en la fuente de marras, montándose una fiesta por todo lo
alto, dentro y fuera de la fuente. Y eran las once de la noche
cuando empezó el ritual de las victorias. Con centenares de mozos y
mozas, mozuelos y yogurines subidos a la fuente. Y con varios
centanares más, desde abajo, coreando sus consignas y vítores.
¡Así, así, así gana el Madrid! ¡Así, así, así gana el Madrid! ¡Así, así, así gana el Madrid! ¡Así, así, así gana el Madrid! Y el clásico, esta vez apoyado por trompetillas horrísonjas, bombos y tambores:
¡Campeones, campeones, oé, oé, oé! ¡Campeones, campeones, oé, oé, oé!
Con
los ardorosos jóvenes y adolescentes vistiendo las camisetas de sus
futbolistas preferidos, blancas y azules, abundando las de jugadores de
épocas periclitadas, que ya no están en el equipo. Parece que en los tiempos que
corren, los bolsillos no dan para comprar más camisetas: Robinho (10),
Raúl (7), Cannavaro (5), Casillas (1) y Guti Haz. (14), además de
Figo (10), Beckham (23), R. Carlos (3), Zidane (5) y Ronaldo (9).
Con las vallas de protección tiradas por el suelo, utilizando algunas de ellas como improvisadas escaleras, la muchachada del piso superior seguía arengando a las masas. Y ahora cambiando de estribillo, mientras al fondo
resuenan petardos y
bombazos que te ponían el corazón en un puño:
¡Plas, plas, plas, Madrid!; ¡plas, plas, plas, Madrid! ¡Plas, plas, plas, Madrid!; ¡plas, plas, plas, Madrid!
Y
vengan bailes, congas, agarrados todos por la cintura, las olas y demás, dando
vueltas a la fuente. Ambiente indescriptible, con la gente chorreando
agua que daba gloria. Y muchos de ellos, con los torsos desnudos. Y algunas de ellas, con las bufandas de sostén. Y bastantes
parejitas, amarteladas, dándose unos morreos y unos achuchones de la
hostia. Confraternización total en la gran noche merengue. Y en esto
que se oye un grito reivindicativo:
¡Raúl, selección! ¡Raúl, selección! ¡Raúl, selección! ¡Raúl, selección!
Con el tendido de los sastres ocupado por numerosos vecinos de los edificios colindantes, siguen los petardazos sin que la gente pestañee. Y son muchos los padres, ya
talluditos, se pasean ufanos por las afueras, llevando a sus
churumbeles vestidos de madridistas sobre los hombros. Y vengan fotos y más
fotos desde los movilatas. Con la sacrosanta fuente de la Constitución de
fondo, como si fuera un monumento histórico o artístico. Y los de arriba, dale que te pego, esta vez contra un jugador del Barcelona, Eto'o, antes madridista:
¡Eto'o, cabrón, saluda al campeón! ¡Eto'o, cabrón, saluda al campeón!
Y
pasada media hora, con el agua corriendo generosamente por la calzada, comienzan los botellones de cerveza a circular de
mano en mano. Atrás, la gente ha establecido sus reales, con sus
bolsas, vasos, peñascos de hielo y botellas de refrescos y licores. Y los más activos, que gritan hasta enronquecer, exultantes, con Higuaín, el héroe de Pamplona:
¡Higuaín, plas, plas, plas! ¡Higuaín, plas, plas, plas! ¡Higuaín, plas, plas, plas!
Y
las banderas de España que ondean a toda pastilla: las constitucionales,
las preconstitucionales, con el águila franquista, y las folklóricas,
las del toro de Osborne. Y vuelta a la carga contra el
Barcelona, el eterno rival:
¡Puta Barça, puta Cataluña! ¡Puta Barça, puta Cataluña! ¡Puta Barça, puta Cataluña!
Y
los chorreones de agua que salpican en todas direcciones. Y me llevo un remojón por estar donde no debía, qué le vamos a hacer. Y la gente,
encantada de haberse conocido, sin inmutarse. Y grupos de chicos y
chicas que se llevan a la fuerza a algún melindroso o alguna miedica a
la fuente para "bautizarlos": a chorreón limpio y sin perder nunca la sonrisa,
colegas.
Y sigue la marcha, que aquí hay cuerda para rato:
¡Campeones, campeones, oé, oé, oé! ¡Campeones, campeones, oé, oé, oé!
En esto que se ve más gente con camisetas distintas, todas blancas o azules oscuras.: Higuaín (20), Sneijder (23), Gago (16), Robben (11), J.
Baptista (8), Drenthe (15) y V. Nistelrooy (17). Y veo a un jeta, que lleva una nueva, que pone Alberto (69). Descojonante, tú.
Y
los tambores y los petardazos que siguen arreciando y el frenesí sube de temperatura
cuando los fans merengues gritan a pleno pulmón, coreados por un océano de brazos en alto:
¡A por ellos, oé; a por ellos, oé; a por ellos, oé; a por ellos, oé, oé!
Y
la multitud de jovenzuelos y adolescentes, paseándose frenéticamente de
un lado a otro de la plaza, con sus atuendos empapados, al estilo
pirata, dejándose ver y fotografiar para la posteridad, con sus gorros
y pañuelos a la cabeza y sus banderas sobre los hombros. Y la plaza que parece que se va a venir abajo.
¡Así, así, así gana el Madrid! ¡Así,
así, así gana el Madrid! ¡Que bote la gente! ¡Que bote la gente! ¡Que bote la gente! ¡Hala, Madrid! ¡Hala, Madrid! ¡Hala, Madrid! ¡Hala, Madrid! ¡Iker! ¡Iker! ¡Iker! ¡Iker! ¡Iker! ¡Iker! ¡Iker!
Y
los de arriba, con los torsos desnudos, desgañitándose, como en trance.
Y los del botellón, pegándose unos lingotazos de aquí te espero con
whisky escocés de nombre raro y precio barato, y coñac. Osborne, el del
toro, faltaría plus. Y
vengan a hacer la ola mil veces. Pero todos ya no siguen el mismo ritmo. Están abandonando sus puestos. Y los de abajo ya no suben a reemplazarlos. La tensión ha decrecido. Y se nota en sus rostros y en sus cuerpos cansinos.
EPÍLOGO Van a dar las doce y ya se notan los estragos
de la noche triunfal. Los agotados supervivientes comienzan a bajar
de su altar, medio derrengados. Ha sido demasiado para el cuerpo,
colegas. Va a hacer una hora en que empezó la fiesta y el personal está
mirando el reloj. Ha sido una noche de grandes emociones y hay que recogerse,
que mañana hay que volver al curro o al estudio. El gentío comienza
a clarear sus filas y están cogiendo el portante en todas direcciones.
Eso sí, bien agarrados y abrazados con sus banderas y bufandas blancas. Empapados hasta en el carné de identidad, pero felices y radiantes. Ahí es nada, el
Real Madrid, el equipo de sus amores, acaba de conquistar la Liga. Su
31º título liguero, el segundo consecutivo, todo un récord. En la retirada hay tiempo todavía
para que las parejitas, desmelenadas y caladas hasta los huesos, se den los últimos
besos a tornillo, achuchones y abrazos sin fin. El deporte es cosa fina, tú, pero el amor sienta de puta madre, parecían decir a los mirones, que éramos el resto.
Y
eran pasadas las doce de la noche cuando la gente se enfrió y comenzó a recoger
velas. Pero los claxons de las motos y de los coches continuarían, de
forma intermitente, toda madugada. A lo lejos, la pasma local del sheriff Sardiña
tenía cortados discretamente los accesos a la fuente. Pasaba un cuarto
de hora de las doce, lunes ya, cuando cogí el toli y regresé a mis
lares. La numerosa y ruidosa afición del Real Madrid en Badajoz había
celebrado por todo lo alto su épico triunfo en el último partido,
jugado en Pamplona. Los ecos de los claxons seguirían percibiéndose
por toda la ciudad hasta bien avanzada la madrugada. La fuente de la Constitución, un año más,
había servido a la joven hinchada madridista pacense para festejar un gran título: el de campeones de Liga.
Y es que, damas y caballeros, jóvenes y jóvenas, niñatos y yogurines, jubilatas y pensionistas, así gana --y lo festeja por estos andurriales-- el Madrid.
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