Este mediodía conocí lo que es una dama impasible. Una doña pacense de
la Cuarta o Quinta Edades, pelo blanquecino, edad indefinida, bien
peripuesta y tal, airosa en sus andares, con un ramillete de flores
exóticas en las manos, sin mirar a ningún lado, como si estuviera en la
pasarela del Hogar del Pensionista de mi barrio. Pero el caso es que la
madama cruzaba un paso de peatones... ¡con los semáforos en rojo! Un
semaforing en toda regla, vamos. Y los coches, cruzando a toda leche en
uno de los pasos de cebra de la avenida de Villanueva. Y el personal, echándose
las manos a la cabeza, porque, en un suspiro, la redoña podría pasar de
ésta a la otra vida.
Y no pasó nada, colegas. Mi dama impasible, más tiesa que un ajo, pasó
el trance sin despeinarse y sin mirar al aterrorizado público que
contemplaba la escena.
Y eso que creíamos que estas cosas eran más propias de la gente joven y
madurita, amigas de las emociones fuertes y con más facultades y tal,
pero no, hija, no. ¡Hasta las abuelas, haciendo semaforing! ¡Si mi abuela Heliodora levantara la cabeza!