Estos últimos días, con temporal de lluvias y vientos racheados en
Badajoz, han sido incontables los paraguas del vecindario que se
han ido a hacer puñetas. Dándose la vuelta como un calcetín y
descuajaringándose. Así como las numerosas ramas y hojas caídas de los
árboles callejeros, haciendo de alfombra vegetal. Además de las
parabólicas cambiando de posición, con lo que el personal se quedaba
sin señal digital una vez sí y otra vez, no, una, sí y otra, no... Lo
que el viento se llevó, en suma.
Y donde se ha notado también el paso del viento huracanado por estos
andurriales ha sido en al hall de entrada de mi bloque de viviendas. Sí, he escrito bien, en el hall de entrada
donde vivo. Y es que allí hay, según se entra, a la derecha, un enorme
espejo, tamaño cinemascope, con vistas panorámicas, que lleva un tiempo
agrietándose. De tanto "desgaste" por el uso y abuso del mismo. Por
parte de las muchas personas que diariamente entran y salen, suben y
bajan de este edificio de ocho alturas. Y teniendo en cuenta que la
entreplanta está ocupada por numerosas oficinas, clínicas, despachos
laborales, etc. Con lo que el ajetreo diario es de aúpa. Y casi todo el
mundo --que lo he visto con estos mis ojitos--, jóvenes y jóvenas, gente
madurita y de buen ver, personal sin oficio ni beneficio, pensionistas
y jubilatas, se para para acicalarse un ratino. Para estirarse la ropa.
O anudarse bien la corbata. O para atusarse el tupé o la melena. O los cuatro pelos de la calvorota, que también los hay. O para darse un
retoque con el pintalabios o los polvos del maquillaje. Especialmente las mozas y las tías buenas,
que se pasan cinco minutos corridos de reloj. Sean rubias platino,
morenas de verde luna o pelirrojas de bote. Como si estuvieran en un
probador, vamos.
Pero con los vendavales de estos días, las que entran, horrorizadas y
con los pelos alborotados y de punta, tienen que recuperar la moral y la estampa repeinándose frente al espejo de marras. Una vez, no, tropecientas. Y me
quedo corto. Por lo que no es de extrañar que el espejo, que no es
mágico, se esté cuarteando, hartito de tanto careto y tanta
cabellera despendolada de estos días. Anda que si mi espejo hablara...