Realmente alucinado, ando siguiendo por los medios digitales de
comunicación una huelga indefinida del personal de los Juzgados y los
Registros civiles en España, desde el 4 de febrero pasado, que está
afectando a uno de los derechos básicos de los ciudadanos: la Justicia.
Y con demoledoras consecuencias para la gente corriente y moliente,
especialmente la más humilde y necesitada. Con la paralización de mil y
un juicios y procedimientos civiles y penales, demandas que no se
registran, retrasos sin cuento en el cobro de los cheques-bebé por hijo
nacido, no se suscriben
certificados oficiales de nacimiento y defunción, se ralentizan las
actividades notariales y del Registro de la propiedad, etc., etc. Es
decir, documentos imprescindibles para la recepción de determinadas
prestaciones sociales, como son la
maternidad, la paternidad, la ayuda por nacimiento o adopción de hijo y
las
relativas a muerte y supervivencia (viudedad, orfandad y auxilio por
defunción). Además de documentación necesaria en las escrituras
públicas, etc. Por si fuera poco, la huelga está afectando seriamente a
colectivos como abogados y procuradores, con una merma importante de
ingresos ante la falta de actividad en los Juzgados. Que muchos viven
exclusivamente de su oficio. Un caos, vamos.
Por un lado, los funcionarios de Justicia, que piden --según mis
noticias-- una subida digna de su complemento específico y, por otra,
el ministro de Justicia en funciones, un tal Mariano Fernández Bermejo,
político incompetente donde los haya, que contraataca acusando a los
funcionarios de vagos y renuentes a ponerse al día con las modernas
tecnologías. Cuando de un político se espera que esté al servicio de
los ciudadanos y a resolver sus problemas, cuando los hubiere,
dialogando y tendiendo puentes, no a dinamitarlos.
Otra vez que, sin comerlo ni beberlo, los españolitos nos tenemos que
comer el marrón de una huelga indefinida que se pudo abortar en su
tiempo, negociando ministerio y sindicatos sin demagogias: pensando en
el bien común, que es ponerse en la piel de la inmensa mayoría.