Ayer, pasadas las siete de la tarde, hubo un atasco de padre y muy
señor mio al final de la calle Rafael Lucenqui, casi en su cruce con
Héroes de Cascorro, en Santa Marina Alta. Zona saturada de grandes edificios, más conocida por el
"Manhattan" de Badajoz, de los altísimos bloques y estrechas calles
que la conforman y de la cantidad de coches que aparcan en la zona,
junto a las dos aceras. Y, al pasar por ese lugar que veo, como mínimo,
una caravana de diez coches parados, el primero sin conductor o
conductora. Vacío, vamos. Como os lo cuento, no había nadie en el
coche y era imposible adelantarlo por falta de espacio. Y la gente,
preguntándose: ¿dónde andará el plasta del conductor? Y los claxons que
empezaron a sonar insistentemente. Y pasaron un par de minutillos, y
nada, monada. Y los guardias de la porra, sin aparecer, como siempre que hacen falta. Hasta que, pasados los tres minutos, me veo que sale una madama de uno de los bazares próximos.
Como si hubiera entrado a comprar algo. Tan campante la doña. Con la
ristra de coches esperándola y los conductores, al borde de un ataque de nervios. Y sin pedir disculpas al personal, ni
nada de nada.
Y es que todavía algunas conductoras de Badajoz se creen que están en
su finca particular: aquí paro, aquí me bajo; aquí entro, aquí salgo. Y
los demás, que arreen. ¿Será posible?