Noche de Ibérico en Las Bóvedas, en el precarnaval de Badajoz
Históricamente, el Carnaval ha sido siempre la fiesta más esperada del año por
las clases populares, modestas e iletradas porque, por unas fechas, se
podía hacer y decir, con relativa impunidad, lo que se pensara o se
quisiera. De ahí los críticas públicas contra las clases dominantes y
adineradas --autoridades, curas, militares, políticos, nobles,
terratenientes...-- y los excesos de todo tipo en el comer, el beber y
las relaciones sexuales. Y todo en los días que precedían al Miércoles
de ceniza, comienzo de la dura Cuaresma, tiempo de penitencias y
mortificaciones sin cuento, tanto para el alma como para el cuerpo. No
es de extrañar, pues, que el Carnaval y sus excesos, fuesen perseguidos o regulados
por las autoridades civiles, militares y religiosas de cada época, con
edictos, bandos, pregones, sermones, hojas parroquiales, etc.,
intentando controlar al pueblo llano.
A pesar de los tiempos que corren, ya
en otros contextos sociales, económicos y culturales, en plena
Democracia y en uso y disfrute de todas las libertades, todavía existen
reminiscencias del pasado, antes de la imposición de la ceniza, con
fiestas desenfrenadas, bacanales de la grasa y comidas pantagruélicas
con las carnes de cerdo como ingredientes básicos. Animal totémico de
la cuenca mediterránea, del que nos gusta hasta los andares.
Y
máxime en Extremadura, la jamonópolis de las Españas. Y en Badajoz, la
ciudad y provincia donde se producen los mejores jamones y embutidos
del mundo mundial, teniendo como base el cerdo ibérico de montanera, el
que pasta en la dehesa extremeña alimentándose de hierbas y bellotas. Pata negra,
cinco
estrellas y la cama, aparte.
CENA DEGUSTACIÓN DEL IBÉRICO
Y es en este contexto precarnavalero que vivimos ahora en Badajoz, cuando los cabezas pensantes del Observatorio
Turístico de Badajoz y del Año Gastronómico 2007-2008, uno de sus mejores inventos, decidieron celebrar por todo lo alto la Quincena del Ibérico.
Con lo que, al tiempo de sintonizar con los saraos y las bacanales de
otros tiempos, ofrecen un festival ibérico para los cinco sentidos a la
fiel concurrencia, que de tanto mirar cómo subían y bajaban los valores
de la Bolsa, además de quedarse bizcolos, se estaban olvidando de comer
como Dios manda. Eso sí, no sin antes pasar por caja, no se fueran a olvidar
también de rascarse el bolsillo, nos'ha jodío.
Y dicho y hecho. Por lo que
el pasado 23 nos reunimos medio centenar largo de comensales en el
restaurante Las Bóvedas. Sito en un lugar estratégico de La Raya, junto
a una amplia Área de Servicios, con Estación de servicio, tiendas, self service, cafetería, aparcamientos y demás, además de un hotel en construcción. Y con el sello Flores, que ya es una garantía.
Y,
nada más llegar, esperando en la cafetería con una cerveza en la mano a
alguien vestido de etiqueta y pajarita, al dueño, al maitre o lo que
fuera, que por allí no aparecía nadie con estas referencias. Sí que
vimos a un tipo joven, sonriente, sencillo, vestido de diario y
sin corbata. Y era el que yo estaba buscando: un tal Lorenzo Flores, de
32 tacos, uno menos en Canarias, hijo del recordado don Lorenzo Flores,
el patriarca, ya fallecido, el que pusiera en pie este emporio en 1998,
y de doña Paqui Rejano.
Y
es que en el negocio, familiar por los cuatro costados, también
colabora su tía, doña Toni, y ya se ha reincorporado su hermano Juan
Francisco.
Y, una vez dentro, muchas caretos conocidos y otros
nuevos. Entre empresarios, hosteleros, economistas, profesores de todos
los niveles, abogados, gastrónomos de pro, restauradores de postín y
clientes de la Casa, que no quisieron perderse el acontecimiento. Y a
destacar la presencia del sonriente Germán López, responsable del
Turismo municipal, que se lo pasó en grande, anotando datos y más datos
en su agenda. Y, cómo no, tengo que que citar la presencia, cada vez
más numerosa en estos saraos gastronómicos, de hermosa damas y
damiselas, esposas y compañeras de los asistentes, que pusieron la
estampa atractiva de la noche, frente a tanto maromo rellenito,
parlanchín y fumador.
Y
antes de que empezara la función, que nos sirven el vino de la cena: un
tinto Ribera de Olivenza, uva tempranillo, añada 2005, un vinodelatierradeextremadura de una Bodega nueva, Casas Novas, de Badajoz, ubicada en el kilómetro 15,400 de la carretera de Olivenza.
Con
que le dimos unos tientos y aquéllo prometía. Y en éstas estábamos,
cuando nuestro todoterrenal Antonio García Salas, Marqués de ITAE y
otras hierbas, que sale a la palestra para saludar a los asistentes, al
tiempo que manda un saludo muy especial a los nuevos. Recordando la
gozada que venimos disfrutando, mes tras mes, en estas Quincenas del Año
Gastronómico 2007-2008.
Con la finalidad de resaltar el valor de nuestros fogones y nuestros
platos de cara al turismo, tanto interior como de fuera. ¡Que
disfruten!, fue su recado final.
Y en ésto que se levanta un tipo
maduro, de pelo cano pero de aspecto vigoroso, sonriente siempre, que
se va, decidido, a la palestra. Y se trataba de Andrés de Olano,
condueño de la Bodega Casas Novas, en unión de la patronal, Encarnación
Cruz-Guzmán, que se sentaba a su vera, sin perderse ripio. Y el tal
Andrés que, ayudado por un proyector de diapositivas, nos hace una
sencilla pero efectiva demostración de su Bodega, construida en el año 2005: sus tierras, sus
viñedos, la calidad de sus uvas, sus sistemas de vendimia, el proceso de elaboración de sus caldos... Así como
la calidad del Ribera de Olivenza, las catas hechas por el peculiar
Club de Vinos Verema... ¡y qué sé yo! Toda una lección
vinícola-bodeguera para los desconocedores de sus vinos.Y, como remate
de los tomates, que nos deja un dossier de 13 folios, con una síntesis
de todo lo que hay que saber sobre el particular.
LA NOCHE DEL IBÉRICO
Con
la minuciosa lección de don Andrés, que fue despedido con aplausos por
el respetable, nos había entrado gazuza, y a los comensales los ojos
nos hicieron chiribitas cuando empezó el gran desfile ibérico de la
noche de precarnaval. Donde ejercieron de padrinos de los fogones José
Pinilla (Las Bóvedas), el anfitrión, con el concurso impagable de David
Muñoz (El Sigar), Manuel García (El Claustro) y Olivier Lanbelt (El
Horno), todos ellos acompañados del equipo habitual de la cocina
bovediana. Y este fue el menú ibérico:
APERITIVOS
1º. Minibocadillos de chorizo (El Sigar)
2º. Secreto de cerdo ibérico, relleno de higos con jugo de carne (El Claustro) 3º. Langostino envuelto en tocino ibérico (El Horno) 4º. Falso chocolate con churros (Las Bóvedas)
MENÚ
1º. Ensalada de lomo ibérico y hierbas con vinagreta de miel y cítricos (El Horno) 2º. Fideuá de callos con hongos (Las Bóvedas) 3º. Guiso de coles con costilla ibérica asada y ojos confitados (El Sigar) 4º. Papada de ibérico caramelizada con calabaza y gelatina de Oporto con jugo de ternera (El Claustro)
POSTRES
1º. Sorpresa de bollos con leche 2º. Las puchas puestas al día con chicharrones 3º. Café. Croquetitas de puchas Copa de Ruavieja (aguardiente de orujo/licor de café), en botellines
Todo
ello regado, naturalmente, con el Ribera de Olivenza de marras, que
acompañaba divinamente. Y aunque nos hubiera gustado contar, al menos,
con otro vino más, por ejemplo, el crianza que tienen pensado
comercializar en mayo de este año, todo el vino que sirvió el equipo de
sala se agotó enseguida, teniendo que reponerse en varios momentos.
Gratísimo ambiente, servicio esmerado y el menda
de Las Bóvedas, más contento que unas pascuas, saludando a diestro y
siniestro.
Y me lo cogí por banda, que quería saber algunas cosas del
negocio y del restaurante. Igual que al bodeguero de pelo blanco, tipo
cachas y tal, que resulta ser
coronel de Aviación en la reserva, con miles de horas pilotando
cazabombarderos, de esos que salen en las pelis de guerra, y me tuve que cuadrar.
Que iba mi Andrés para
general de cinco estrellas, pero se cruzó en su vida una pacense de
rompe y rasga. Y aquí echó raíces. Como tantos.Y, ni corto ni perezoso,
que se lían la manta a la cabeza y deciden poner en pie una Bodega
familiar, pequeña, si se quiere, pero con encanto. Y me contó una
pequeña
síntesis de su vida, como para escribir una novela de mil páginas, por
lo menos.
Con este y otros episodios, como el de la magnífica colección de pinturas que
exhibe el salón, podrían habernos dado las uvas, por lo que lo dejo
para una próxima entrega, si Dios quiere.
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