Lo que faltaba. Que resulta que los quinceañeros españoles, los
mozuelos y yogurines que estudian Bachillerato, leen poco y mal. Que
son incapaces de resumir lo que leen y de entender el significado
global de un texto. Y, por si fuera poco, lo hacen peor que hace tres
años. Al menos, eso dice el informe PISA (Programa para la Evaluación
Internacional de Alumnos) 2006, de la OCDE, la Organización para la
Cooperación y el Desarrollo Económico. Un informe que, globalmente, nos
sitúa por debajo de países como Italia, Portugal, Francia o Polonia,
que manda huevos.
Y dice la Reina Gobernadora de Centros de Secundaria e Institutos en España,
una tal Mercedes Cabrera, que "es en la lectura, y menos en ciencia y
matemáticas, donde nuestro sistema educativo necesita ponerse las
pilas".
Item más, que "es
necesaria la colaboración de los agentes educativos, las familias, las
instituciones y los medios de comunicación".
Itemmás, "que la lectura es nuestra gran asignatura pendiente, y manejarla
bien ayuda a sacar mejores resultados en otras materias".
Itemmás, "que todo es más fácil si a los chavales se les inculcan hábitos
lectores y que estamos ante un problema más social que educativo".
Item
más --decimos nosotros--, que la culpa, culpita, nos la echan a todo el
mundo, o séase, a la sociedad, que queda como más finolis y sociológico.
Y
sobre el actual Sistema educativo, que viene haciendo aguas tiempo ha,
dando bandazos según quiénes corten el bacalao en los Madriles, muchas de las cabezas
pensantes de este país, calladas como putas.
Y aquí no dimite nadie, para qué, si no se sabe conjugar en primera
persona el verbo maldito. Ni se oyen voces autocríticas, que España va
bien, no te fastidia. Un país donde se publican millones de libros al
año y se leen poquísimos. Un país donde mucha gente todavía utiliza los libros para adornar las estanterías
hogareñas, siempre que hagan juego con las cortinas por el color de sus
pastas. Un país, en suma, donde los quinceañeros le han perdido el respeto al
libro, que requiere esfuerzo por comprarlo y abrir sus páginas,
primero, leerlo, desbrozando historias, personajes, ambientes y
estilos, después, para quedarse con el cante al final.
Una pena, porque los libros, a cambio de nada o muy poco, te instruyen y
te enriquecen, te divierten y te entretienen, te orientan y te
transforman. No en balde, los libros constituyen una de las máximas
creaciones del género humano.