Del 1 al 4, coincidiendo con las tradicionales y multitudinarias
visitas a los cementerios hispanos para honrar a nuestros difuntos, millones
de automovilistas y motoristas han surcado las carreteras de esta piel
de toro, de picos pardos por playas, ciudades
históricas y montañas del interior. Y, si os habéis fijado bien, en las
carreteras de segunda y tercera categorías --nacionales, provinciales,
locales...-- los bordillos aparecen festoneados por pequeños cruceros y
altares floridos, con sus cruces de hierro forjado, lápidas y pequeños
cerramientos de mampostería, recuerdo de los lugares donde, tal vez no
hace mucho, hubo un mortal accidente de tráfico. Es el pequeño monumento fúnebre que sus
familiares han plantado un poco más allá de los guardarraíles o
quitamiedos, para recuerdo perpetuo a su memoria. Y junto a los omnipresentes ramos
de flores hay unas plaquitas con los nombre de los fallecidos y las
fechas. Así como algún breve y sentido texto lapidario. Y, en contra de lo que puede suponerse, estos cruceros o
túmulos floridos de la carretera no suelen abundar en las curvas
peligrosas. Que se ven más en los tramos llanos y rectos.
Donde la gente parece que se confía y se la pega antes.
ABOCADOS A DESAPARECER
Una muestra más de la piedad
popular que, en el colmo de los colmoses, quieren quitar de un plumazo,
porque molestan y distraen a los conductores. Que, según dictaminan las
leyes de Carreteras y de Seguridad Vial, así como el Reglamento de
Circulación, obligan a pedir autorización al dueño de la vía: el
Ayuntamiento, el Estado (Ministerio de Fomento), las Diputaciones, los
Gobiernos regionales... ¡Qué manía reguladora la de
este país! Que todo debe ser regulado y reglamentado, aún lo más nimio,
ahogando los pequeños brotes de piedad popular fuera de las carreteras,
aunque sea en sus zonas de servidumbre. Pues más molestaban los
amasijos de chatarras de coches que ponían en las cunetas para que
sirviera de ejemplo a los malos conductores. Y allí andan tirados
todavía muchos de ellos.
Una cruz en el camino, a modo de aviso a
navegantes, nos advierte a los conductores de la fugacidad de la vida
cuando no ponemos los cinco sentidos en lo que nos traemos entre manos.
De lo fácil que es pasar de esta vida a la otra si nos distraemos
estúpidamente o, lo que es peor, si vamos como locos cargaditos de
alcohol o de drogas, sean de diseño o no.