El pasado domingo, día en que arrancaba el otoño, con una temperatura
espléndida, medio Badajoz se largó junto al Guadiana. Concretamente, a
su margen izquierda, al paso por el Embarcadero y el Puente de Palmas.
No era para menos, se celebraba la XI edición de Mira al Guadiana,
este año nucleada alrededor del circo. Y fueron miles los pacenses,
especialmente jóvenes familias con sus pequeñuelos, quienes echaron
horas sin cuento junto al río, siguiendo el amplio programa de
actividades organizadas por la concejalía de Cultura del Ayuntamiento
pacense. Que, además de las específicamente circenses --saltimbanquis,
payasos, contorsionistas y demás-- hubo actuaciones musicales de lo más
variado, teatro de guiñol, talleres, así como las tradicionales visitas
guiadas de Amigos de Badajoz --esta vez a los parques y jardines
cercanos y al baluarte de San Vicente--, las exhibiciones náuticas y
los concurridos paseos en zodiacs desde el Embarcadero.
Y a media
mañana, el ambiente era extraordinario, siguiendo la actuación de la
banda municipal de Música y las primeras actuaciones de acróbatas,
equilibristas, payasos y malabaristas. Y los chiquininos, que se lo
pasaron en grande, en tanto sus papás, con botellines de agua en
ristre, sonreían beatíficamente viendo a sus criaturas encantadas con
la fiesta.
Pasada la una de la tarde llegamos la patronal y el que
suscribe, con su cámara y su gorra reglamentarias, que el calor podía
derretirte los sesos si no te cubrías como Dios manda. Y los estanivés
del Paseo Fluvial, a reventar, con centenares de pacenses sedientos y
hambrientos, acodados en las barras o en los muchos veladores de la
zona. Y es que junto al puesto compartido por la Asociación de Vecinos
Casco Antiguo y la Hermandad de la Soledad había otros más, dispuestos
por los locales del río: Terraza Zokko, Jamonería Río, bar
Buda-Kentala, etc. Y la gente, poniéndose como el Quico de tapas y
raciones de pancetas, pinchitos, choricitos, secreto, tortilla, huevos
cocidos, etc., a dos machacantes la tapa. Y, por supuesto, con las
buenas raciones de jamón, chorizo, queso y demás.
Y en la zona de prensa, con los chicos del gabinete que comanda Juanma
Cardoso atento a todos los detalles, allí que estaba Manolín
Márquez-Zurita, uno de los mejores periodistas de este pueblo, que las
pía muy bien en Onda Cero Radio, y que va el menda y me hace señas.
Miré para atrás y no, me llamaba a mí. Y allá que me véis largando cosa
fina del Guadiana de ayer y anteayer, lo que significó nuestro río para
tantas generaciones de pacenses.
EL ESTALACHE DEL CASCO ANTIGUO-LA SOLEDAD
Así
que, una vez despachados por el querido alumno que fue del colegio
Juventud, que nos tiramos a matar en pos de unas cervezas y algo de
comer, que había gazuza canina. Pero el servicio que prestó el primer
estalache, el del Casco Antiguo-La Soledad, en las horas punta del
mediodía, dejó mucho que desear, con bastantes parroquianos
disgustados, mal atendidos, largándose sin pagar. Y es que o no te
atendían nunca o te servían la mitad de las cosas que pedías o, a la
hora de pagar, te ignoraban olímpicamente. Siempre esperando un mínimo
de un cuarto de hora para que te miraran. Por lo que yo vi a más de uno
y a más de dos que se largaron con viento fresco, sin abonar sus
consumiciones. Y se dio el caso de que salieron tras unos que se iban
también sin chutar la pasta, pero cuando quisieron darse cuenta iban a
escape por Las Vaguadas. Como para echarles un galgo, vamos. Por el
contrario, la zona que ocupaba la concejala de Cultura, Consuelo R.
Píriz, y otros colegas, además de representantes del Casco Antiguo-La
Soledad, era atendida con gran prontitud y esmero. Vengan bandejas de
pinchos y de cervezas seguidas, refrescos por un tubo, pancetas y tal.
Y a los del partido de los descamisados, o séase, a los demás, "ajo" y
"agua". Por lo que voy a dar un toque a los notas del Casco Antiguo-La
Soledad para que no abusen de nosotros impresentables taberneros como
los del pasado domingo. Por que en caso contrario, éste que está aquí y
la patronal, junto con su parentela y demás amigotes, se buscan la vida
por otros andurriales.
Todo lo contrario que el resto de locales,
que dispusieron veladores y fueron, por lo general, amables y dando
gusto a la clientela. Incluso hubo uno, el Zokko, que tuvo el detallazo
de regalar sombreros de paja blancos y rosas al personal y, por
momentos, aquello parecía la Casa de la pradera, mejor dicho, la Casa
del río.
Y después de meternos varios platos entre pecho y espalda,
que nos vamos junto al río, sobre el Embarcadero, a esas horas con las
canoas y los zodiacs varados. Y, allí, apalancados divinamente en una
de las sillas, bajo una sombrilla de Frigo, que pudimos mirar al
Guadiana todo lo que quisimos. Y vimos un río desangelado, fluyendo
lánguidamente, que se parece muy poco al de otros tiempos, rodeado de
maleza y vegetación selvática por todas partes menos por una: por
arriba. Tal era la cantidad de arbustos, matorrales, juncos,
cañaverales y árboles de gran porte de sus orillas. Y de sus isletas
centrales, convertidas en zonas habitables, de descanso y de cría para
las aves acuáticas. Como que parecía un río secuestrado, que apenas
dejaba ver la margen derecha. ¡Venga usted a mirar al Guadiana para
ésto! Y me acordé del paso del Guadiana por Mérida y del Pisuerga por
Valladolid, que conozco bien, y a punto estuve de que se me cayeran los
palos del sombrajo. Menos mal que los niños se lo pasaron como los
indios y hubo muchos que se acercaron a la mismita orilla, junto al
embarcadero, a cazar renacuajos con sus vasos de plástico. ¡Pobrecitos
míos, si apenas tenían sitio!
DOÑA AVELINA
Y llegadas las cinco, que el personal se amontonó en el Embarcadero
para darse un garbeo por el río, en las dos zodiacs de la Guardia
Civil, los GEAS. Y allá que nos fuimos a darnos un viaje, después de
despedirme de la patronal y recibir su bendición. Gratísimo
viaje,cámara en ristre, acompañado de cinco niños, todos con sus
reglamentarios chalecos salvavidas. Y allá que se veía una colonia de
patos, algunas cigüeñas, garcetas y otras aves lacustres, tan panchas
ellas, sin inmutarse, como diciendo:
--¡Otra vez los domingueros de Mira al Guadiana! ¡Nos están espantando
la comida! ¡Menos mal que son dos veces al año, que si no, aquí no hay
quien viva!
Pero quien dio la nota viajera fue una encantadora anciana de Badajoz,
doña Avelina, viuda, de 80 tacos, uno menos en Canarias, que se dio un
garbeo por todo lo alto en una de las embarcaciones de los picoletos.
¿Cómo que quién es la señora Avelina? Si la tenéis que conocer, sobre
todo, los que ya peináis canas. Una que, de moza, vivía en la cercana
calle de Joaquín Sama, la que baja de la plaza Chica, y que siempre
andaba surcando el río en unas canoas estrechas para dos personas, que
su padre tenía dos huertas en El Pico. De ahí lo que le gusta el río a
la doña. Sí, una que se fue a vivir a San Roque, ya de casada, que su
marido trabajaba en una panadería de los alrededores de la plaza Alta.
¿No caéis? ¡Qué torpallos! Sí, esa buena señora que vendía oro por las
casas, en el barrio de los machas. Pues ahí la tenéis, bien peripuesta,
con sus collarones y tal, su bolso de mano y sus zapatos de tacones,
montándose todos los años en una de estas barcas para recordar sus
tiempos mozos.
--¡Y es que no me quiero morir sin pasearme antes por el Guadiana!
--¡¡¡¡¡¡¡¡
--¡Pues el año pasado llegamos al Puente de la Universidad y este año ha sido más corto, qué pena...!
--¡¡¡¡¡¡¡¡
EPÍLOGO
Tiempo después, hora del café Delta, los helados Frigo, que se
agotaron, lo mismo que los botellines de agua. Y eran las siete de la
tarde, que la gente se arremolinó junto al escenario para presenciar un
espectáculo del más purosabor circense. Ahí es nada, el Hombre bala
(Javier Rosado) y el Hombre orquesta (Agustín Portalo) hicieron las
delicias de grandes, medianos y pequeñajos en una actuación memorable,
con el tendido de los sastres --la "balconada" de la carretera de
Circunvalación--, a reventar. Después hubo alguna actuación más, pero,
con el crepúsculo en lontananza, había que estar presente en uno de los
espectáculos más atractivos de la tarde-noche, y eso que no venía en
los programas. Era la incomparable puesta de sol desde el Puente Viejo
y sus aledaños. Y allá que nos fuimos, cámara en ristre, para recogerla
con todo detalle. En unión del fotógrafo del HOY Casimiro Moreno, que
me dio un par de lecciones rápidas y gratuitas sobre el asunto. Y
cuando el sol se ponía por Portugal y dejaba su rastro anaranjado y
rojizo, todos nos quedamos con la boca abierta. Un espectáculo, efímero
si queréis, pero espectáculo, al fin y al cabo. Y es que las puestas de
sol de Badajoz, mirando al Guadiana, sólo para tus ojos, no se pueden
aguantar.