Comenzó el curso y miles de pacenses, acabadas las vacaciones,
volvieron do solían: oficinas, escuelas, fábricas, tiendas, comercios, hospitales, cuarteles,
despachos, bares, restaurantes, jardines, carreteras, puentes,
etc., etc.
Pero ya he oído a más de uno y a más de dos quejarse. Que si me duele
aquí, si me duele allí, si tengo la depre, si no duermo, si tengo los
nervios de punta, si las palpitaciones y tal... Vamos, el cuento de
nunca acabar. El síndrome de la vuelta al trabajo, que dicen los que
también viven del cuento.
¡Pues no, señor, mire usted! Que lo del trauma posvacacional es una
pamplina posmoderna que está colando en una sociedad de pícaros, como
la nuestra, donde hay muchos que creen todavía que el trabajo, como
castigo divino a Adán y Eva y a sus descendientes, perjudica la salud.
Así que, menos rollos macabeos, colegas, que el trabajo cansa, sí, pero no mata. Y lo que no mata, engorda, que dice mi tía Federica, la del pueblo.