El verano es tiempo para la informalidad, para romper con lo cotidiano, todo el año siempre lo mismo, sota, caballo y rey. Y se nota, principalmente, en el vestir y en las costumbres. En esos atuendos, muchos de ellos horrorosos, al estilo me la cargué. Que no sabes, al verlos, si reir, llorar o salir corriendo. A tirar de la cadena, claro. Como el otro día en la pizzería La Yema de Oro, donde se comen las mejores pizzas y pastas del SO celtibérico, cuando me veo a una parejita. Ella, moza fermosa de la Finojosa, de toma, pan y moja, colegas. Y el maromo, con una pintorra de aquí te espero, pantalones cortos por debajo de la rodilla, medio calvo, algo
cheposo y luciendo un niki a rayas horizontales negras y verdes –como de haber estado en la trena—, con dos enormes rótulos en negro: Soy (en el pecho) y Tuyo (a la espalda). Soy Tuyo. De la moza de la Finojosa, se entiende. Y la madama, enrollada con unos amiguetes, a lo suyo. Y el prenda, de perrito faldero, esperando que su dama le hiciera algún mohín o carantoña. Pero, qué va, ni puñetero caso. Y es que la española cuando manda es que manda de verdad.
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