El Desfiladero de asfalto

Por El Avisador - 11 de Julio, 2007, 19:58, Categoría: General

Eran las cuatro de la tarde en Santa Marina y el sol castigaba sin piedad a los pocos transeúntes que se atrevían a pasar por el Desfiladero de asfalto. Encrucijada de la avenida de Villanueva con la de Saavedra Palmeiro y República Argentina. El termómetro del lugar marcaba 40º al sol. El poco aire que soplaba, ardiente, te quemaba hasta las pestañas. Cuatro taxis, varados en la parada, sufrían el inclemente sol, en tanto dos taxistas se acurrucaban en un portal, huyendo de la insolación.
Son las 16,30 y el termómetro parece fundirse bajo los rayos del sol despendolado: 45º. Por el Desfiladero de asfalto, cinco lagartos..., digo, cinco viandantes pasaban como zombis vivientes, en tanto media docena de caballos..., digo, de coches cruzaban a toda pastilla, huyendo despavoridos de la canícula pacense.
Son las 17,30 horas y el que suscribe se prepara para el que puede ser su última aventura: ha de atravesar el Desfiladero maldito para entregar una papela a su urólogo de cabecera, allá en Fort Díaz Brito. Bien pertrechado para la ocasión, con su bolsa en bandolera, gorra reglamentaria y empuñando un rifle de repetición..., digo, una botella de agua Los Riscos, se despide de la patronal en la Casa de la pradera, dando instrucciones por si hay que llamar al Séptimo de Caballería..., digo, a la ambulancia del 112. A su paso por el Desfiladero, casi nadie. Dos o tres rostros pálidos amuermados, que no se sabe bien si van o
vienen. Son 43º los que marca el termómetro callejero y hay que hacer una parada para recuperar el resuello y meterse media botella entre pecho y espalda. La poca gente que se ve, pegada a la pared, busca como alma que lleva el diablo la sombra, como los perros. Que no se ve ninguno, por cierto. Todos han desertado.

FORT DÍAZ BRITO
Atravesamos el Desfiladero sin novedad, los indios, con la siesta, no han hecho acto de presencia. Y, llegados a Fort Díaz Brito, entregamos el mensaje al comandante del puesto, que, tras leerlo al detalle, da su aprobación y me estrecha la mano.
--Sin novedad. Hasta el año que viene.
--¡Señor, sí, señor!

Son las 18 horas y, tras el saludo reglamentario, cogemos camino de regreso a la Casa de la pradera, pasando de nuevo por el Desfiladero de la muerte, donde vemos a más rostros pálidos y alguna china, yendo de aquí para allá con abanicos entre las manos. Algunos de ellos se han refugiado en el Saloon de Los Valencianos y están refrescándose ricamente con horchatas y botellines de agua a discreción. Dos yogurines, movilata en ristre, ajenos a la película, están llamando a voces a sus amigotes. El termómetro marca ahora 41º y el barrio comienza a desperezarse del sopor. Los indios no han dado señales de vida y esta noche, con la fresca, hay tiempo para recuperar el resuello de las tensiones del día.

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