Ayer, sábado, con tiempo espléndido, agradable temperatura, aunque algo
fresquita, el todo Badajoz se echó a la calle para disfrutar de los
lugares con especial encanto de la ciudad: paseos, plazas, parques y
jardines, además de las proximidades del río. Castelar estaba como nunca, con cientos de vecinos,
especialmente familias jóvenes con sus pequeñuelos, pasando la tarde
junto a los patos y las palomas del parque, a los que cebarían con
gusanitos y otras chucherías. En tanto otros muchos hacían cola en la
zona de juegos infantiles, tal era la afluencia de niños. El bar,
abierto a la ciudadanía también, contribuiría con sus veladores a la
relajación y al descanso vespertinos.
Pero al salir del parque, que
oímos cómo del Zurbarán cercano vienen aires de boda. Y es que en unas
de sus terrazas una orquestina estaba atacando diversas piezas de los
60, mientras los invitados bailaban y se tomaban las primeras
copichuelas de la noche. Y, mirando, mirando, que no vemos a los
novios. ¿Y dónde andarán?, nos dijimos. Haciéndose las clásicas fotos,
seguro. Mira por dónde que, al pasar por Puerta de Palmas, allí que
estaba la parejita de marras. Acompañada de una corte de fotógrafos
para hacerse las clásicas fotos delante del señorial monumento pacense.
La novia, con un escotazo de aquí te espero, iba blanca y radiante,
como en la canción, en tanto el apuesto maromo, con bigote y perilla,
iba de galán maduro, haciendo una pareja de fotonovela. Y allí que se
harían mil y un arrumacos, cirigoncias, poses y besos para la
posteridad, mientras un buen número de curiosos nos agolpábamos en los
aledaños, dándole a la pestaña que daba gloria. La sesión de fotos se
completaría en la cercana plazuela de La Cruz, en tanto del guateque de
la terraza zurbanesca nos llegaban los compases de Tequila, Si yo
tuviera una escoba, Un rayo de Sol y Eva María. Canciones retro para un
bodorrio posmoderno.
GATOS Y PATOS
La placidez
de la tarde invitaba a seguir el paseo y nos metemos en el puente
Viejo, el de Palmas, muy transitado, por cierto, tal como una calle más
de Badajoz. Y, mirando a diestro y siniestro, comprobamos cómo el
puente más antiguo de la ciudad continúa en estado calamitoso, con sus
paredes pintarrajeadas por los bárbaros posmodernos. Y las placas
conmemorativas del suelo, hechas añicos por algunos descerebrados de
este pueblo, sin que nadie haya osado arreglar tales desmanes. La
Junta, que el Ayuntamiento, y el Ayuntamiento, que la Junta. Que es la
propietaria del puente, por cierto. Y unos por otros, y la casa sin
barrer, y a los vecinos que nos den por saco. Y eso que somos los
contribuyentes. Pero ni puto caso.
El río, con sus aguas tranquilas,
coadyuvaban a la placidez de la jornada, en tanto cientos de aves
acuáticas se enseñoreaban de sus aguas y de la vegetación palustre,
abundantísima en estos tiempos que corren. Como de selva tropical es el
aspecto que ofrecen las orillas del río, tal es la densa vegetación que
las cubre. Y entre tanta fauna ribereña, tengo que dar constancia de
una especie nueva por estos pagos: el felis domesticus pacensis Guadianae.
El gato doméstico pacense del Guadiana. He dicho bien, gato, con g.
Aunque también haya patos, con p. Y es que, de manera insólita, junto a
las isletas por bajo de los primeros ojos del puente, hay una familia
de gatos. No sé si bien o mal avenida, pero gatos, haberlos, haylos. Y
llevan allí la intemerata. Hartos de vivir con los hombres, que les dan
mala vida. Gatos que se largan con viento fresco, que la vida está muy
perra, por cierto.
Gatos hambrientos que buscan peces, tal vez, uno de sus platos
favoritos, a la orillita misma del río, que saben mejor que los que
vienen en lata. Gatos cazadores de patos, que también se ven, que los
hay a decenas. Y es que el Guadiana, a su paso por Badajoz, se está
convirtiendo en una reserva de patos. Por lo que es muy frecuente ver
la escena de mamá pata, seguida de ocho patitos, haciendo cuá, cuá,
cuá. Así y todo, tanta patochada no nos impide contemplar desde el
puente unas vistas extraordinarias del Casco histórico de la ciudad, su
silueta urbana, al norte, o las puestas de Sol, hacia poniente, cuando
el día camina hacia su ocaso por Portugal.
Visto
lo visto, Badajoz, en las tardes primaverales, paseando por sus
parques, cruzando el puente o a la orilla del río, es un oasis de paz y
tranquilidad que no tiene precio, colegas.