El histórico paseo de San Francisco, en estas fechas alto-primaverales,
está de dulce. Es una gozada, tanto a media mañana como por la tarde,
verlo lleno de gente, especialmente familias con sus pequeñines. Muchos
de ellos en sus carritos de bebés. Un espacio de paz y tranquilidad
como pocos hay en Badajoz. Un sitio de paso, de ida y vuelta al Centro
a los quehaceres propios de la vida diaria. Con sus encantos naturales
en forma de setos, jardincillos, rincones y flores restallantes de
color y de vida. Incluyendo la graciosa fuente circular que rodea el
templete de la Música, con sus chorritos acuáticos, motivo de
distracción de nuestros pequeñuelos. Que, en cuanto les dejan, se van
tras ellos, tal es la atracción que sienten nuestros chiquininos por el
agua. Con el personal de edad sentado en sus bancos de forja o en sus
espléndidos bancos decorados con azulejerías, con escenas del
Descubrimiento, aunque algunos descerebrados de este pueblo hayan
plantado en algunos la marca de sus grafitis.
Y es por la tarde, a
la salida de las muchas actividades relacionadas con la enseñanza
--actividades extraescolares, deportivas, clases particulares...--,
cuando el paseo ofrece una estampa magnífica. Con decenas de niños
jugando a la pelota, a policías y ladrones, a España y Portugal, a
rescatar, a esconderse, a hacer carreras con los patines, a la comba, a
los cromos, a las muñecas... Vigilados muy de cerca, eso sí, por sus solícitas madres
o por las chicas del servicio. Sudamericanas muchas de ellas, con su
planta y su tez inconfundibles.
Siendo común la escena donde las
mozas les están dando el biberón o la merendola a sus pupilos. Incluso,
con el bibe en una mano y el móvil en la oreja, sin despeinarse, sin caérseles los anillos, todo a
la vez, mientras sus retoños rechupetean o meriendan que da gloria
verlos.
Y atrás queda para el recuerdo la vieja estampa de las
fámulas pacenses, con sus cofias y delantales blancos, llevando el
carrito por el paseo, seguidas de una corte de reclutas pueblerinos y
militares sin graduación de Infantería, Caballería o Ingenieros, cuando
en Badajoz teníamos la guarnición intramuros. Lanzándoles piropos, haciéndoles cucamonas,
arrimándose a las jóvenes marmotas y dándoles los pellizquitos y las
palmaditas en el trasero que fueran menester.
La esplendidez de la
jornada se ve completada con la presencia de los veladores de uno de
los kioscos, el de la familia Silva, que lleva en el lugar casi dos
décadas, concretamente, desde 1978. Por el contrario, el de la
recordada familia Martínez continúa cerrado a cal y canto, esperando
que sus nuevos administradores lo pongan en servicio.
Cuando los
rayos solares empiezan a declinar, sobre las nueve de la noche, las
familias y los carritos, con sus bebés somnolientos y los pequeñuelos derrotados de tanto trajín, se recogen. Han
pasado una tarde estupenda en San Francisco y, ahora, a casita, que hay
que bañarse o lavarse los caretos y las manos, que la cena estará a punto. Que mañana será otro día.