Ocurrente y en su punto lo del botijo de Hacienda. A mi me ha despertado recuerdos de otros botijos y otros tiempos de mi niñez, de veranos pasados en los campos de Proserpina y Villagonzalo. En aquellos mediados años sesenta, Proserpina era una estación de Renfe, en medio del campo extremeño, riachuelo cercano, transido de olor de adelfas al llegar las dos luces del atardecer.
La estación cobraba vida después del calor quejoso de la siesta. Hasta allá se acercaban todos los habitantes de los alrededores, el peón de la casilla de vías y obras, los guardeses de la finca El Cuarto la Jara, la Guardia civil caminera, el pastor, el furtivo, el guarda forestal y junto con el personal de la Estación, se sentaban alrededor de la acacia, frente a la puerta de la oficina del factor, en la que lucía un hermoso quinqué de petroleo. Colgado de un gancho, en el árbol, un espléndido botijo blanco, elegante y serio, de piporro recio y enorme asa, tan pesado que más de uno se golpeaba los dientes al beber.
Allí suspendido, presidía la reunión hasta altas horas de la noche, interrumpida por una cena informal a base de peces, alguna que otra aguanieves y un vinillo sin etiqueta que traian los civiles de La Zarza. Un pequeño transistor de plástico verde era la única banda musical que completaba la reunión, a veces aumentada con el factor de Renfe que venía a dar los descansos, gordito y simpático, represaliado por su militancia republicana, que de vez en cuando lanzaba sus indirectas a
la pareja de civiles. De nombre Arias, en aquellas veladas me fue dejando una colección singular de historias, entonces prohibidas o susurradas a media voz, que quedaron escritas en el cuaderno de mi
memoria. De vez en cuando, silencio y mirada a las estrellas y al botijo, suspendido sobre nuestras cabezas como un lámpara de Versalles. Escuché cuentos de lobos, pantarujas y a un pastor que le gustaba recitar aquello de Antonio Machado: "Por el olivar, se vió a la lechuza volar y volar...".
Tenía el tal pastor un corralillo con animales en medio del monte y arrestos para dar y tomar. Una vez sorprendió a una zorra vieja entrando en el gallinero y --al menos eso se contaba-- la cogió de improviso con sus propias manos y, reprendiéndola, le atizó una colleja de primera categoría y la soltó al monte...
A veces, cuando veo en alguna fotografía o en una tienda de esas que ahora llaman boutiques de artesanía, un botijo de esos, me pregunto dónde han ido esos momentos, en los que la gente, hablando, nos veiamos crecer alrededor de un botijo de Estación blanco, colgado de una acacia, árbol que todavía sigue acompañando a una Estación muerta.
Gracias, Pedro, por despertar el recuerdo. Pepe Rabanal Santander
peperabanal@yahoo.es