30 de Mayo, 2007
Recordando Punta Umbría
"Puntumbría", qué bonita parte de España en
aquellos años en los que había que quedar el coche en el puerto de Huelva
e ir en la canoa, porque no había carretera, se dejaba en junio se volvía a
finales de agosto y el coche seguía donde lo habías quedado. Recuerdo la ilusión
cuando llegó la primera canoa de dos pisos, que se llamó "Chimbito", pero ahora
han cambiado mucho las cosas, cosas del tiempo y su transcurso.
Saludos.
Antonio González Lena agonzalezl@acotel.es
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Las tardes en San Francisco
El histórico paseo de San Francisco, en estas fechas alto-primaverales,
está de dulce. Es una gozada, tanto a media mañana como por la tarde,
verlo lleno de gente, especialmente familias con sus pequeñines. Muchos
de ellos en sus carritos de bebés. Un espacio de paz y tranquilidad
como pocos hay en Badajoz. Un sitio de paso, de ida y vuelta al Centro
a los quehaceres propios de la vida diaria. Con sus encantos naturales
en forma de setos, jardincillos, rincones y flores restallantes de
color y de vida. Incluyendo la graciosa fuente circular que rodea el
templete de la Música, con sus chorritos acuáticos, motivo de
distracción de nuestros pequeñuelos. Que, en cuanto les dejan, se van
tras ellos, tal es la atracción que sienten nuestros chiquininos por el
agua. Con el personal de edad sentado en sus bancos de forja o en sus
espléndidos bancos decorados con azulejerías, con escenas del
Descubrimiento, aunque algunos descerebrados de este pueblo hayan
plantado en algunos la marca de sus grafitis. Y es por la tarde, a
la salida de las muchas actividades relacionadas con la enseñanza
--actividades extraescolares, deportivas, clases particulares...--,
cuando el paseo ofrece una estampa magnífica. Con decenas de niños
jugando a la pelota, a policías y ladrones, a España y Portugal, a
rescatar, a esconderse, a hacer carreras con los patines, a la comba, a
los cromos, a las muñecas... Vigilados muy de cerca, eso sí, por sus solícitas madres
o por las chicas del servicio. Sudamericanas muchas de ellas, con su
planta y su tez inconfundibles. Siendo común la escena donde las
mozas les están dando el biberón o la merendola a sus pupilos. Incluso,
con el bibe en una mano y el móvil en la oreja, sin despeinarse, sin caérseles los anillos, todo a
la vez, mientras sus retoños rechupetean o meriendan que da gloria
verlos. Y atrás queda para el recuerdo la vieja estampa de las
fámulas pacenses, con sus cofias y delantales blancos, llevando el
carrito por el paseo, seguidas de una corte de reclutas pueblerinos y
militares sin graduación de Infantería, Caballería o Ingenieros, cuando
en Badajoz teníamos la guarnición intramuros. Lanzándoles piropos, haciéndoles cucamonas,
arrimándose a las jóvenes marmotas y dándoles los pellizquitos y las
palmaditas en el trasero que fueran menester. La esplendidez de la
jornada se ve completada con la presencia de los veladores de uno de
los kioscos, el de la familia Silva, que lleva en el lugar casi dos
décadas, concretamente, desde 1978. Por el contrario, el de la
recordada familia Martínez continúa cerrado a cal y canto, esperando
que sus nuevos administradores lo pongan en servicio. Cuando los
rayos solares empiezan a declinar, sobre las nueve de la noche, las
familias y los carritos, con sus bebés somnolientos y los pequeñuelos derrotados de tanto trajín, se recogen. Han
pasado una tarde estupenda en San Francisco y, ahora, a casita, que hay
que bañarse o lavarse los caretos y las manos, que la cena estará a punto. Que mañana será otro día.
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El botijo en los trenes
Pepe, entrañables recuerdos. Leyéndolo parece que es el prólogo de una
novela costumbrista. Magnífica la descripción. Tus recuerdos ya sirven
para empezar una película donde el pastor fuera tipo "landismo", o sea,
Alfredo Landa. Yo recuerdo los botijos en los trenes correos de
Badajoz-Madrid. Por Ciudad Real ya era de madrugada y estaban vacíos.
Las tortillas, el chorizo, las chuletas de cordero empanadas, daban sed
y mi padre se bajaba en la Estación de Algodor para llenarlo. El agua
sabía diferente. Una vez, ya de joven, por Linares-Baeza, en un
tren-automotor, el Ter, casi lo pierdo, me bajé para beber en el botijo
de la fonda y el tren se iba, menos mal que yo, por aquellas fechas,
dominaba el asunto del ferrocarril.
Un cordialisímo saludo de
Valentín. Punta Umbría.
Valentín Rodríguezvalentinpacense@gmail.com
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Ya somos dos
Pedro, para el día de la manifestación del botijo de
"Hacienda", cuenta con mi presencia. Ya somos dos.
Un abrazo.
Cipriano Sánchez Pesquero csap0006@guindo.pntic.mec.es
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Lo que menos vale, más caro cuesta
En esta singladura postelectoral, media España anda desquiciada
buscando pactos, arreglos y apaños para ver quién se lleva la varita de
alcalde, quien pone sus posaderas en la poltrona dorada. Que en muchos
municipios los grandes partidos andan empatados a bastantes concejales
y la decisión final está ahora en manos de algunos partidos
minoritarios, que tienen uno sólo. Y ahora estamos viendo el
espectáculo deprimente de que el último de la fila se está chuleando a
los más votados, haciéndoles tragar con ruedas de molino. Que manda
huevos que te llegue el último mono de la banasta y te diga: --O tody o nada. --Tody --que te dicen los otros, por la cuenta que les tiene.
Pues esto está pasando también en Extremadura, con muchos ayuntamientos
acojonados, pendientes del partido menos votado, como son los casos de
Cáceres, Zafra, Plasencia y Trujillo, entre otros muchos lugares. Todo
muy democrático, muy "in", si queréis, pero me parece una ofensa al
sentido común que los que menos valen se trajinen a los partidos con
mayor representación. Por lo que hay que abolir de inmediato la Ley
electoral que tenemos y sacar otra donde, en casos de igualdad
manifiesta, se vaya a una segunda vuelta a la semana siguiente. O que
gobierne la lista más votada, que también podría ser. Todo menos dejar
el juguete en manos de partidos minoritarios, con un sólo candidato. Y
mientras llega el cambio, "ajo" y "agua". Y es que lo que menos vale,
más caro cuesta. ¿Será posible?
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Dársela con queso
Esta
noche se celebra en Badajoz un festival gastronómico de altura,
teniendo a los quesos extremeños como los grandes protagonistas. ITAE,
la Escuela de Negocios de Extremadura, ha organizado una
cena-degustación en su Quincena del Queso, dentro de su programa Badajoz. Año Gastronómico 2007/2008. Esta cena se celebra en el restaurante Restoval, abierto no ha mucho en la calle Fernández de la Puente. La cena estará elaborada por cinco de los mejores restaurantes de Badajoz: Hebe, Lugaris, Restoval, Los Monjes y Aldebarán. Habrá también una cata de quesos y de vinos. Todo un espectáculo para los sentidos. El menú estará compuesto por los siguientes platos:
Aperitivo: Ensalada de queso de cabra (Aldebarán) Rulito de cabra caramelizada con guacamoles, vinagreta y frutos secos (Hebe) Boletus salteado con jamón y suave aroma de la Serena (Lugaris) Lubina a la Plancha con romero sobre bolsita de queso y puré de judión con aceite de remolacha (Restoval l) Crujiente de retinto a los cuatro quesos con membrillo y nueces sobre manzana caramelizada (Los Monjes) Postre: Tarta de queso con nueces y miel (Aldebarán)
Según mis datos, las plazas llevan ya muchos días con lista de espera
y hay bofetadas por acceder a la fiesta del queso de hoy, 30 de mayo,
día de San Fernando, por cierto, "patrón" de los peatones, de los que,
día a día, tienen que coger "el tren de San Fernando", unos ratos a pie
y otros, andando. Pero, como dice el refrán, "con buen queso y
mejor vino, más corto se hace el camino".
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Libro póstumo de Fernando T. Pérez González
Esta tarde se presenta en La Económica el libro póstumo de Fernando T. Pérez González, El pensamiento de José Álvarez Guerra.
El acto contará con la presencia del consejero de Cultura, Francisco
Muñoz Ramírez, y de la doctora en Historia, Carmen Araya Iglesias. La
obra trata sobre el bisabuelo zafrense de los hermanos
Machado, Manuel y Antonio, Antonio y Manuel. Álvarez Guerra fue una
personalidad muy interesante del siglo XIX, y el libro de Pérez
González, fallecido ha poco, ha sido editado por la Editora Regional,
que lo ha hecho a modo de homenaje a quien fuera su director largos
años.
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El Casco Antiguo se mueve
A nivel de iniciativas privadas, el Casco Antiguo se está moviendo, con
la apertura de numerosos locales en la zona. Principalmente hosteleros,
que la asignatura pendiente que tiene la zona son los comerciales, que
abren pocos o con lentitud. Y es que el otro día, paseando por el
Centro histórico de la ciudad, pude observar cómo van a abrir el Gran
Café de la Prensa, frente a las Descalzas y al lado de Capitanía
General, en lo que fue Florchary. También, cómo por encima de Doña
Purita, de los Pintiado, en Meléndez Valdés, han abierto un Cash and
Carry, también de los Pintiado. Y la sensación del sector, que hace dos
semanas que ha abierto sus puertas Odre y Hogaza, taberna-brasería, en
la amplia colchonería que había en la calle Larga, con esquina a
Meléndez Valdés. Item más, en la calle de la Soledad, otro nuevo local,
Tapitas Caprichos, y en la calle Larga, Jimar, arreglos artesanos.
Aparte de la taberna taurina Cossío, por encima de La Corchuela, y La
Tapita portuguesa, en la calle Vicente Barrantes. Pero también hay
noticias negativas y es que el antiguo Artex, en el 26 la calle de la
Soledad, frente a la tienda fotográfica, Museo, Exposición, etc. de Juan Carlos
Vidarte, se vende. El de la hermosa fachada labrada en madera de los
antiguos Muebles Ramón Salas --que hoy goza de protección
histórico-artística--, abiertos en 1927, con unas añejas leyendas que
se conservan todavía: "Gabinetes-Comedores-Despachos-Alcobas". Pero
la calle que está teniendo una mayor revitalización y que se merece una
atención especial, es la de Felipe Checa (Larga), esa que empieza en un
local de las antiguas Carnicerías Reales, con un escudo pétreo de la
ciudad, fechado en 1768, y termina en la fachada de la Diputación
Provincial, junto a la escalinata que comunica con la Calle Mayor.
Calle estrechísima, de paso de toda la vida, sin apenas latido
comercial y hostelero --recordemos, no obstante, la vetusta librería Doncel, de Alfonso Doncel, el hotel Simancas y las galerías Peysan--, resulta
que se está poniendo de moda por los numerosos locales que se están
aperturando hoy día. Los tiempos cambian y los negocios, también.
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El botijo blanco
Ocurrente y en su punto lo del botijo de Hacienda. A mi me ha despertado recuerdos de otros botijos y otros tiempos de mi niñez, de veranos pasados en los campos de Proserpina y Villagonzalo. En aquellos mediados años sesenta, Proserpina era una estación de Renfe, en medio del campo extremeño, riachuelo cercano, transido de olor de adelfas al llegar las dos luces del atardecer. La estación cobraba vida después del calor quejoso de la siesta. Hasta allá se acercaban todos los habitantes de los alrededores, el peón de la casilla de vías y obras, los guardeses de la finca El Cuarto la Jara, la Guardia civil caminera, el pastor, el furtivo, el guarda forestal y junto con el personal de la Estación, se sentaban alrededor de la acacia, frente a la puerta de la oficina del factor, en la que lucía un hermoso quinqué de petroleo. Colgado de un gancho, en el árbol, un espléndido botijo blanco, elegante y serio, de piporro recio y enorme asa, tan pesado que más de uno se golpeaba los dientes al beber. Allí suspendido, presidía la reunión hasta altas horas de la noche, interrumpida por una cena informal a base de peces, alguna que otra aguanieves y un vinillo sin etiqueta que traian los civiles de La Zarza. Un pequeño transistor de plástico verde era la única banda musical que completaba la reunión, a veces aumentada con el factor de Renfe que venía a dar los descansos, gordito y simpático, represaliado por su militancia republicana, que de vez en cuando lanzaba sus indirectas a la pareja de civiles. De nombre Arias, en aquellas veladas me fue dejando una colección singular de historias, entonces prohibidas o susurradas a media voz, que quedaron escritas en el cuaderno de mi memoria. De vez en cuando, silencio y mirada a las estrellas y al botijo, suspendido sobre nuestras cabezas como un lámpara de Versalles. Escuché cuentos de lobos, pantarujas y a un pastor que le gustaba recitar aquello de Antonio Machado: "Por el olivar, se vió a la lechuza volar y volar...".
Tenía el tal pastor un corralillo con animales en medio del monte y arrestos para dar y tomar. Una vez sorprendió a una zorra vieja entrando en el gallinero y --al menos eso se contaba-- la cogió de improviso con sus propias manos y, reprendiéndola, le atizó una colleja de primera categoría y la soltó al monte... A veces, cuando veo en alguna fotografía o en una tienda de esas que ahora llaman boutiques de artesanía, un botijo de esos, me pregunto dónde han ido esos momentos, en los que la gente, hablando, nos veiamos crecer alrededor de un botijo de Estación blanco, colgado de una acacia, árbol que todavía sigue acompañando a una Estación muerta. Gracias, Pedro, por despertar el recuerdo. Pepe Rabanal Santander peperabanal@yahoo.es
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