30 de Abril, 2007
La moraleja de las fábulas
Mucha gente cree todavía que las fábulas forman un género literario
dedicado a los niños. Sin embargo, aunque se publiquen muchas de ellas
con nuestros pequeñuelos como destinatarios, en sus orígenes, al igual
que otras piezas literarias, como los cuentos, iban dedicadas a los
adultos, incluyendo una moraleja final como apólogo o enseñanza.
Lección que se debería sacar del cuentecillo contado, en forma poética
y con los animales, sus principales personajes, hablando como si tal
cosa. Y, como ejemplo, baste el librillo Fábulas,
de Tomás de Iriarte y Félix María de Samaniego (Badajoz, Indugrafic,
2007), que ha sacado recientemente el diario HOY y la consejería de
Cultura, dentro de su Plan de Fomento de la Lectura de Extremadura, y
perteneciente a la Biblioteca Menor. Y tomando algunas de ellas, me
quedo con sus moralejas, porque, haciendo una lectura inteligente,
resulta que pueden aplicarse perfectamente al mundo que vivimos y,
sobre todo, al de los pícaros, biempagaos, fanfarrones y cantamañanas
que nos rodean, que son legión.
1. El Burro flautista (Iriarte) Sin reglas del arte, borriquitos hay que una vez aciertan por casualidad.
2. La Mona (Iriarte) Pero sin ir a Tetuán, también acá se hallarán monos que, aunque se vistan de estudiantes, se han de quedar como eran antes.
3. El pato y la serpiente (Iriarte) Y así tenga sabido que lo importante y raro no es entender de todo, sino ser diestro en algo.
4. La abeja y los zánganos (Iriarte) ¡Cuántos pasar por sabios han querido con citar a los muertos que han sido! ¡Y qué pomposamente que los citan Mas pregunto yo ahora: ¿los imitan?
5. La lechera (Samaniego) No anheles impaciente el bien futuro, mira que ni el presente está seguro.
6. El parto de los montes (Samaniego) Hay autores, que en voces misteriosas, estilo fanfarrón y campanudo, nos anuncias ideas portentosas; pero suele a menudo ser el gran parto de su pensamiento, después de tanto ruido, sólo viento.
7. Congreso de los ratones (Samaniego) Proponen un proyecto sin segundo; lo aprueban: hacen otro. ¡Qué portento!, pero ¿la ejecución? Ahí está el cuento.
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Las traseras de Simago
La plaza de la Libertad, en la intersección de la ronda del Pilar, la
calle Correos, la avenida de Huelva y la avenida de Ramón y Cajal,
constituye hoy día uno de los sitios más frecuentados del todo Badajoz.
Zona de paso entre el Casco antiguo, el intramuros de antaño, con la
zona de expansión de Santa Marina. Encrucijada, por cierto, donde estuvo ubicado el baluarte de
San Juan, destruido sin dejar rastro. Y esta plazoleta, además del
trasiego diario de gente, es parada obligatoria de muchísimos
autobuses. Los del servicio municipal de buses urbanos y, lo que mucha
gente desconoce, los de los famosos "servicios discrecionales" de las
incontables empresas de autobuses que radican en la capital y
provincia. Y es que este lugar, por su privilegiada situación, es el
punto de salida y llegada de numerosos autobuses a lo largo del día,
sobre todo, en los fines de semana. Con miles de viajeros que van y
vienen. Y el sitio, en las proximidades de Correos, todavía sigue
conociéndose como "las traseras de Simago". Emblemático gran almacén de
las décadas de los 70, 80 y 90 que ocupara el lugar del histórico
Cuartel de Ingenieros, de finales del XVIII, desaparecido en la segunda
mitad de la década de los 60. Cuya portada, por cierto, puede admirarse
hoy día en el jardín del Museo de Bellas Artes de Badajoz. Pues bien, a
pesar de que Simago fue reemplazado hace años por otro gran almacén, el
Eroski, la gente en Badajoz, a la hora de quedar para salir de viaje en
autobús sigue diciendo que "se sale de las traseras de Simago".
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Una de princesas sin castillo y marineritos sin barco
A Clarita, en el día de su Primera comunión
Ayer domingo, con tiempo espléndido y grata temperatura, con medio Badajoz vacío por el puente de mayo y el otro medio, de primeras comuniones, fue digno de verse alrededor de las iglesias y colegios religiosos de la ciudad una legión de princesas sin castillo y de marineritos de tierra adentro y sin barco. Y es que en Badajoz no tenemos castillos de Irás y No volverás ni puerto de río, que somos de tierra adentro. Ellos, vestidos de pulcros marineritos, con y sin graduación, donde destacaban sus ternos blancos y azules. Y ellas de blanco purísimo, de novias, pero en miniatura. Y, claro es, luciendo la chiquillería --sobre los 10 añitos-- con propiedad sus pequeñas joyas, en forma de pendientes, medallas, pulseras y anillos. Y en el colegio de los Hermanos Maristas, donde ayer hacía su Primera comunión mi nieta Clara, la capilla se puso a rebosar, con incontables familiares y amigos dando calor a los once primerizos. Todos muy peripuestos, de tiros largos y tal. Como Dios manda. Y después de una emotiva ceremonia, oficiada por el nunca bien ponderado fray Paco López, capellán del colegio, vinieron los miles de besos, abrazos y achuchones a las criaturas, además de los millones de fotos reglamentarias. Incluidas las de los respectivos grupos familiares, donde aparecían, hasta en sillas de ruedas, las bisas, las bisabuelas, que no quisieron perderse tan emotivo momento. Y, después, cada mochuelo a su olivo, desparramándose, al igual que cientos de familias de la ciudad, por los mejores salones de los hoteles y restaurantes de la capital y las afamadas ventas del extrarradio. Que se pondrían de bote en bote. Pero antes del ruidoso ágape familiar había que darse una sesión de fotos en algunos de nuestros atractivos parques y jardines, ideales en esta época primaveral, con sus flores, setos, arboledas y césped bien relucientes. Ritual muy similar que ponen en práctica también nuestras parejas de novios después de su boda.
FIESTA FAMILIAR Y tras la comida opípara, donde no faltan nunca las buenas viandas y los caldos de la tierra, la entrega de regalos, donde en estos tiempos que corren las estrellas suelen ser el móvil de última generación, la MP-4, la videoconsola, el reloj deportivo, la cámara digital extraplana, etc., además de las muñecas, los balones, las biblias infantiles y los estuches de mil y un rotuladores y lápices de colores. Desde el blanco hasta el negro, todos. Los niños, por su parte, tienen algunos detalles con sus invitados: además de los recordatorios y las estampas de rigor, unos pequeños regalos, que suelen variar si uno es una dama o un caballero. Mientras se hace el reparto, hay tiempo para firmar en el Libro de Primera comunión de nuestros pequeñuelos, estampando esas emotivas dedicatorias donde suele ponerse: "A Borja Mari, el niño más bueno del mundo, en el día más feliz de su vida". En los mejores sitios, un grupo de payasos anima la función por la tarde. Y, acabada la misma, recogida la "dolorosa", la cosa continúa en algún establecimiento público del extrarradio, especialmente los que tienen atracciones infantiles en el exterior, para tomarse una copa, un refresco o un café. Hasta que el día comienza a declinar, momento en que nuestros niños y niñas de Primera comunión, acompañados de su séquito, se retiran a descansar a sus aposentos. Jornada religiosa, familiar y festiva a la vez que quedará marcada en la vida de nuestros pequeñuelos. Ahí es nada, rodeados de los suyos, han hecho su Primera comunión, han recibido el Pan de los ángeles, ha sido el día más feliz de su vida.
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Pinturas de Sophia Albal en el Gran Casino
En la Sala de usos culturales del Gran Casino Extremadura anda expuesta una muestra pictórica de la madrileña-murciana Sophia Albal, inaugurada el pasado 19 con el poético título de "Entre besos y raíces". Con 19 cuadros, precisamente, al óleo sobre lienzo y a la témpera sobre cartón, y dedicados a paisajes, marinas e interiores. Destacando sus bosquecillos bucólicos, bulevares y parques ensoñadores. Obras de reciente factura, fechadas en 2006 y 2007. Sophia Albal, en proceso de formación como pintora, a la búsqueda de un estilo que la defina, con una formación artística, musical y dramática destacada, da clases en la actualidad en la Facultad de Bellas Artes de Valencia. La muestra estará abierta hasta el 12 del próximo mes de mayo.
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