O forte da Graça é muito forte
Con el Forte da Graça a la vista, que bien poco se veía, soterrado como
está, la expedición de los campesino-boys se aprestaba para la
ascensión. Alguno iba escamado, no ya por los 368 metros y el repecho
ascendente, que ni la subida al Tourmalet, vamos. Que ya se
estaban contando historias sobre los que entraban y no regresaban, sobre fantasmas de aparecidos y almas en pena, además de
otras historias truculentas sobre prisioneros y mazmorras, que ni El
Conde de Montecristo ni Papillon. Pero yendo con el líder del Partido
de la liebre, nuestro ínclito Manuel Antonio, no habría problemas para
salir a escape a la menor ocasión de peligro. Conque nos
santiguamos, nos encomendamos a los Santos patronos del triángulo
abaluartado guadianero --San Juan, por Badajoz, Ntro. Señor de los
Pasos, por Olivenza, y San Mateo, por Elvas--, para decir eso tan
clásico: --Y que sea lo que Dios quiera. Tomó el mando de la
tropilla Domingos Bucho, el de Portalegre, que, de trecho en trecho, y
cual mariscal de campo que dirige el ataque a la fortaleza, nos iría
explicando en portuñol cómo se debía uno aproximar sin que los
fusileros del castillo te descerrajaran un balazo en la cabeza. Y,
subiendo las rampas, tiempo para recuperar el resuello, coger
florecillas, espárragos y hacer dos mil fotos, que las vistas de Elvas
son impresionantes desde esta atalaya, incluyendo la zona abaluartada,
la nueva ciudad y el espectacular acueducto de Amoreira, santo y seña de la villa portuguesa. De postal de
las caras. Y, ya a la entrada, que el Domingos reúne a sus huestes, dispersas tras la larga subida,
que estamos delante de la entrada, impresionante, ciclópea, con un
espantoso grifo y un dragón rodeado de cañones y bombas de artillería
en el frontispicio. Como para salir corriendo. Pero, hete aquí, que las
puertas están abiertas y nadie sale a recibirnos. Ni el alcaide, ni el
gobernador ni el propio regidor de Elvas, el del pelo blanco, nuestro
ínclito José Rondão. Parece una fortaleza sin dueño, un castillo abandonado. Y entramos, siempre
mirando a nuestra retaguardia, por si las moscas y los moscardones. Y
nuestro mariscal en jefe, el tal Domingos, que empieza a darnos una
lección sobre esta gigantesca construcción militar, aparentemente deshabitada,
mandada construir en 1763 por el conde de Lippe, Mariscal General del
Ejército portugués, que se concluiría a finales de siglo,
concretamente, en 1792, bajo la dirección de los
ingenieros franceses Etienne y Valleré. Obras en las que intervendrían
6000 hombres y 2000 animales, según cuentan las crónicas. El Fuerte da Graça está rodeado de un foso profundo y ancho que, en conjunción con sus cuatro baluartes y respectivas murallas, forman un cuadrado casi imposible de penetrar cuando es asediado. Inexpugnable, imbatible, obra
excepcional, la joya de la corona de la arquitectura militar europea de su tiempo. Y allí que nos da precisos detalles de sus elementos y de la
dificultad tanto de entrar como de discurrir por su interior: sus
baluartes, con sus muros en escarpa, fosos, revellines, hornabeques,
galerías de tiradores, cañoneras, galerías en zig zag, túneles...
Fuerte que serviría, ya en los últimos siglos, como prisión militar y política,
concretamente, hasta 1989, o séase, antes de ayer.
¡HOME DO CASTELO! Y pasado uno de
los fosos, que topamos con otro gigantesco portón, cerrado a cal y
canto. Sin timbres ni nada, que hay que llamar dando porrazos. Así que
nuestro Marco Antonio, que se conoce el terreno como pocos,
aprovecharía para gritar a pleno pulmón: --¡Home do castelo! ¡Home do castelo! Y
tras larga espera que aparece un soldadito pelado a cero, Luis le
llaman, uno de los dos que se encargan de vigilar el sitio por parte
del Ejército, para que no se desmorone ni lo destruyan las gentes de
mal vivir. Con servicio de vigilancia que dura 24 horas, exactamente,
turnándose por parejas. Y, conseguidas las autorizaciones pertinentes,
que la tropilla entra con dificultades por un portillo y comienza la
visita de salas, estancias, salones y demás, casi a oscuras, que allí
no hay luces. Son las dependencias que ocupaban los oficiales y el
alcaide, las de mejor traza, porque las mazmorras con los prisioneros
estaban en otra parte, bien alejadas, como si tratara de apestados. Y
en uno de los inmensos salones pudimos divisar en sus paredes, a la luz
de una linterna, enormes escudos y orlas, con textos y leyendas
patrióticas y legendarias, fechadas, unas, en 1939 y, otras, en 1959.
Uno de 1939 reproducía el escudo de Elvas y parte de la conocidísima
leyenda pacense El estandarte del Corpus (o La caldera del portugués),
pero contada por los elvenses, que le darían otro final, claro. Y otros
contenían textos como éste:
Forte-Graça A pátria é uma hèrença sagrada que devemos transmitir intacta aos nossos descendentes. 1959.
Un miedoso dijo que si había fantasmas, que se quería ir a su casa. Y nuestro mariscal en jefe, inasequible al desaliento, que había que seguir hasta conquistar la fortaleza. Y, a través de estrechísimas escaleras,
sin barandas algunas, fuimos subiendo de planta en planta hasta llegar a la terraza superior,
donde las vistas eran únicas, soberbias, maravillosas. Inenarrable la
impresión que nos causó a todos, como para quedarse sin habla, haciendo miles de fotos desde este
observatorio privilegiado. Viéndose en lontananza, al Este, Badajoz,
además de los distintos sectores urbanos de Elvas y sus pequeñas feligresías:
Barbacena, Santa Eulalia, San Vicente, Villa Boim, Terrugem... Y,
como fin de fiesta, que se acercaba el ocaso, allí pudimos contemplar,
gratis total, por la cara, una de las puestas de Sol más maravillosas
que uno recuerda en su vida, siempre con el astro rey ocultándose por
Poniente.
EL REGRESO Era la hora de regresar, que llevábamos una hora de más
sobre el horario previsto. Salimos de la fortaleza, nos despedimos del
soldadito portugués y vimos con satisfacción que nadie se había perdido
por alguno de sus muchos pasillos, rincones y galerías. La bajada, casi
al trote cochinero, nos llevaría al autobús de Aníbal, que nos traería
a nuestros lares. No sin antes ver cómo el genial Manuel Antonio se
despedía dando abrazos y besos a diestro y siniestro, como si fuera el
mismísimo regidor de la villa. Jornada gratísima, ambiente estupendo y
objetivo cumplido. En
el camino de regreso, con agujetas hasta en el carné de identidad y la
cámara rebosante de fotos, iba uno reflexionando sobre esta visita. Que ha sido la leche, lo nunca visto, el no va más, la repera limonera. Pero como rúbrica me quedo con esta frase para la posteridad, escrita en portugués, que es lo suyo:
O forte da Graça é muito forte.
He dicho.
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