O forte da Graça é muito forte

Por El Avisador - 27 de Marzo, 2007, 17:15, Categoría: General

Con el Forte da Graça a la vista, que bien poco se veía, soterrado como está, la expedición de los campesino-boys se aprestaba para la ascensión. Alguno iba escamado, no ya por los 368 metros y el repecho ascendente, que ni la subida al Tourmalet, vamos. Que ya se estaban contando historias sobre los que entraban y no regresaban, sobre fantasmas de aparecidos y almas en pena, además de otras historias truculentas sobre prisioneros y mazmorras, que ni El Conde de Montecristo ni Papillon. Pero yendo con el líder del Partido de la liebre, nuestro ínclito Manuel Antonio, no habría problemas para salir a escape a la menor ocasión de peligro.
Conque nos santiguamos, nos encomendamos a los Santos patronos del triángulo abaluartado guadianero --San Juan, por Badajoz, Ntro. Señor de los Pasos, por Olivenza, y San Mateo, por Elvas--, para decir eso tan clásico:
--Y que sea lo que Dios quiera.
Tomó el mando de la tropilla Domingos Bucho, el de Portalegre, que, de trecho en trecho, y cual mariscal de campo que dirige el ataque a la fortaleza, nos iría explicando en portuñol cómo se debía uno aproximar sin que los fusileros del castillo te descerrajaran un balazo en la cabeza. Y, subiendo las rampas, tiempo para recuperar el resuello, coger florecillas, espárragos y hacer dos mil fotos, que las vistas de Elvas son impresionantes desde esta atalaya, incluyendo la zona abaluartada, la nueva ciudad y el espectacular acueducto de Amoreira, santo y seña de la villa portuguesa. De postal de las caras.
Y, ya a la entrada, que el Domingos reúne a sus huestes, dispersas tras la larga subida, que estamos delante de la entrada, impresionante, ciclópea, con un espantoso grifo y un dragón rodeado de cañones y bombas de artillería en el frontispicio. Como para salir corriendo. Pero, hete aquí, que las puertas están abiertas y nadie sale a recibirnos. Ni el alcaide, ni el gobernador ni el propio regidor de Elvas, el del pelo blanco, nuestro ínclito José Rondão. Parece una fortaleza sin dueño, un castillo abandonado. Y entramos, siempre mirando a nuestra retaguardia, por si las moscas y los moscardones. Y nuestro mariscal en jefe, el tal Domingos, que empieza a darnos una lección sobre esta gigantesca construcción militar, aparentemente deshabitada, mandada construir en 1763 por el conde de Lippe, Mariscal General del Ejército portugués, que se concluiría a finales de siglo, concretamente, en 1792, bajo la dirección de los ingenieros franceses Etienne y Valleré. Obras en las que intervendrían 6000 hombres y 2000 animales, según cuentan las crónicas. El Fuerte da Gra
ça está rodeado de un foso profundo y ancho que, en conjunción con sus cuatro baluartes y respectivas murallas, forman un cuadrado casi imposible de penetrar cuando es asediado. Inexpugnable, imbatible, obra excepcional, la joya de la corona de la arquitectura militar europea de su tiempo. Y allí que nos da precisos detalles de sus elementos y de la dificultad tanto de entrar como de discurrir por su interior: sus baluartes, con sus muros en escarpa, fosos, revellines, hornabeques, galerías de tiradores, cañoneras, galerías en zig zag, túneles... Fuerte que serviría, ya en los últimos siglos, como prisión militar y política, concretamente, hasta 1989, o séase, antes de ayer.

¡HOME DO CASTELO!
Y pasado uno de los fosos, que topamos con otro gigantesco portón, cerrado a cal y canto. Sin timbres ni nada, que hay que llamar dando porrazos. Así que nuestro Marco Antonio, que se conoce el terreno como pocos, aprovecharía para gritar a pleno pulmón:
--¡Home do castelo!
¡Home do castelo!
Y tras larga espera que aparece un soldadito pelado a cero, Luis le llaman, uno de los dos que se encargan de vigilar el sitio por parte del Ejército, para que no se desmorone ni lo destruyan las gentes de mal vivir. Con servicio de vigilancia que dura 24 horas, exactamente, turnándose por parejas. Y, conseguidas las autorizaciones pertinentes, que la tropilla entra con dificultades por un portillo y comienza la visita de salas, estancias, salones y demás, casi a oscuras, que allí no hay luces. Son las dependencias que ocupaban los oficiales y el alcaide, las de mejor traza, porque las mazmorras con los prisioneros estaban en otra parte, bien alejadas, como si tratara de apestados. Y en uno de los inmensos salones pudimos divisar en sus paredes, a la luz de una linterna, enormes escudos y orlas, con textos y leyendas patrióticas y legendarias, fechadas, unas, en 1939 y, otras, en 1959. Uno de 1939 reproducía el escudo de Elvas y parte de la conocidísima leyenda pacense El estandarte del Corpus (o La caldera del portugués), pero contada por los elvenses, que le darían otro final, claro. Y otros contenían textos como éste:

Forte-Graça
A pátria é uma hèrença sagrada que devemos transmitir intacta
aos nossos descendentes.
1959.

Un miedoso dijo que si había fantasmas, que se quería ir a su casa. Y nuestro mariscal en jefe, inasequible al desaliento, que había que seguir hasta conquistar la fortaleza. Y, a través de estrechísimas escaleras, sin barandas algunas, fuimos subiendo de planta en planta hasta llegar a la terraza superior, donde las vistas eran únicas, soberbias, maravillosas. Inenarrable la impresión que nos causó a todos, como para quedarse sin habla, haciendo miles de fotos desde este observatorio privilegiado. Viéndose en lontananza, al Este, Badajoz, además de los distintos sectores urbanos de Elvas y sus pequeñas feligresías: Barbacena, Santa Eulalia, San Vicente, Villa Boim, Terrugem...
Y, como fin de fiesta, que se acercaba el ocaso, allí pudimos contemplar, gratis total, por la cara, una de las puestas de Sol más maravillosas que uno recuerda en su vida, siempre con el astro rey ocultándose por Poniente.

EL REGRESO
Era la hora de regresar, que llevábamos una hora de más sobre el horario previsto. Salimos de la fortaleza, nos despedimos del soldadito portugués y vimos con satisfacción que nadie se había perdido por alguno de sus muchos pasillos, rincones y galerías. La bajada, casi al trote cochinero, nos llevaría al autobús de Aníbal, que nos traería a nuestros lares. No sin antes ver cómo el genial Manuel Antonio se despedía dando abrazos y besos a diestro y siniestro, como si fuera el mismísimo regidor de la villa. Jornada gratísima, ambiente estupendo y objetivo cumplido. En el camino de regreso, con agujetas hasta en el carné de identidad y la cámara rebosante de fotos, iba uno reflexionando sobre esta visita. Que ha sido la leche, lo nunca visto, el no va más, la repera limonera. Pero como rúbrica me quedo con esta frase para la posteridad, escrita en portugués, que es lo suyo:

O forte da Graça é muito forte.

He dicho.


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