El pasado sábado se cerraban las Jornadas Transfronterizas sobre la
Raya abaluartada ibérica con una visita sobre el terreno a las
impresionantes sistemas defensivos abaluartados del triángulo del
Guadiana formado por Badajoz-Olivenza-Elvas. Viaje guiado a la frontera
más antigua de Europa (1249-1297). Y, en un autobús de Aníbal --no del
general cartaginés, que usaba elefantes en sus correrías--, allá que
nos fuimos más de medio centenar de hispanos y lusos, comandados por
Antonio Campesino, Moisés Cayetano, María Cruz Villalón, José Manuel
Pagés y Domingos Bucho, los tres últimos, de guías. Queríamos comprobar in situ
las enormes posibilidades de este paisaje cultural de frontera, donde
se aúnan paisaje territorial, urbanismo, arquitectura, recursos
artísticos, patrimonio intangible, turismo y medio ambiente. Todo con
el fin de conseguir algún día que la UNESCO catalogue este Patrimonio
abaluartado transfronterizo como Paisaje cultural de la Humanidad. La
primera ciudad visitada sería, claro es, Badajoz y sin bajarnos del
autobús. Por lo que no se pudo apreciar de verdad la categoría de
nuestro recinto fortificado "vauban". Además, la Villalón haría una
descripción desangelada, incolora, inodora e insípida, que no satisfizo
a gente exigente, como el abajo firmante y unos cuantos más. Además,
tuvo un fallo garrafal. Y es que, al pasar por la brecha de la Trinidad,
divisando a la izquierda los muros del baluarte y los jardines de La
Legión, se olvidó decir que en el colegio Juventud, allí ubicado, el
Avisador había pasado casi 30 años de su vida enseñando a los niños.
¡Así se escribe la Historia...!
OLIVENZA
Camino de
Olivenza, cogería el micro José Manuel Pagés Madrigal, un todoterreno
asentado en el triángulo Badajoz-Olivenza-Lisboa que domina a las mil
maravillas estos lugares fronterizos, en especial, su arquitectura, su
territorio, su paisaje, las Artes, la fotografía y la biblia en pasta.
Y nos llevó, desde fuera hacia dentro, enseñándonos sobre el terreno
baluartes, puertas, murallas, iglesias --con Ntro. Señor de los Pasos,
imagen emblemática para los oliventinos--, conventos, calles, plazas,
torres, hospitales y otros edificios singulares, etc., etc.
Y en
el centro, en la calle de un querido maestro de la localidad, don
Francisco Ortiz López, que da nombre a uno de sus colegios, una placa
alusiva despertaba la admiración de todos: "Francisco Ortiz López.
Maestro ejemplar durante 45 años. Era tal su constancia que iniciaba
las clases temprano y concluía al terminar el aceite de velón".
Y
mientras continuaba la actuación del polifacético Pagés, que tuvimos
ocasión de conocer a un portugués singular que venía en la expedición,
atípico donde los haya, Manuel Antonio, de Elvas. Alcaldable
permanente, aunque le gane siempre Rondão, dueño, propietario de un
pueblo, fundador de un partido, con la liebre alentejana como emblema,
que sería prohibido más tarde, viajero empedernido, que se conoce más
de medio mundo, creador, entre otras historias, del periódico quincenal
El Despertador, etc., etc. Y que te da sus teléfonos, que cuando
vayamos por Elvas que preguntemos por él. No hay pérdida, sólo
mencionando las dos palabras mágicas --Manuel y Antonio--, bastan. Toda
una institución elvense este Manuel Antonio.
Y durante el callejeo,
además de comprobar que "las mozas de Olivenza no son como las demás,
que son hijas de España y nietas de Portugal", pudimos darnos cuenta
también que el Campesino, el Cayetano, el Pagés y compañeros mártires
"son como los demás, que no se rascan los bolsillos p'a invitar al
personal". Ni un café, ni un botellín de agua, todo lo tuvimos que
costear de nuestro propio peculio los pobres turistas hispano-lusos.
Pero
hubo una incidencia que pudo costar otra guerra de Las Naranjas. Y es
que, al regreso al autobús, los españoles más rezagados nos metimos en
Mandrágora, una discoteca que estaba abierta y de la que salían los
aires del popular fado "A menina dos limoes", La chica de los limones.
Y allí dentro que estaban bailoteando un montón de parejas, bien
agarradas, por cierto. Y entramos y no nos pudimos sustraer al
fiestorro. Y, preguntando, preguntando, resulta que eran portuguesiños
de Elvas, maduritos y jubilatas que vienen todos los sábados a Olivenza
a bailar, que en Elvas no hay baile ese día. Y allí que nos quisimos
enrrollar y dejar el Aníbal para los otros. Y luego que te ponen ¡Que
viva España!, del Manolo Escobar. Y la gente del autobús, desesperada,
esperándonos. Y cuando, al fin, llegamos, en vez de las malas caras y
la clásica bronca, que va el Pagés y nos dice tan pancho:
--¿Y por qué no nos habéis avisado, que nos hubiéramos quedado también?
Lo
dicho, a punto estuvo la cosa, si no para una guerra fronteriza, que ya
no se lleva, para un incidente diplomático hispano-portugués que podría
haber dado al traste los objetivos de estas Jornadas.
ELVAS
Solventado
el incidente, cogemos el toli camino de Elvas y pasamos el Guadiana por
el puente nuevo de Ajuda, con vistas al original, al histórico, al
semiderruido por las guerras ibéricas. Y, más allá, en la margen
derecha de la carreterita, vemos que hay gente bajo los árboles, como
en romería, pasando una jornada campestre. En tanto que una nube de
águilas humanas, en parapente a motor, surcan los cielos de los Llanos
de Olivenza.
Nada más entrar por la zona del fuerte de Santa
Luzía, un nuevo guía que aparece en escena. Es Domingos (con s) Bucho,
profesor de Portalegre, estudioso de estas enormes construcciones
bélicas de pasados siglos, casi inexpugnables. Y después de rodear la
bella y abaluartada Elvas, con su recinto del siglo XVII perfectamente
conservado, que sólo le faltan doce metros de la construcción inicial
--he dicho bien, doce metros, comparad con otros sitios--, nos
dirigimos al Norte. Bajamos del autobús y llegamos a un cerro rodeado
de olivos y almendros. Arriba, a 368 metros de altura, asoma como otra
fortaleza y un caserío. Es el fuerte de la Graça, del siglo XVIII.Y hay
que visitarlo, que es la joya de la corona de los recintos abaluartados
de Europa. Pero de la subida, de la ascensión de medio centenar de
pacíficos turistas hispano-lusos, armados sólo con máquinas digitales,
y de lo que aconteció en tal fortaleza, hablaremos en un próximo
capítulo, si Dios quiere.