Luis Rodríguez, carpintero de la calle Costanilla

Por El Avisador - 31 de Enero, 2007, 1:32, Categoría: General

En Badajoz, junto a gente redomada y pícara, gente engreída, envidiosa y superficial, no es difícil encontrarte con personas que llaman la atención por su bonhomía y generosidad, por su sencillez e, incluso, por su ingenuidad. Gente corriente y moliente, a veces solitaria, que, cuando están a tu lado y les prestas un poco de atención, te cuentan su vida y milagros. Por eso hoy tengo que hablar del señor Luis, a quien conocimos tomando unas copas en el bar-restaurante Jamaco, en uno de estos sábados de enero al amor de un buen cocido extremeño con presas y unos vinos de la tierra. Un tipo de Badajoz de toda la vida, carpintero a la vieja usanza, que naciera hace 65 años en los alrededores de Puerta de Palmas y que reside desde los 15-17 en la calle Costanilla, junto al Campillo, corazón del viejo Badajoz. Uno que le ha trabajado a familias pacenses con apellidos bien conocidos en la ciudad: los Plá, los Ramallo, los Sánchez Arjona, marqueses de Monsalud, etc.
--¿De Almendralejo estos marqueses?
--No, de Badajoz. Y la "marquesada" es que me quiere con delirio --te lo dice con orgullo.
Y ahora que vive solo, separado a la española, con cuatro hijos bien colocados, nos cuenta sus dos pasiones: sus tres nietos, en especial Laura, su ojito derecho, y su afición por la pesca. Pero es un pescador atípico, que se va a las bogas a Portugal (Redondo, Campomayor, Arronches...), se trae el morral lleno hasta las trancas, las prepara asadas y encebolladas y... ¡se las regala a los amigos!
--Pero hasta el 15 de marzo, que llega la veda y los portugueses ponen unas multas acojonantes. En Arronches las bogas van a desovar y se pueden coger a manos llenas --se recrea como experto que es.
--No para usted, don Luis.

SIEMPRE EN LOS BARES
--Pues sí, pero he sido un bala de joven y mi mujer me decía que siempre estaba en los bares. ¿Cómo no iba a estarlo, si allí me agenciaba los clientes? --te lo explica todo.
--Se acordará entonces de las bogas que ponían en El Nene, en la calle Concepción, ¿no?
--Sí, pero yo las preparaba mejor.
--Estará para jubilarse por la edad.
--¡Qué va!, no puedo, no tengo ná. Así que cuando termine, a la Beneficencia...
--Pero usted le ha trabajado a muchas familias de Badajoz, habrá ganado una fortuna...
--Pues no, que he sido muy noble. Si hubiera sido otra cosa, sería multimillonario ahora. Le he trabajado a toda la gente buena de Badajoz y nunca les he pedido más de lo que podían darme, todo ajustado.
--Bébase la copa, que le invito a un trago.
--Es que no bebo cuando hablo, sólo cuando estoy solo. Y a mí me gusta decir siempre la verdad. Yo no miento nunca.
--Me parece que usted es una buena persona, un cacho de pan, señor Luis.
Dos horas después, encantado de haberse conocido, el señor Luis que sigue erre que erre hablando de sus cosas. De la vida, del trabajo, de los muchos operarios que tuvo, de sus nietos, de esto y de lo otro. Y la copa, intacta.
Es hora de recogerse, que el carpintero de la calle Costanilla no tiene prisa.
--¡Don Luis, cuídese, y a ver si probamos esas bogas! --le decimos a modo de despedida.
--¡Eso está hecho!
Y allí se quedaría, apurando la copichuela, don Luis Rodríguez Mansilla,
un hombre bueno, carpintero de Badajoz, de la calle Costanilla. Uno de los últimos en esta ciudad que prepara las bogas al estilo tradicional y que se las regala a los amigos.

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