Caballero, desde los tiempos medievales, es el señor que va a caballo,
a diferencia de los siervos de la gleba, la plebe, la gente del común,
que siempre van a pie, andandito. No se vayan a acostumbrar a lo bueno
y luego quieran ser todos iguales. Y en las romerías de Bótoa y del
Rocío, el caballero te mira desde arriba, presumiendo y sacando pecho,
como diciéndote "yo, arriba y tú, abajo", que todavía hay clases,
moreno. Con el tiempo, la palabra caballero ha servido para designar al
señor, al patrón, al dueño de la casa, al hombre de la familia, al
padre y muy señor mío. Y, como adjetivo, dícese del que tiene un
comportamiento de gran señor, educado, galante, amable, atento con las
damas y tal. Pero hoy en día te dice caballero cualquiera: el barman,
el repartidor de butano, el cartero, el vendedor del Mercata, la
tendera de la esquina y... ¡el gorrilla de los aparcamientos! ¡Que
manda huevos!
Pero que tus próximos y conocidos junto con las tías
guapas de las encuestas telefónicas te digan por la calle o por
teléfono lo de caballero, ésto, caballero, lo otro, es para tirar de la
cadena. Y no lo soporto, es que se han olvidado de tí, ya no saben ni
cómo te llamas y tienen que recurrir al manido caballero. Lo dicho, si
me llamáis por teléfono o me veis por la calle, no me llaméis
caballero, porfa.