Pasadas las fiestas navideñas y casi recuperado el resuello de las
emociones vividas en la Villa y Corte, es el momento de contarlo.
Resulta que en los últimos días de diciembre, el abajo firmante,
acompañado de Pili y demás familia, pusimos rumbo a los Madriles. Ahí
es nada, que tengo una papela de la gobernanta del Ministerio de
Educación y Ciencia, Mercedes Cabrera, para que me presente el 27. No
es la Patria la que te llama, como se decía antes, sino el Estado, a
través de uno de sus múltiples brazos, la Administración, en concreto,
el Ministerio de Educación y Ciencia (MEC). El motivo se las traía,
que, tras 40 años de servicios a la Educación en Extremadura,
concretamente en la provincia de Badajoz, los últimos 26 en el colegio
Juventud de la capital pacense, me imponen la Cruz de la Orden Civil de
Alfonso X el Sabio. Distinción honorífica, nada de pensiones, canonjías
y otras gabelas, por si alguno se cree que esto es un chollo.
Y lo
primero que te llama la atención es la imagen grandiosa, deslumbrante, majestuosa,
que te da el Estado, el Ministerio, frente a los españolitos de a pie
cuando acuden a su llamada. Como diciéndote desde las alturas:
--¡Yo soy el Estado! ¿Está claro?
Clarísimo. En
primer lugar, la sede del propio Ministerio, en el 34 de la madrileña
calle de Alcalá, impresionante, de colosal factura. En segundo lugar,
sus estancias interiores, de altísimos techos, esas escalinatas
palaciegas, esas colgaduras con el escudo de España, esas lápidas
conmemorativas alusivas al Rey, esos enormes cuadros de los ministros
que han sido... Y cuando entras en el salón Goya, el salón noble del
MEC, ver esa estancia lujosa y hermosísima, decorada con enormes
cuadros del genial pintor aragonés Francisco de Goya --escenas
campestres, cinegéticas, gente de la Corte paseando por los
jardines...--, sus altos espejos, sus lámparas de muchos brazos y
luminarias, sus relojes antiguos, sus estatuillas, su enorme mesa
central, te hace quedar mudo, empequeñecido, emocionado...
ESPAÑOLITOS DE PROVINCIAS
Y más si cabe cuando veo que sólo somos
quince los españolitos de provincias, bien trajeados y peripuestos, a los
que les ha llegado la dichosa papela. Catedráticos de Universidad y de
EE. Medias, profesores de Secundaria, inspectores de todo los niveles,
maestros de escuela, limpiadoras... Uno que se llevaría una Placa y los
catorce restantes, la Cruz. Y, siguiendo el solemne protocolo para
estos casos, que nos colocan en lugar preferente, a la cabecera del
salón, junto al atril y las banderas, en tanto que, alrededor de la
gran mesa, se coloca el centenar largo de familiares y amigos que nos
acompañan. Y, otra gran sorpresa, una nube de fotógrafos de las
agencias y los medios de comunicación madrileños. Y, cual si fuéramos
personajes del famoserío, la política o la tele del corazón, que
empiezan a repicar los flashes de las cámaras de los allí presentes, que
no dejarían de hacerlo hasta bien pasada la ceremonia. Y mientras llega
la ministra, que está pegada al teléfono en una antecámara, tengo
tiempo de pensar en los míos, principalmente en Pili y mis hijos, mis
principales valedores. Y en mis padres, que duermen el sueño de los
justos. Y en los grandes maestros que tuve en la vieja Escuela de
Magisterio de la avenida de Colón. Y en mis compañeros, especialmente
en los del colegio Juventud, donde me hice maestro de verdad y pude
llevar adelante muchas de mis iniciativas. Y en mis amigos de Badajoz,
la ciudad que me lo dio todo... Por lo que tengo que hacer esfuerzos
para que no se me caigan unas lágrimas de emoción.
LA CEREMONIA
Y entra la ministra, delgadísima, pantalón gris, camisa
blanca, colgante al cuello y moderna chaquetilla de lana en tonos
grises también, y el subsecretario del MEC, Fernando Gurrea, terno
impecable, que toma el mando. Y allí leería, en tono solemne, el
decreto de la concesión, los motivos y los nombres de los galardonados.
Haciendo hincapié en que el acto se hacía en nombre del Rey, que es
Canciller de la Orden y que viene a premiar --dijo textualmente-- "los
méritos de las personas físicas y jurídicas en España en los campos de
la Educación, la Ciencia, la Cultura, la Docencia y la Investigación".
Luego me enteraría, haciendo un aparte con el subsecretario
--funcionario eficiente, amable y servicial donde los haya, mano
derecha e izquierda de la ministra, "y lo que haga falta", me cuenta--,
que la entrega de las condecoraciones de la Orden Civil Alfonso X el
Sabio se hace dos veces al año, coincidiendo con dos fechas
emblemáticas en la vida de nuestro Rey Juan Carlos: alrededor del 6 de
enero, fecha de su nacimiento, y del 24 de junio, de su onomástica.
Le
seguiría la ministra Cabrera, que abundaría en las palabras del
subsecretario, haciendo ver los valores que nos unía a todos, aunque fuéramos de distintos niveles y procedencias,
felicitándonos a continuación, nombre a nombre, por esta alta distinción. Y como hacía
calor, que la calefacción estaba salida de madre, pasó por alto una
breve reseña de las biografías de los homenajeados. Pasando después al
acto de entrega de las distinciones. Primero, la Placa, y después, por
orden alfabético, las Cruces. Y a mi lado, una señorial limpiadora y un
sacerdote, profesor de música que era, a su vez, prelado doméstico de
Su Santidad, con su sotana y fajín carmesí.
Y acabada la función, los
de la Cruz que se fundieron con el pueblo llano, de donde procedían, y
vinieron millones de besos, abrazos, felicitaciones y fotos. Y, claro
es, las clásicas fotos de familia con la ministra, el subsecretario y
el sursum corda. Y la
ministra que se dejó querer y se hizo tropecientas fotos más, por
separado, con las familias de cada uno de los presentes, que todo el
mundo quería tener ese recuerdo, lo que haría que la jornada se
alargara gratísimamente.
Previamente, en el tiempo de espera, el MEC había tenido el detalle de
servir en el hall unos cafés y unas pastas y dulces madrileños a la
concurrencia.
DESPEDIDA
Ya en la calle, después de los abrazos y las despedidas de
rigor, cada mochuelo se fue a su olivo. Y nosotros nos quedaríamos en
los Madriles, que había que celebrarlo en la Puerta del Sol, kilómetro
cero, rompeolas y corazón de las Españas. Pero eso ya es otra historia.