¡Ocho euros, María, ocho euros!

Por El Avisador - 14 de Noviembre, 2006, 18:42, Categoría: General

Llegado el domingo, con este tiempo insólito --primaveral, aunque estemos en noviembre--, medio Badajoz, sus poblados y portugueses a discreción se dan cita en la barriada de Suerte de Saavedra, la conocida in illo tempore por Las Malvinas, al E de la ciudad, entrando por la carretera de Sevilla. Con lo que su arteria principal, la avenida de Antonio Hernández Gil, donde se asientan incontables puestos, tenderetes y furgonetas, se congestiona desde bien temprano hasta que, a mediodía, llega la hora de la recogida. Y eso es lo que hacemos la patronal y el que suscribe, coger el toli y darnos un garbeo en el mediodía del pasado domingo.
La barriada está hasta las trancas de gentío, furgonetas y coches aparcados. Muchos de ellos, alineados en sus calles y plazas pero los más tienen que meterse en los barrizales que todavía perviven en este barrio modesto, donde la suciedad y el abandono municipal saltan a la vista. Y, apostados estratégicamente en los mejores rincones del lugar, como controlando al personal y diciendo quién manda aquí, grupos de mozalbetes, macarras y horteras del barrio. Unos, con sus galgos de caza, otros, con sus bicis y motos y otros, en fin, con sus coches abiertos en tanto los equipos de música, a un millón de vatios, lanzan orbi et orbi sus músicas favoritas.
Y una vez aparcado el coche en el quinto pino, más allá de la parroquia de San Pedro Alcántara, donde asienta sus reales un hombre emblemático del barrio, Pepe Carracedo, nos metemos en el mercata y atravesar el pasillo humano, cuesta Dios y ayuda. Por todas partes, puestos de artículos y prendas de confección, zapatos, complementos, discos y casetes y demás, y, a la entrada --esta vez junto a los jóvenes batablancas de Enfermería tomando la tensión por la voluntad--, varios puestos de frutas y verduras de las vegas cercanas del Guadiana, así como de las ricas aceitunas --junto a las de aderezo, a un machacante un kilo--, donde puedes hacerte ya de las populares machás. Y todos, con sus previsores toldos y lonas por si la lluvia les coge en bragas. Y tras las mercancías, los gitanos con sus familias al completo, incluyendo a los patriarcas y a los churumbeles. Incluidos los portugueses, que Badajoz tiene mucho tirón, incluido el  mercata de los martes. Y detrás de los puestos, el vehículo por antonomasia del mercadillo: la furgoneta. De todos los modelos, marcas y capacidades, pero que sirven, además de medio de transporte, de almacén, descanso, lugar para comer, dormir y unas cuantas cosas más.
Y una vez en el torbellino, donde parece que ruge la marabunta, nos cruzamos con miles de parejas y jóvenes, muchas de ellas dándose el piquito y exhibiendo lo que parece ser el "uniforme" del mercata: el chándal y las zapatillas. Y los pocos que no cumplen la norma, con zapatillas y vaqueros. Los demás, unos antiguos. Sin olvidarme de las parejas con sus carritos de bebés, metiendo a la fuerza sus carros por el puto medio. Pero se llevan la palma las jóvenes gitanas, guapísimas, con sus peinados únicos, largos y negrísimos, sus tipos esbeltos, rebosantes de vitalidad y exhibiendo un joyerío como sólo ellas saben hacerlo: pendientes de aros, cadenas, anillos, colgantes, collares... ¡Qué lujazo el de las gitanillas! Pero los jóvenes calés no son mancos y parece que llevan un catálogo de piezas de oro macizo en el cuerpo.
Con que me acerco a un puesto de zapatos, atendido por un tal Vicente, un gitano de pro.
--¿Qué tal hoy, maestro?
--Pues nada, poca venta, la gente viene a pasearse, que lo dicen los médicos.
--Pues veo a la gente con bolsas...
--Sí, es que hoy día la venta está loca, o vendes mucho o no vendes nada.

¡OCHO EUROS, MARÍA!
Un poco más allá, un pregón me hace dar un sobresalto:
--¡Ocho euros, María, ocho euros! ¡Lo que valía quince, hoy a ocho! ¡Ocho euros, María, ocho euros! ¡Lo que valía quince, hoy a ocho!
--¿Y qué era? --me pregunta la parienta más adelante.
--Ni me acuerdo, pero el descuento era buenísimo, ¿no?
Pasamos por una tienda de colchones, almohadas, cojines y demás y que vemos como tienen... ¡colchones para perros!
Llegamos a otro puesto, éste de camisas, y que sigo con mi especial encuesta:
--¿Qué tal le va el día? ¿Mucha venta?
--No está mal, no está mal. No me puedo quejar. Al menos, el tiempo nos ha dejado.
Decir esto y ver que la patronal está buscando unas camisas, que veo cómo el puesto se llena de inmediato de mujeres, buscando y rebuscando camisas por un tubo.
Un poco más allá, en otro puesto de zapatos, un cartel lo deja bien clarito: "Solo están los derechos". ¿Y si uno quiere probarse los izquierdos? Mala cosa, Sinforosa, la política ha llegado también a los mercadillos.
En este deambular por las dos arterias humana, que me topo en dos ocasiones con un hispanoamericano, bajito, moreno, vistiendo una camiseta futbolera chirriante, blanquirroja y con muchos escudos y marcas de publicidad, desconocida por estos pagos. Así que me acerco y le pregunto:
--Y esta camisa, ¿de qué equipo es, maestro?
--Pues del Técnico Universitario.
--¿Del qué?
--Del Técnico.
--¿Y de dónde es, si puede saberse?
--De la ciudad de Ambato, que tiene uno de los mejores equipos del Ecuador.
--¡Enhorabuena!

ANTONIA, LA GUAPI
Pero lo bueno viene cuando un poco más allá, en el camino de vuelta, nos topamos con un grupo de alegres gitanillas, donde destaca, por sus adornos joyeros, una tal Antonia, toda llena de anillos, collares y pulseras, incluyendo lo último en pulseras, una que le llega de las muñecas a los dedos. Y los pendientes, circulares, como para que se posen los canarios.
Con que me acerco a admirar tanto joyerío y le digo:
--Bueno gusto, señorita. Y dinero, ¿no?, que esto vale un pastón.
--¡Qué va, son de Christian Lay, que soy distribuidora!
--¿Y qué vendes?
--Pues oro, bisutería, lencería, perfumería... De todo lo bueno.
Antonia --Guapi le llaman sus amigas-- se iría en tropel con sus amigas, encantada de haberse conocido, tras quedar estupefacto a un payo impertinente.
Ya de regreso, los clientes del bar Candi seguían apalancados en el mostrador, que las tapas que les sirven de pestorejo y de panceta están riquísimas.
Y como es hora de comer y la comida está por hacer, nada mejor que irse al Palacio del Pollo cercano --"Para comer a cuerpo de Rey", dice el subtítulo--, en la confluencia de las calles David de la Maya y Vidal Lucas --dos grandes maestros que tuvo Badajoz, en épocas diferentes-- y abastecerse del pollo frito reglamentario, las patatas y los pimientos fritos. Que otros se han puesto las botas comprando los panes artesanos y los ricos dulces del lugar.

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