Cuando me pongo mis gafas antropológicas, con sus lentes etnográficas,
a la hora de observar y registrar el comportamiento y la cultura de
nuestras gentes siempre dirijo mi mirada a los múltiples y variados
colectivos que conforman la vida ciudadana: sus grupos de edad, de
género, sociales, festivos, religiosos, vecinales, deportivos, étnicos,
etc.
Pero, a su vez, no dejo de pasar por alto determinados
individuos, ejemplares atípicos y llamativos, que son la excepción que
marcan la regla. Y en esta ocasión tengo que manifestar mi debilidad
por los que están fuera o al borde del sistema, por los que llamamos
"locos", majaras, marginados, raritos siempre. Por lo general, personas
dotadas con una viveza extraordinaria para sobrevivir, que muchos
llamamos picaresca.
Como es el caso de Francisco Rivero, F. R., el
último trapero de Badajoz. Tipo genialoide, delgado, de baja estatura,
de 55 años de edad, cuarenta como trapero.
--Y trapero sigo, que nací el 16 de mayo de
1951 y vivo en la calle Las Peñas... ¡Alcatraz! --te dice de un tirón el menda.
F.
R., con su piel ennegrecida de mil trabajos humildísimos, siempre va
vestido como un señorito, con su chaleco de cuero, camisa blanca
desabrochada, sus cadenas al cuello y sus colgantes de oro macizo, sus
anillos también de oro, sus gafas oscuras y su bastón de empuñadura de
plata. Y fumando Camel, tabaco de los caros, tal como un marqués venido
a menos. Y siempre rodeado de una camarilla que le rie sus gracias y
sus frases restallantes, todas ingeniosas y aceradas. Porque a la menor
excusa, como cuando pasa algún conocido, que le interpela a voz en
grito:
--¡Viva la República! ¡Abajo el Gobierno!
Y te cuenta que
empezó de pequeño con su padre, recogiendo cartones por el centro de
Badajoz en un carro, en burro y en una carretilla, pasando más tarde a
recoger chatarra en una furgoneta y luego en camiones.
--¡Salud, libertad y compañerismo! --le espeta a otro amigo con quien se
cruza en la plaza Alta.
Y
me sigue diciendo que los hermanos Rivero tienen un desguace en el
kilómetro 8 de la carretera de Cáceres, antes de Aprosuba-3. Y me da
una preciosa tarjeta, con el rostro de El Chico, de las películas de
Charlot, y estos datos: "Hermanos Rivero. Comprador de chatarra y
metales. Villa del Rey, s/n", con sus dos teléfonos y tres móviles,
tres.
--¡Viva la República zapatista y abajo el Gobierno! ¡Viva la
Revolución! --sigue erre que erre saludando con vítores a quienes le
rodean al paso.
Y cuando le digo que entre los colgantes lleva la cabeza de un toro bravo, no me deja terminar:
--¡Es que soy el trapero de los cuernos de oro! ¡El único que lo dice!
Y las risas se apoderan de sus contertulios, en especial entre los que van a sacarle un cigarrillo Camel.
RODRÍGUEZ IBARRA, MURALLERO
--Pues
con tantos colgantes de oro, que veo otro del Ché Guevara aquí, esto es
una pasta --le meto los dedos-- ¿Y qué haces con tanto dinero?
--¡Pues gastarlo, mira éste! ¡Viva la República! ¡Abajo el Gobierno!
Pero, sin tiempo para sonreir, que va el tío y me dice:
--¡Pues tú no sabías una cosa! --me espeta.
--¿Qué?
--¡Que Rodríguez Ibarra es un murallero como nosotros!
--¿Cómo dices?
--Sí,
uno del barrio, que él vivió por aquí cerca, dentro de la muralla,
donde vivimos tós nosotros --te explica a su manera--. Y ahora no sabes
otra cosa.
--¿Cuál?
--Que tengo 160 gatos. ¿Quieres algunos?, te los regalo.
Pero
lo bueno viene cuando se acerca a otro grupo de amiguetes y les suelta
una de sus retahílas, sin parar. Como saco mis papeles para tomar nota,
que les dice a los demás:
--¡Cucha éste, los papeles que tiene y lo deprisa que escribe, parece del Gobierno!
Con que anoto la primera:
Sopitas de caracoles,
la ollita sin hondón,
nos haremos los compadres
y ¡viva la Revolución!
--¿Quieres otra?
--Venga.
Accionista, capitalista, terrateniente,
cacique, rompeesquinas y tragaleches,
y como comas una madalena,
¡un pescozón, que te
jodo!
Por hoy, basta. Así que cogemos el hato para irnos y nos para.
--Vamos, que me has caído bien, que tú sabes mucho, ¡te invito a una cerveza!
Y
allá que nos vamos y al final tengo que pagar yo la ronda. Y entonces
llegan otros marteses y le llaman la atención, momento que aprovechamos
para salir discretamente del lugar. Esto parece el martesado de Badajoz.
¡F. R., el rey de los marteses, el último trapero de Badajoz!