El pasado domingo, y como broche de oro de las fiestas de Al-Mossassa
2006, cientos de ciudadanos colapsaron materialmente el Casco antiguo
de Badajoz, ocupando a su antojo la Plaza Alta y sus aledaños. Por
suerte, hacía un tiempo soleado que daba gusto y fueron incontables las
familias al completo, con los chiquininos de la mano y a hombros de sus
mayores los que dieron vida a un Casco histórico, tantos años dejado de
su suerte, y que parece renacer de sus cenizas. A mediodía había un
llenazo de impresión, con los pequeñuelos asistiendo a la
representación infantil de La historia de Ibn Marwan,
a cargo de la compañía La cabra Loca. En tanto los del mercado medieval
no daban abasto para atender a tantos curiosos y visitantes.
Y lo
primero que hicimos fue subirnos a los cielos de Badajoz, darnos un
paseo por el recinto almenado, con sus torres almohades a la vista,
entre ellas, la de Espantaperros o de La Atalaya, santo y seña de esta
ciudad desde que en el siglo XII fuera levantada, mucho antes que otra
con más ringorrango, la Torre del Oro sevillana, que copiaría el modelo
de la nuestra. Y accediendo por la famosísima Puerta del Capitel,
pudimos constatar la enorme cantidad de vecinos y forasteros que
deambulaban de aquí para allá, cámara en ristre. Y los museos del
entorno, el Arqueológico y el Luis de Morales, hasta las trancas.
¡Cuánto personal encantado de haberse conocido! Si es que a los
pacenses, cuando se les da ocasiones serias y bien organizadas, no
cualquier cosa, para volver a colonizar su Casco histórico, es que
responden todos a una, como Fuenteovejuna. Y desde estos observatorios
privilegiados, que hacemos tropecientas fotos con las mejores vistas de
la ciudad. ¡El sky line
de Badajoz! Y allí que nos encontramos con Alberto, el hijo de un
famoso dibujante que tuvo Badajoz, El Chano, coetáneo de pintores de
gran valía como José María Collado y Alberto González Willemenot,
comentando la bondad de nuestra Alcazaba y las magníficas vistas que se
divisan desde sus almenas y torres.
LA PLAZA, ABARROTADA
De
regreso a la Plaza Alta, casi no se puede dar un paso, del gentío que
había. Y nos saluda la concejala de la cosa, Consuelo Rodríguez, que se
estaba dando un homenaje de pinchos y pancetas con su maromo y otros
amigos en el chiringuito de Marwan El Chilliqui, la conocida murga
carnavalera pacense. Y aprovechamos para felicitarla por el éxito de
esta edición y decirle que éste es el sitio natural para el zoco, mucho
mejor que en la explanada de La Alcazaba. Y la Consu que nos cuenta que
ha recibido tropecientos mil mensajes de ciudadanos en el mismo
sentido. Y que así se hará en el futuro, quedando La Alcazaba para las
representaciones teatrales.
Buscando sitio para el tapeo y la
comida vemos que La Gussy y Mora, con carnes de todas las clases a la
parrilla, los de Escarapuche, con sus pinchos árabes, la de Pepe el de
Los Valencianos, con sus paellas, y otros aledañas, tienen gente
apalancada en la barra y no dejan un hueco ni por caridad. Por lo que
nos buscamos la vida en la de Marwan El Chilliqui, que tienen casi de
todo --pancetas, pinchos, montaditos y prueba de cerdo-- a precios muy
razonables. Y nos atienden sus amables camareros, ataviados con túnicas
negras ribeteadas de blanco, con Juan Pablo Fariñas, el baranda de la
murga, dando el callo en los hornillos de la trastienda. Y desde allí,
al lado justo de la calle Zapaterías, vemos como la taberna de Pedro
Ortega, con sus rejas pintadas de verde, está haciendo también su
agosto, con sus vinos y licores del Corazón de Jesús.
De
vuelta al zoco, dándonos otra vuelta, que aterrizamos en la caseta de
la Hermandad de la Soledad, con Arturo Gutiérrez y sus muchachos
trabajando a destajo. Tal es el gentío que espera que le pongan una de
secreto o dos de pluma, los platos estrella del lugar. Y he aquí que
aterrizan por estos contornos el clan Bardají al completo. Antonio
Bardají, abogado ilustre e ilustrado, José María Soriano, el vigilante
del Patrimonio, con la parienta, María Bardají, y un matrimonio al que
no conocemos: un tal Esteban Borrell, catalán de pro, uno de los altos
ejecutivos de la Nissan en Barcelona, y Lola Bardají, la patronal. Y
alguno que te dice:
--¡Qué marcha tenéis, estáis en todos los sitios!
Pero
lo bueno viene cuando Antonio, mi letrado bardajiense, que hizo de
embajador plenipotenciario haciendo las presentaciones y tal, me dice
que su cuñado Esteban sigue las andanzas del Avisador desde tiempos
inmemoriales, que no se pierde ni uno de mis avisos. Esté donde esté,
que el VIP nissaniano se recorre toda Europa y le gusta estar al loro
de lo que pasa en Badajoz. ¡Qué sorpresa y cuánto honor!
Es hora de
cambiar de plaza y nos vamos a la colindante de San José, donde hay una
miniferia de ganado de granja, con los burros del puesto dando paseos a
la chiquillería, en tanto el cetrero de Al-Mossassa, Joseph Enmanuel,
uno de Jerez de los Caballeros, cuida con mimo a sus aves de presa.
Enfrente, la taberna de Salvatierra está repleta de parroquianos,
pidiendo si descanso las cervezas y los vinos del lugar.
TRES MARTESES, TRES
Pero
es junto a la granja cuando nos topamos con tres pícaros redomados,
tres marteses de padre y muy señor mío, tres personajillos que conocen
todos los secretos, todos los chamizos y todas las piedras del Casco
Antiguo. Ahí es nada, tres "muralleros", como ellos dicen: El Pirulo,
el "novio de la muerte", ataviado de Gengis Khan, Francisco Rivera, F.
R., el trapero sin fronteras, cargado de medallas, anillos de oro y un
bastón de marqués, y el gitano Manuel Güera Blanco, más pesado que una
vaca en brazo. Y que nos enrrollamos y empiezan a contarnos cosas, como
para escribir las obras completas de Petete sobre martesería, picaresca
y buen rollo.
Y un poco más allá, en las inmediaciones de la Puerta
de Carros o de Yelves, rodeado de olivos y vigilando el flanco NO del
recinto amurallado está en efigie de bronce, más solo que la una, el
patriarca de esta ciudad, el padre de Badajoz, su fundador, Abderramán
Ibn Marwan, El Chilliqui, en cuyo honor celebramos precisamente estas
fiestas. Y sus descendientes, de pendoneo y jarana, que nadie ha tenido
el detalle de llevarle un puto ramo de flores o una simple placa de
agradecimiento. Nadie.
Vuelta
al centro, una buena moza que se nos encara, con los ojos brillantes,
la sonrisa a flor de piel y un vaso de cerveza en la mano, que nos
grita al paso:
--¡Que no acabe esto nuncaaaaa!
Hay que rematar
dulcemente la fiesta y nada mejor que visitar la Panadería tradicional
gallega del zoco, la que llevan entre manos una pareja de Santiago de
Compostela. Y mientras nos despachan un trozo de tarta exquisita, que
vemos cómo de los cincuenta enormes panes que exhibían el primer día
--de centeno, de trigo con pasas y de maíz-- sólo les quedan media
docena.
Y,
antes de la despedida, visita obligada a la jaima de Hocil, un argelino
de habla dulcísima, la amabilidad personificada, que te prepara, en
unión de su esposa, el mejor té que hayas podido tomarte en la vida, en
este caso, un té verde con hierbabuena. Y en semipenumbra, donde el
tiempo parece haberse parado, ajenos al mundanal ruido del exterior.
¡Extraordinario!
--Lo hacemos con el corazón --te dice el bueno de Hocil cuando le hablamos de la excelencia de su té.
Seis
horas después, abandonábamos el ruidoso zoco de la Plaza Alta, camino
de nuestros lares. Todo un éxito de animación y respuesta ciudadana la
octava edición de Al-Mossassa. Todo un acierto la nueva ubicación del
mercado persa, del zoco árabe, de la feria cristiana. ¡Adiós,
Al-Mossassa, adiós!