3 de Octubre, 2006

Juanjo y Alberto

Por El Avisador - 3 de Octubre, 2006, 18:51, Categoría: General

Juanjo y Alberto, Alberto y Juanjo, no son la última pareja de cantantes de moda del pop internacional. Ni tampoco los últimos fichajes del Club Deportivo Badajoz para recomponer su delantera, que no le mete un gol últimamente ni al arco iris. No. Juanjo y Alberto, Alberto y Juanjo son dos grandes árbitros de balonmano, por si no lo sabéis. Y están de actualidad en Extremadura, y en Badajoz, su patria chica, porque la Federación Extremeña de Balonmano les acaba de conceder la medalla de plata al Mérito deportivo. Que llevan cinco años tan pimpantes en la División de Honor B del balonmano español, una categoría que está sólo un escalón por bajo de la ASOBAL, la mejor Liga del mundo. Cinco años representando al balonmano extremeño por todas las Españas, pitando como Dios manda tanto a los mozos como a las mozas. Repartiendo justicia a todos por igual, fueran grandes y poderosos, pequeños y humildes. Una pareja que lleva al arbitraje en las venas desde que tienen uso de razón y a quienes conozco en Badajoz desde hace la intemerata. Una pareja fetén que cuando sabías que pitaba a tu equipo sentías la tranquilidad de que lo hacían los mejores. Y con ellos en la cancha, hemos ganado --y perdido-- partidos importantes. Y, al final, tutti contenti. Que, a veces, cuando terminaba el encuentro, decías:
--¡Ah!, ¿pero había árbitros?
Y cuando las cosas se ponían feas, exhibían sus corteses modales de gentleman a la primera y a la segunda, para sacar a la tercera el pasaporte a la puta calle al que hiciera falta, por muy de ringorrango que fuera su equipo.
Juanjo y Alberto, Alberto y Juanjo, son hoy el espejo donde se mira toda la chavalería andante del arbitraje extremeño. Por eso me he alegrado que a Juan José Bajo y a Alberto Jesús Benegas, dos deportistas que se visten por los pies, dos amigos míos del balonmano, la Federación les haya hecho justicia. ¡Va por vosotros, Juanjo y Alberto, Alberto y Juanjo!

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¡Adiós, Al-Mossassa, adiós!

Por El Avisador - 3 de Octubre, 2006, 13:11, Categoría: General

El pasado domingo, y como broche de oro de las fiestas de Al-Mossassa 2006, cientos de ciudadanos colapsaron materialmente el Casco antiguo de Badajoz, ocupando a su antojo la Plaza Alta y sus aledaños. Por suerte, hacía un tiempo soleado que daba gusto y fueron incontables las familias al completo, con los chiquininos de la mano y a hombros de sus mayores los que dieron vida a un Casco histórico, tantos años dejado de su suerte, y que parece renacer de sus cenizas. A mediodía había un llenazo de impresión, con los pequeñuelos asistiendo a la representación infantil de La historia de Ibn Marwan, a cargo de la compañía La cabra Loca. En tanto los del mercado medieval no daban abasto para atender a tantos curiosos y visitantes.
Y lo primero que hicimos fue subirnos a los cielos de Badajoz, darnos un paseo por el recinto almenado, con sus torres almohades a la vista, entre ellas, la de Espantaperros o de La Atalaya, santo y seña de esta ciudad desde que en el siglo XII fuera levantada, mucho antes que otra con más ringorrango, la Torre del Oro sevillana, que copiaría el modelo de la nuestra. Y accediendo por la famosísima Puerta del Capitel, pudimos constatar la enorme cantidad de vecinos y forasteros que deambulaban de aquí para allá, cámara en ristre. Y los museos del entorno, el Arqueológico y el Luis de Morales, hasta las trancas. ¡Cuánto personal encantado de haberse conocido! Si es que a los pacenses, cuando se les da ocasiones serias y bien organizadas, no cualquier cosa, para volver a colonizar su Casco histórico, es que responden todos a una, como Fuenteovejuna. Y desde estos observatorios privilegiados, que hacemos tropecientas fotos con las mejores vistas de la ciudad. ¡El sky line de Badajoz! Y allí que nos encontramos con Alberto, el hijo de un famoso dibujante que tuvo Badajoz, El Chano, coetáneo de pintores de gran valía como José María Collado y Alberto González Willemenot, comentando la bondad de nuestra Alcazaba y las magníficas vistas que se divisan desde sus almenas y torres.

LA PLAZA, ABARROTADA
De regreso a la Plaza Alta, casi no se puede dar un paso, del gentío que había. Y nos saluda la concejala de la cosa, Consuelo Rodríguez, que se estaba dando un homenaje de pinchos y pancetas con su maromo y otros amigos en el chiringuito de Marwan El Chilliqui, la conocida murga carnavalera pacense. Y aprovechamos para felicitarla por el éxito de esta edición y decirle que éste es el sitio natural para el zoco, mucho mejor que en la explanada de La Alcazaba. Y la Consu que nos cuenta que ha recibido tropecientos mil mensajes de ciudadanos en el mismo sentido. Y que así se hará en el futuro, quedando La Alcazaba para las representaciones teatrales.
Buscando sitio para el tapeo y la comida vemos que La Gussy y Mora, con carnes de todas las clases a la parrilla, los de Escarapuche, con sus pinchos árabes, la de Pepe el de Los Valencianos, con sus paellas, y otros aledañas, tienen gente apalancada en la barra y no dejan un hueco ni por caridad. Por lo que nos buscamos la vida en la de Marwan El Chilliqui, que tienen casi de todo --pancetas, pinchos, montaditos y prueba de cerdo-- a precios muy razonables. Y nos atienden sus amables camareros, ataviados con túnicas negras ribeteadas de blanco, con Juan Pablo Fariñas, el baranda de la murga, dando el callo en los hornillos de la trastienda. Y desde allí, al lado justo de la calle Zapaterías, vemos como la taberna de Pedro Ortega, con sus rejas pintadas de verde, está haciendo también su agosto, con sus vinos y licores del Corazón de Jesús.
De vuelta al zoco, dándonos otra vuelta, que aterrizamos en la caseta de la Hermandad de la Soledad, con Arturo Gutiérrez y sus muchachos trabajando a destajo. Tal es el gentío que espera que le pongan una de secreto o dos de pluma, los platos estrella del lugar. Y he aquí que aterrizan por estos contornos el clan Bardají al completo. Antonio Bardají, abogado ilustre e ilustrado, José María Soriano, el vigilante del Patrimonio, con la parienta, María Bardají, y un matrimonio al que no conocemos: un tal Esteban Borrell, catalán de pro, uno de los altos ejecutivos de la Nissan en Barcelona, y Lola Bardají, la patronal. Y alguno que te dice:
--¡Qué marcha tenéis, estáis en todos los sitios!
Pero lo bueno viene cuando Antonio, mi letrado bardajiense, que hizo de embajador plenipotenciario haciendo las presentaciones y tal, me dice que su cuñado Esteban sigue las andanzas del Avisador desde tiempos inmemoriales, que no se pierde ni uno de mis avisos. Esté donde esté, que el VIP nissaniano se recorre toda Europa y le gusta estar al loro de lo que pasa en Badajoz. ¡Qué sorpresa y cuánto honor!
Es hora de cambiar de plaza y nos vamos a la colindante de San José, donde hay una miniferia de ganado de granja, con los burros del puesto dando paseos a la chiquillería, en tanto el cetrero de Al-Mossassa, Joseph Enmanuel, uno de Jerez de los Caballeros, cuida con mimo a sus aves de presa. Enfrente, la taberna de Salvatierra está repleta de parroquianos, pidiendo si descanso las cervezas y los vinos del lugar.

TRES MARTESES, TRES
Pero es junto a la granja cuando nos topamos con tres pícaros redomados, tres marteses de padre y muy señor mío, tres personajillos que conocen todos los secretos, todos los chamizos y todas las piedras del Casco Antiguo. Ahí es nada, tres "muralleros", como ellos dicen: El Pirulo, el "novio de la muerte", ataviado de Gengis Khan, Francisco Rivera, F. R., el trapero sin fronteras, cargado de medallas, anillos de oro y un bastón de marqués, y el gitano Manuel Güera Blanco, más pesado que una vaca en brazo. Y que nos enrrollamos y empiezan a contarnos cosas, como para escribir las obras completas de Petete sobre martesería, picaresca y buen rollo.
Y un poco más allá, en las inmediaciones de la Puerta de Carros o de Yelves, rodeado de olivos y vigilando el flanco NO del recinto amurallado está en efigie de bronce, más solo que la una, el patriarca de esta ciudad, el padre de Badajoz, su fundador, Abderramán Ibn Marwan, El Chilliqui, en cuyo honor celebramos precisamente estas fiestas. Y sus descendientes, de pendoneo y jarana, que nadie ha tenido el detalle de llevarle un puto ramo de flores o una simple placa de agradecimiento. Nadie.
Vuelta al centro, una buena moza que se nos encara, con los ojos brillantes, la sonrisa a flor de piel y un vaso de cerveza en la mano, que nos grita al paso:
--¡Que no acabe esto nuncaaaaa!
Hay que rematar dulcemente la fiesta y nada mejor que visitar la Panadería tradicional gallega del zoco, la que llevan entre manos una pareja de Santiago de Compostela. Y mientras nos despachan un trozo de tarta exquisita, que vemos cómo de los cincuenta enormes panes que exhibían el primer día --de centeno, de trigo con pasas y de maíz-- sólo les quedan media docena.
Y, antes de la despedida, visita obligada a la jaima de Hocil, un argelino de habla dulcísima, la amabilidad personificada, que te prepara, en unión de su esposa, el mejor té que hayas podido tomarte en la vida, en este caso, un té verde con hierbabuena. Y en semipenumbra, donde el tiempo parece haberse parado, ajenos al mundanal ruido del exterior. ¡Extraordinario!
--Lo hacemos con el corazón --te dice el bueno de Hocil cuando le hablamos de la excelencia de su té.
Seis horas después, abandonábamos el ruidoso zoco de la Plaza Alta, camino de nuestros lares. Todo un éxito de animación y respuesta ciudadana la octava edición de Al-Mossassa. Todo un acierto la nueva ubicación del mercado persa, del zoco árabe, de la feria cristiana. ¡Adiós, Al-Mossassa, adiós!

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